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La Tribuna del País Vasco
Martes, 28 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Cuando el odio anticristiano prende fuego a un altar en Međugorje

El ataque contra Međugorje no es una discrepancia sobre las apariciones, sino una agresión contra la libertad religiosa y contra millones de personas que encuentran en aquel lugar consuelo, oración y esperanza

 

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En la madrugada de este martes 28 de julio, un individuo llegó hasta el altar exterior de la iglesia de Santiago Apóstol de Međugorje, lo roció con líquido inflamable y le prendió fuego. Poco antes habían aparecido profanadas con pintura negra varias imágenes de la Virgen, entre ellas la situada en el Podbrdo, la colina donde seis jóvenes afirmaron haber contemplado a María en 1981. Sobre su pedestal dejaron escrito en inglés: «El diablo con falda». Cerca del lugar apareció también una pancarta en polaco que acusaba de fraude a los videntes. La Policía bosnia investiga los hechos bajo la supervisión de la Fiscalía. Las grabaciones conocidas muestran al menos a un hombre actuando contra el altar; corresponderá a los investigadores determinar si realizó también las restantes profanaciones y si contó con ayuda.

 

No estamos ante una crítica a Međugorje.

 

No estamos ante una investigación sobre la autenticidad de las apariciones, ante una denuncia de sus contradicciones ni ante un alegato teológico contra la devoción mariana. Nadie demuestra que la Virgen no estuviera sobre el Podbrdo arrojando pintura sobre una estatua. Nadie desmonta los diez secretos quemando un altar. Nadie refuta los testimonios de los videntes mediante gasolina, insultos y profanaciones.

 

La crítica utiliza argumentos.

 

El odio utiliza fuego.

 

Esta distinción elemental debería bastar para que cualquier persona, creyente o no, condenara lo ocurrido sin vacilaciones ni excusas. La libertad religiosa no protege únicamente el derecho abstracto a poseer unas creencias. Protege también la posibilidad de expresarlas mediante el culto, la oración, las imágenes, los templos, los santuarios y las peregrinaciones. Quien ataca deliberadamente esos símbolos no agrede solo unos objetos materiales: pretende herir a las personas para quienes representan algo sagrado.

 

Se puede dudar de Međugorje. La propia Iglesia católica mantiene una posición prudente. El Vaticano autorizó públicamente la devoción y las peregrinaciones en 2024 después de reconocer sus abundantes frutos espirituales, pero no declaró que las apariciones fueran sobrenaturales ni certificó que todos los mensajes atribuidos a la Virgen procedieran realmente de ella. Esa cautela demuestra que el catolicismo no exige una credulidad ciega ni confunde la fe con la aceptación automática de cualquier fenómeno extraordinario.

 

Nosotros mismos hemos publicado informaciones y análisis sobre las controversias que rodean a Međugorje: las divergencias entre los testimonios, los conflictos entre franciscanos y obispos, el enorme desarrollo económico de la localidad, los mensajes problemáticos, las presuntas curaciones y el misterio de los secretos. Investigar esas cuestiones es legítimo. Más aún: resulta necesario cuando alguien afirma hablar en nombre de la Madre de Dios.

 

Lo sucedido esta madrugada pertenece a otra categoría.

 

El autor no quiso esclarecer la verdad. Quiso ofender.

 

No acudió a la colina para plantear preguntas. Acudió para degradar las imágenes veneradas por otros.

 

No redactó un ensayo contra las apariciones. Escribió un insulto sobre la estatua de María y prendió fuego a un lugar destinado a la celebración religiosa.

 

La profanación resulta todavía más grave porque Međugorje se ha convertido en uno de los grandes centros mundiales de peregrinación católica. Cada año acuden personas de decenas de países. Muchas llegan rotas y enfermas, atravesadas por un duelo, destruidas por una adicción, separadas de sus familias o alejadas de la fe durante décadas. Algunas creen firmemente en las apariciones. Otras no saben qué pensar. Pero todas tienen derecho a rezar sin que alguien trate de intimidarlas atacando los lugares en los que buscan consuelo.

 

No es necesario compartir una devoción para respetarla.

 

No es necesario creer en las apariciones para comprender la gravedad de la profanación. No es necesario ser católico para defender el derecho de los católicos a no ver incendiados sus altares.

 

Sin embargo, una parte de la sociedad occidental, con el Gobierno de Pedro Sánchez a la cabeza, parece haber desarrollado una preocupante insensibilidad ante las agresiones contra el cristianismo. Las iglesias atacadas, las cruces destruidas, las imágenes mutiladas o los cementerios profanados se presentan con frecuencia como simples episodios de vandalismo, como si el contenido religioso del objetivo fuera una circunstancia anecdótica.

 

Conviene llamar a las cosas por su nombre. Cuando alguien selecciona una estatua de la Virgen, pinta de negro su rostro y sus manos, escribe que María es el diablo y después incendia un altar, el componente de odio religioso resulta difícil de disimular. No estamos hablando de unos jóvenes que rompen mobiliario urbano durante una noche de borrachera. Existe una elección consciente de los símbolos, un mensaje dirigido contra una creencia y una voluntad de humillar a quienes la profesan.

 

La investigación deberá determinar la responsabilidad penal y las motivaciones concretas. No sabemos todavía si hubo un solo autor, si fueron varios o si detrás del ataque existe alguna organización. Tampoco sería correcto utilizar los hechos para acusar sin pruebas a una ideología, una confesión o una comunidad determinada.

 

Pero la prudencia ante la autoría no exige neutralidad moral ante el acto. El ataque es cobarde. La profanación es intolerable.

 

Y la sociedad democrática debería mostrar frente a ella la misma firmeza que reclamaría ante cualquier agresión deliberada contra un espacio religioso. 

 

La respuesta ofrecida por la parroquia de Međugorje ha sido ejemplar. Sus responsables comenzaron inmediatamente la limpieza y reparación de los lugares dañados, mantuvieron abierto el santuario y anunciaron que el programa de oración continuaría con normalidad. Al mismo tiempo, pidieron a los fieles que respondieran con oración, ayuno y perdón, que rezaran por la conversión de los responsables y que no devolvieran mal por mal.

 

Esa respuesta no elimina la exigencia de justicia. El perdón cristiano, tal y como explicó Jesucristo,  no consiste en fingir que el delito no ocurrió, renunciar a identificar al culpable o abandonar la protección de los lugares de culto. Las autoridades deben esclarecer lo sucedido, detener al responsable o responsables y aplicar las consecuencias previstas por la ley. También deberán revisar las medidas de seguridad, especialmente cuando el ataque se produce pocos días antes de un festival internacional que reunirá a decenas de miles de jóvenes.

 

Perdonar significa algo diferente: negarse a permitir que el odio del agresor dicte la conducta de la víctima. 

 

El autor quiso que Međugorje despertara cubierto de pintura, fuego e indignación. La parroquia respondió limpiando, reparando y rezando. Quiso interrumpir el culto. Las celebraciones continuaron. Quiso convertir un santuario de la Reina de la Paz en escenario de confrontación. Los responsables del lugar pidieron paz incluso para él.

 

Hay en esa diferencia una lección que supera la discusión sobre las apariciones. El odio necesita destruir aquello que no puede soportar. La fe puede reconstruir aquello que el odio destruye. El odio exige un enemigo. La fe cristiana contempla también en el agresor a un hombre necesitado de conversión.

 

Esto no convierte al cristiano en alguien débil o ingenuo. Al contrario: resulta mucho más fácil incendiar un altar en la oscuridad que resistirse a responder al mal con otro mal. La violencia necesita unos minutos y un recipiente de combustible. El perdón requiere una fortaleza moral que no cabe en ninguna grabación de seguridad.

 

El ataque tampoco conseguirá aquello que probablemente buscaba.

 

No borrará la historia de Međugorje.

 

No impedirá que lleguen peregrinos.

 

No terminará con las preguntas sobre las apariciones.

 

No eliminará los frutos espirituales reconocidos por la Iglesia.

 

No hará desaparecer la devoción mariana.

 

Las imágenes serán limpiadas. El altar será reparado. Las misas volverán a celebrarse en el mismo lugar. Dentro de unos días, miles de jóvenes rezarán allí en idiomas distintos. Y el episodio que pretendía humillar al santuario terminará mostrando la incapacidad del odio para comprender aquello que ataca.

 

La discusión sobre Međugorje debe continuar abierta. Hay argumentos favorables y objeciones serias. La Iglesia debe seguir discerniendo y los periodistas debemos seguir investigando (De hecho, nuestra revista de cultura y pensamiento Naves en Llamas dedicará un especial a Međugorje en su próximo número). Pero existe una línea que ninguna discrepancia puede cruzar: la que separa el cuestionamiento legítimo de la persecución, la palabra del fuego y la crítica de la profanación.

 

Quien no crea en Međugorje puede pasar de largo.

 

Puede escribir contra las apariciones.

 

Puede discutir con sus defensores.

 

Puede exigir documentos y pruebas.

 

Lo que no puede hacer es atacar la libertad religiosa de los demás.

 

El autor de esta agresión dejó pintura negra sobre el rostro de María y ceniza sobre un altar. Creyó quizá que aquellos signos serían la imagen de su victoria.

 

Se equivocó.

 

La imagen verdaderamente importante es otra: la de unas personas limpiando lo profanado mientras rezan por quien lo profanó. Eso es Međugorje. Eso es el cristianismo. Y eso es precisamente lo que el odio nunca conseguirá quemar.

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