He Jiankui, el regreso del "Frankenstein chino"
Ocho años después de crear los primeros seres humanos genéticamente modificados, el científico chino intenta regresar a los laboratorios con un proyecto para prevenir el alzhéimer. Sus verdaderas «aportaciones», sin embargo, no se encuentran tanto en los resultados publicados —prácticamente inexistentes— como en la frontera científica, ética y política que decidió atravesar
![[Img #31042]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/6759_screenshot-2026-08-25-at-16-44-39-archivo-he-jiankuijpg-wikipedia-la-enciclopedia-libre.png)
En algún lugar de China viven tres niñas cuya identidad permanece protegida y cuyos nombres verdaderos nunca han sido revelados. Las dos mayores, conocidas mediante los seudónimos de Lulu y Nana, tienen ya alrededor de ocho años. La tercera, llamada Amy en la literatura científica, nació unos meses después. Juegan, estudian y crecen como cualquier otra niña, según asegura el hombre que alteró su ADN antes de que comenzaran a existir. Pero llevan en todas las células de su cuerpo —o quizá solo en algunas, debido al posible mosaicismo producido durante el experimento— una modificación genética que nadie más había recibido deliberadamente en la historia de la humanidad.
El hombre que alteró su ADN es He Jiankui, el biofísico chino que en noviembre de 2018 anunció al mundo el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente mediante CRISPR. Fue condenado, encarcelado, expulsado de la universidad y convertido en el rostro universal de la ciencia sin límites. Salió de prisión en abril de 2022. Desde entonces intenta regresar, pero no como un científico arrepentido que pretende corregir los errores del pasado, sino como un precursor convencido de que la historia terminará absolviéndolo.
Sus últimas apariciones públicas y la información conocida durante 2025 y 2026 dibujan a un personaje aislado, sin una vinculación académica estable y sometido aparentemente a restricciones de movimiento, pero todavía decidido a investigar la modificación hereditaria del ser humano. He sostiene que prepara experimentos para introducir en embriones una variante genética relacionada con una menor probabilidad de desarrollar alzhéimer; habla de prevenir varias enfermedades simultáneamente, prolongar la vida saludable y abaratar las terapias génicas. Busca financiación privada, proclama que merece el Premio Nobel, se presenta en las redes sociales como el «Darwin chino» y contempla la posibilidad de trasladar sus futuros ensayos clínicos a una jurisdicción más permisiva.
El problema es que, hasta agosto de 2026, no ha aportado resultados científicos publicados que permitan comprobar esos anuncios. Su regreso es, por ahora, más mediático que académico: una mezcla desconcertante de ambición científica, provocación digital, búsqueda de inversores y una obstinada campaña de rehabilitación personal.
El regreso del «Frankenstein chino»
La última investigación periodística importante sobre sus actividades describe a He nuevamente interesado en la edición de embriones humanos. Su objetivo declarado consiste en reproducir una mutación protectora del gen APP, conocida como A673T, observada con especial frecuencia en determinados grupos de población islandesa. Esta variante parece reducir la producción de beta-amiloide, la proteína que se acumula en el cerebro de muchos pacientes con alzhéimer, y se ha asociado con un menor riesgo de padecer la enfermedad y con un posible retraso del deterioro cognitivo.
He propone introducir esa mutación en embriones mediante edición genética. Asegura que, durante la fase experimental, no implantaría los embriones ni intentaría producir nuevos embarazos, sino que trabajaría primero con células, animales y embriones humanos inviables o descartados en procesos de reproducción asistida. Sin embargo, también ha reconocido que su propósito final es volver a la aplicación clínica de la edición hereditaria: crear personas cuyos genomas hayan sido modificados para reducir su vulnerabilidad futura frente a una o varias enfermedades. Wired describió a comienzos de 2026 sus planes sobre el alzhéimer y su intención de reanudar eventualmente los ensayos clínicos fuera de China.
La propuesta encierra una diferencia fundamental respecto a una terapia génica convencional. Cuando se modifica el ADN de las células de un paciente ya nacido —por ejemplo, las células sanguíneas de una persona con anemia falciforme— el tratamiento afecta únicamente a ese individuo. Es una edición somática. Cuando se modifica un óvulo, un espermatozoide o un embrión, la alteración puede quedar incorporada a todas las células del organismo y transmitirse a sus descendientes. Es una edición de la línea germinal. El paciente no es solo la persona que nace: también pueden serlo, sin haber consentido, sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores.
He no oculta esa dimensión. La presenta precisamente como la gran ventaja de su proyecto. En lugar de tratar una enfermedad cuando ya existe, propone suprimir una determinada vulnerabilidad genética antes del nacimiento y eliminarla de una línea familiar. El alzhéimer sería solo un primer objetivo. En sus declaraciones recientes ha imaginado embriones sometidos a varias modificaciones simultáneas, capaces de recibir protección frente a enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas o infecciosas.
No existe, sin embargo, evidencia pública de que haya logrado introducir de manera segura la variante A673T en embriones, demostrar sus efectos en modelos animales o publicar resultados revisados por especialistas independientes. En 2025, varias investigaciones periodísticas comprobaron que su verdadera situación institucional era mucho más precaria de lo que sugerían sus mensajes: carecía de una afiliación académica sólida, no ofrecía datos verificables sobre sus avances y llegó a publicar fotografías tomadas en instalaciones a las que, según las fuentes consultadas, ya no tenía acceso. The Washington Post describió esa tentativa de retorno y la ausencia de pruebas científicas sobre sus supuestos progresos.
Una boda genética, una empresa y una moneda digital
La reaparición de He Jiankui adquirió durante 2025 un componente todavía más extraño. En abril anunció su matrimonio con Cathy Tie, una joven empresaria canadiense de origen chino vinculada a diversos proyectos biotecnológicos. He bautizó su nueva empresa como Cathy Medicine y ambos divulgaron fotografías de una ceremonia en la que los anillos tenían la forma de una doble hélice de ADN.
La relación quedó inmediatamente entrelazada con sus proyectos científicos. Tie presentó a He como un hereje enfrentado a un sistema académico demasiado prudente y aseguró que su intención era perseverar en la modificación genética de embriones. Sin embargo, las autoridades chinas le impidieron entrar en el país, mientras que He continuaba sin poder abandonarlo, aparentemente porque su pasaporte había sido confiscado. En medio de esa situación apareció una iniciativa para recaudar fondos mediante una criptomoneda denominada $GENE, promocionada con los rostros de ambos.
La relación terminó públicamente en julio de 2025, apenas unos meses después de su anuncio. Tie se trasladó a Estados Unidos y puso en marcha sus propios proyectos de edición embrionaria, primero Manhattan Genomics y posteriormente Origin Genomics. En mayo de 2026 volvió a defender públicamente la investigación destinada a corregir enfermedades hereditarias antes del nacimiento. El episodio resulta relevante no por su dimensión sentimental, sino porque revela el ecosistema que comienza a formarse alrededor de la edición genética germinal: científicos expulsados de los circuitos académicos, empresarios biotecnológicos, capital privado, campañas personales en las redes y proyectos que buscan países donde todavía existan vacíos regulatorios. The Guardian reconstruyó en mayo de 2026 la relación entre Tie, He Jiankui y estas nuevas iniciativas empresariales.
He, por su parte, parece haber continuado su camino en solitario. En sus intervenciones alterna la promesa de una investigación transparente con mensajes grandilocuentes y provocaciones que desconciertan incluso a quienes estarían dispuestos a debatir científicamente el futuro de la edición germinal. Ha afirmado que la sociedad terminará aceptando su trabajo, que sus experimentos fueron un primer paso inevitable y que la modificación genética preventiva se convertirá en una parte normal de la medicina reproductiva.
Lo que realmente hizo en 2018
Para comprender la gravedad de esas afirmaciones hay que regresar al experimento original. He Jiankui no era médico, sino biofísico. Había estudiado física en la Universidad de Ciencia y Tecnología de China, obtenido un doctorado en Rice University y trabajado como investigador posdoctoral en Stanford. En 2012 regresó a China atraído por el programa de captación de talento científico de Shenzhen. Se incorporó a la Universidad Meridional de Ciencia y Tecnología —SUSTech—, fundó varias empresas de secuenciación genética y construyó la imagen de un joven investigador brillante, ambicioso y próximo a realizar un gran descubrimiento.
Entre 2016 y 2018 reclutó a parejas formadas por hombres seropositivos y mujeres sin VIH. La justificación oficial consistía en ofrecerles descendientes biológicos protegidos frente al virus. Durante los procedimientos de fecundación in vitro utilizó CRISPR-Cas9 para intentar inutilizar CCR5, un gen que produce una proteína presente en la superficie de determinadas células inmunitarias. Algunas variantes del VIH emplean ese receptor como una puerta para penetrar en las células.
La idea procedía de un fenómeno natural. Existe una mutación conocida como CCR5-Δ32 que elimina 32 letras del ADN del gen. Las personas que heredan dos copias de esa mutación poseen una resistencia elevada frente a las cepas de VIH que utilizan CCR5. Era una observación científica sólida. Lo que hizo He fue intentar reproducir un efecto parecido en embriones humanos.
El 25 de noviembre de 2018, poco antes de una cumbre internacional sobre edición del genoma que se celebraba en Hong Kong, difundió varios vídeos en YouTube. Anunció que habían nacido «dos hermosas niñas chinas», Lulu y Nana, cuyo ADN había sido modificado. Tres días después compareció ante un auditorio repleto de científicos y reconoció que existía un segundo embarazo. La justicia china confirmó posteriormente el nacimiento de una tercera niña.
No había publicado el estudio. No había sometido los resultados a una revisión científica independiente. La mayor intervención genética hereditaria realizada hasta entonces en seres humanos fue revelada mediante una campaña de vídeos cuidadosamente producidos.
Las niñas no recibieron la mutación prometida
El primer problema científico fue que He no consiguió reproducir la variante CCR5-Δ32. Las modificaciones generadas en Lulu y Nana eran mutaciones nuevas, cuyo comportamiento no había sido estudiado previamente en seres humanos.
Según los datos incompletos presentados por He, una de las niñas tenía una copia normal de CCR5 y otra con una deleción de 15 letras; la segunda presentaba una deleción de cuatro letras en una copia y la inserción de una letra en la otra. Por tanto, no podía afirmarse que ambas fueran inmunes al VIH. Una de ellas conservaba aparentemente una copia funcional del gen y, en cualquier caso, CCR5 solo es utilizado por determinadas variedades del virus. Otras cepas penetran en las células a través de receptores diferentes.
El análisis de los datos también sugirió mosaicismo. Esto significa que la edición podría haberse producido después de que el embrión comenzara a dividirse, de modo que algunas células contendrían la modificación y otras no. Si así ocurrió, una muestra de la placenta o del cordón umbilical no permitiría saber con certeza qué alteraciones estaban presentes en el cerebro, el corazón, los ovarios o cualquier otro tejido.
Además aparecieron señales de una posible modificación fuera del punto buscado. CRISPR utiliza una molécula guía para conducir la enzima Cas9 hasta una secuencia concreta del ADN, pero puede cortar accidentalmente en otros lugares semejantes. He aseguró que no había detectado alteraciones peligrosas; los datos disponibles no permitían descartarlas. Una revisión científica publicada después del anuncio señaló que el diseño experimental, las pruebas aportadas y la interpretación de los resultados contenían deficiencias graves. Un análisis en PLOS Biology explicó por qué la intervención era innecesaria y por qué sus resultados no demostraban la inmunidad al VIH.
El riesgo resultaba todavía menos justificable porque el padre seropositivo no necesitaba modificar genéticamente a sus hijas para evitar la transmisión del virus. El «lavado» de semen, la fecundación in vitro, el tratamiento antirretroviral y los controles médicos permitían reducir ese riesgo hasta niveles extraordinariamente bajos. He no estaba tratando una enfermedad presente en los embriones ni corrigiendo una mutación letal. Estaba intentando concederles una ventaja hipotética frente a una posible infección futura.
Y CCR5 no es una pieza aislada que pueda retirarse sin consecuencias. Participa en el funcionamiento del sistema inmunitario. La pérdida natural del gen puede ofrecer protección frente a determinadas cepas del VIH, pero también se ha relacionado con una mayor vulnerabilidad frente a otros agentes infecciosos, entre ellos el virus del Nilo Occidental. El experimento cambió, por tanto, una parte del sistema inmunológico de tres niñas sanas sin que pudiera conocerse el balance de riesgos que las acompañaría durante el resto de sus vidas.
Consentimientos dudosos y documentos falsificados
Las objeciones no fueron únicamente científicas. La investigación judicial china determinó que He y sus colaboradores habían falsificado documentos de aprobación ética, engañado a personal sanitario e implantado embriones modificados al margen de las normas vigentes. También se cuestionó la manera en que fueron reclutadas las parejas, especialmente vulnerables por el estigma que todavía rodeaba al VIH en China, y la claridad del consentimiento informado que firmaron.
El documento describía el proyecto con una expresión equivalente a «desarrollo de una vacuna contra el sida», cuando no se estaba administrando una vacuna. La presentación podía inducir a los participantes a pensar que se trataba de una intervención terapéutica mucho más convencional y madura de lo que realmente era. Tampoco está claro que las familias comprendieran plenamente que las modificaciones serían hereditarias, que podían producirse mutaciones imprevistas o que sus hijas quedarían sometidas a vigilancia médica durante años.
En diciembre de 2019, un tribunal de Shenzhen condenó a He a tres años de prisión y a una multa de tres millones de yuanes por práctica médica ilegal. Dos colaboradores recibieron penas menores. El tribunal afirmó que los acusados habían actuado en busca de fama y beneficio económico, vulnerado las normas nacionales y «traspasado la línea de fondo» de la ética científica y médica. La sentencia y las condenas fueron recogidas entonces por Science.
El juicio fue parcialmente cerrado y nunca se publicó un expediente completo que despejara todas las incógnitas. Tampoco salió a la luz el artículo científico íntegro. Esta opacidad ha impedido reconstruir con absoluta certeza el número de embriones modificados, las complicaciones producidas, la naturaleza exacta de todas las mutaciones y las condiciones en las que continúan siendo examinadas las niñas.
«Están sanas»: una afirmación imposible de comprobar
He Jiankui sostiene que Lulu, Nana y Amy están sanas y llevan una vida normal. Ha asegurado que asisten a la escuela y que sus genomas no presentan alteraciones preocupantes. También ha afirmado que las niñas todavía no conocen el origen de las modificaciones que llevan en su ADN.
No existe verificación independiente de esas declaraciones. Proteger su identidad es imprescindible, pero esa protección también dificulta evaluar las consecuencias del experimento. Ni la comunidad científica internacional ni observadores médicos independientes tienen acceso a historiales clínicos, análisis genéticos longitudinales o protocolos de seguimiento. La salud aparente durante la infancia tampoco basta para excluir efectos que podrían aparecer en la pubertad, la edad adulta o incluso en la descendencia.
La situación plantea un conflicto extraordinariamente difícil. Las niñas necesitan controles médicos continuados, pero no deberían convertirse en objetos permanentes de investigación. Tienen derecho a la intimidad, aunque algún día necesitarán conocer la modificación genética que heredaron. Y si en el futuro desean tener hijos, deberán decidir si aceptan transmitir una alteración creada deliberadamente en un laboratorio, cuyos efectos completos siguen siendo desconocidos.
La «aportación» más tangible de He Jiankui fue colocar a tres seres humanos en una situación para la que la medicina, el derecho y la ética todavía no disponían de respuestas.
De la distrofia muscular al alzhéimer
Al salir de prisión en 2022, He anunció que abandonaría temporalmente la edición reproductiva y se dedicaría a tratamientos somáticos contra enfermedades raras. Su primer objetivo declarado fue la distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad genética devastadora que produce una pérdida progresiva de la fuerza muscular y reduce gravemente la esperanza de vida.
Prometió desarrollar terapias asequibles para entre tres y cinco enfermedades hereditarias y criticó el precio millonario alcanzado por algunos tratamientos génicos occidentales. En principio, se trataba de una orientación científicamente legítima: modificar células de pacientes enfermos, sin alterar su línea germinal, constituye una estrategia completamente distinta a la creación de bebés modificados.
He llegó a anunciar laboratorios en Pekín, Wuhan y Hainan. En septiembre de 2023, una universidad privada de Wuhan comunicó la creación de un Instituto de Medicina Genética bajo su dirección. En 2024 se trasladó a Hainan, una isla convertida por las autoridades chinas en zona especial de turismo médico y experimentación regulatoria. STAT informó de aquel traslado y de las dudas que despertaba su incorporación a ese ecosistema clínico.
No se conocen, sin embargo, ensayos clínicos dirigidos por He que hayan producido una terapia contra la distrofia muscular, ni publicaciones relevantes que demuestren avances propios. Con el tiempo, su discurso volvió a desplazarse hacia los embriones y el alzhéimer. La terapia somática, mucho menos polémica y más próxima a una aplicación médica real, parecía dejar paso nuevamente al territorio que lo había convertido en una celebridad mundial.
¿Cuáles son entonces sus aportaciones?
Si se utiliza la palabra en su sentido científico habitual —descubrimientos reproducibles, técnicas validadas, tratamientos eficaces o publicaciones sometidas a revisión—, las aportaciones de He Jiankui a la edición genética son mucho más modestas de lo que su notoriedad sugiere. No inventó CRISPR, no descubrió CCR5, no identificó la mutación Δ32 y no demostró una nueva terapia contra el VIH. Tampoco ha presentado hasta ahora una cura contra la distrofia muscular o el alzhéimer.
Su contribución histórica es de otra naturaleza. Fue el primero que convirtió la edición hereditaria del genoma humano en un hecho consumado. Antes de noviembre de 2018, los «bebés de diseño» pertenecían a las discusiones académicas, los documentos de bioética y la ciencia ficción. Después de He, el mundo supo que un investigador con suficientes recursos, acceso a una clínica de reproducción asistida y voluntad para sortear los controles podía hacerlo.
También demostró que la barrera principal no era exclusivamente tecnológica. CRISPR ya permitía cortar el ADN de un embrión; lo que impedía implantarlo y llevarlo a término era un entramado de normas, prudencia científica, controles institucionales y responsabilidad personal. He encontró las grietas de ese entramado.
El escándalo provocó reformas en China, impulsó nuevas disposiciones sobre investigación biomédica y aceleró la elaboración de sistemas internacionales de vigilancia. La Organización Mundial de la Salud creó en diciembre de 2018 un comité de expertos y publicó posteriormente recomendaciones sobre registros internacionales, cooperación entre países, turismo médico y detección de investigaciones ilegales, inseguras o no declaradas. La OMS reunió esas recomendaciones en su marco mundial para la gobernanza de la edición del genoma humano.
Paradójicamente, la aportación más importante de He a la seguridad científica pudo consistir en demostrar lo fácilmente que podían fracasar los sistemas destinados a garantizarla.
El mundo después de He Jiankui
La tecnología ha seguido avanzando. CRISPR ya no es solamente una promesa experimental. Existen tratamientos autorizados para enfermedades como la anemia falciforme y la beta-talasemia, pero se aplican sobre células somáticas y no sobre embriones destinados a nacer. Al mismo tiempo, la edición de bases y el prime editing permiten realizar cambios más precisos que los cortes originales de CRISPR-Cas9.
En junio de 2026, investigadores estadounidenses informaron de nuevos experimentos en embriones humanos no destinados a la reproducción, empleando técnicas más precisas y bajo controles institucionales. El trabajo reavivó la discusión porque demuestra que la distancia técnica entre el laboratorio y una nueva tentativa reproductiva continúa reduciéndose. Scientific American analizó los avances y las preocupaciones provocadas por esos experimentos.
La amenaza no consiste necesariamente en que He repita personalmente su intervención. Puede proceder de científicos mejor preparados, empresas con más dinero y países dispuestos a convertir la medicina reproductiva en una ventaja competitiva. La edición destinada a corregir una mutación letal posee una justificación moral mucho más poderosa que el intento de producir resistencia frente al VIH realizado en 2018. Pero una vez aceptada para evitar una enfermedad, la frontera entre curación, prevención y mejora será cada vez más difícil de definir.
Eliminar una mutación que causa la enfermedad de Huntington parece muy diferente de aumentar la estatura o la inteligencia. Entre ambos extremos existe, sin embargo, una extensa zona gris: reducir el riesgo de alzhéimer, mejorar el metabolismo, aumentar la resistencia física, reforzar la inmunidad, retrasar el envejecimiento o modificar predisposiciones psicológicas. Cada intervención podría presentarse como medicina preventiva. La suma de todas ellas podría terminar convirtiéndose en un programa de rediseño humano.
El precedente de una muerte ocultada
El debate ha adquirido una gravedad adicional en 2026. Una investigación conjunta de Science y Retraction Watch reveló que una niña china de seis años murió en marzo de 2025 después de recibir una terapia génica experimental contra el síndrome de Snijders Blok-Campeau. El caso no estaba relacionado con He Jiankui, pero mostró que los problemas de supervisión, transparencia y precipitación clínica que afloraron en 2018 no habían desaparecido.
Según la investigación, los ensayos preclínicos habían mostrado señales de toxicidad, el experimento no fue divulgado adecuadamente y la muerte permaneció fuera del conocimiento público durante más de un año. La niña padecía una enfermedad grave, pero no se encontraba ante una situación inmediatamente mortal. Science publicó en julio de 2026 la investigación sobre el fallecimiento y las deficiencias del ensayo.
El episodio no permite responsabilizar a He ni desacreditar toda la investigación genética china. Sí obliga a contemplar su regreso dentro de una realidad más amplia: la carrera por alcanzar avances biomédicos puede generar incentivos para acelerar ensayos, minimizar señales de riesgo, ocultar resultados negativos o trasladar experimentos a territorios con una supervisión insuficiente. La competencia científica entre China, Estados Unidos y las grandes empresas biotecnológicas añade presión a una tecnología cuyas consecuencias pueden ser irreversibles.
El hombre que espera la absolución de la historia
He Jiankui no se considera un villano. Se presenta como el hombre que llegó demasiado pronto. Su relato personal es el del científico castigado por realizar una intervención que otros terminarán practicando bajo nombres distintos, protocolos mejor diseñados y autorizaciones oficiales. En entrevistas ha dicho que está orgulloso de haber ayudado a familias afectadas por el VIH y que la edición embrionaria será aceptada cuando pueda prevenir enfermedades graves. En 2024 afirmó que los niños nacidos de su experimento estaban sanos y que su trabajo acabaría siendo reconocido. The Guardian recogió esas declaraciones y su negativa a renegar del experimento.
Es posible que acierte en una parte de su pronóstico. La modificación hereditaria del genoma humano podría llegar a utilizarse algún día para impedir la transmisión de enfermedades incurables. Pero que una técnica termine siendo aceptada no convierte automáticamente en correcto cualquier experimento anterior. Los primeros intentos no quedan legitimados retrospectivamente si fueron realizados sin necesidad médica, con información insuficiente, saltándose los controles y exponiendo a niños sanos a riesgos desconocidos.
La pregunta central no es si He Jiankui fue un visionario o un monstruo, etiquetas que simplifican en exceso una historia más inquietante. La verdadera cuestión es qué ocurre cuando un científico adquiere la capacidad material de tomar una decisión en nombre de toda la especie.
En 2018, He respondió por su cuenta. Modificó el ADN de varios embriones, seleccionó algunos de ellos, los entregó a una clínica y consiguió que fueran implantados. Meses después nacieron tres niñas. Desde entonces, cada vez que una de ellas crece, cada vez que una de sus células se divide y cada vez que el ADN modificado se copia dentro de su organismo, aquel experimento continúa.
He Jiankui salió de prisión hace cuatro años. Su intervención, en cambio, no terminará nunca.
Ocho años después de crear los primeros seres humanos genéticamente modificados, el científico chino intenta regresar a los laboratorios con un proyecto para prevenir el alzhéimer. Sus verdaderas «aportaciones», sin embargo, no se encuentran tanto en los resultados publicados —prácticamente inexistentes— como en la frontera científica, ética y política que decidió atravesar
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En algún lugar de China viven tres niñas cuya identidad permanece protegida y cuyos nombres verdaderos nunca han sido revelados. Las dos mayores, conocidas mediante los seudónimos de Lulu y Nana, tienen ya alrededor de ocho años. La tercera, llamada Amy en la literatura científica, nació unos meses después. Juegan, estudian y crecen como cualquier otra niña, según asegura el hombre que alteró su ADN antes de que comenzaran a existir. Pero llevan en todas las células de su cuerpo —o quizá solo en algunas, debido al posible mosaicismo producido durante el experimento— una modificación genética que nadie más había recibido deliberadamente en la historia de la humanidad.
El hombre que alteró su ADN es He Jiankui, el biofísico chino que en noviembre de 2018 anunció al mundo el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente mediante CRISPR. Fue condenado, encarcelado, expulsado de la universidad y convertido en el rostro universal de la ciencia sin límites. Salió de prisión en abril de 2022. Desde entonces intenta regresar, pero no como un científico arrepentido que pretende corregir los errores del pasado, sino como un precursor convencido de que la historia terminará absolviéndolo.
Sus últimas apariciones públicas y la información conocida durante 2025 y 2026 dibujan a un personaje aislado, sin una vinculación académica estable y sometido aparentemente a restricciones de movimiento, pero todavía decidido a investigar la modificación hereditaria del ser humano. He sostiene que prepara experimentos para introducir en embriones una variante genética relacionada con una menor probabilidad de desarrollar alzhéimer; habla de prevenir varias enfermedades simultáneamente, prolongar la vida saludable y abaratar las terapias génicas. Busca financiación privada, proclama que merece el Premio Nobel, se presenta en las redes sociales como el «Darwin chino» y contempla la posibilidad de trasladar sus futuros ensayos clínicos a una jurisdicción más permisiva.
El problema es que, hasta agosto de 2026, no ha aportado resultados científicos publicados que permitan comprobar esos anuncios. Su regreso es, por ahora, más mediático que académico: una mezcla desconcertante de ambición científica, provocación digital, búsqueda de inversores y una obstinada campaña de rehabilitación personal.
El regreso del «Frankenstein chino»
La última investigación periodística importante sobre sus actividades describe a He nuevamente interesado en la edición de embriones humanos. Su objetivo declarado consiste en reproducir una mutación protectora del gen APP, conocida como A673T, observada con especial frecuencia en determinados grupos de población islandesa. Esta variante parece reducir la producción de beta-amiloide, la proteína que se acumula en el cerebro de muchos pacientes con alzhéimer, y se ha asociado con un menor riesgo de padecer la enfermedad y con un posible retraso del deterioro cognitivo.
He propone introducir esa mutación en embriones mediante edición genética. Asegura que, durante la fase experimental, no implantaría los embriones ni intentaría producir nuevos embarazos, sino que trabajaría primero con células, animales y embriones humanos inviables o descartados en procesos de reproducción asistida. Sin embargo, también ha reconocido que su propósito final es volver a la aplicación clínica de la edición hereditaria: crear personas cuyos genomas hayan sido modificados para reducir su vulnerabilidad futura frente a una o varias enfermedades. Wired describió a comienzos de 2026 sus planes sobre el alzhéimer y su intención de reanudar eventualmente los ensayos clínicos fuera de China.
La propuesta encierra una diferencia fundamental respecto a una terapia génica convencional. Cuando se modifica el ADN de las células de un paciente ya nacido —por ejemplo, las células sanguíneas de una persona con anemia falciforme— el tratamiento afecta únicamente a ese individuo. Es una edición somática. Cuando se modifica un óvulo, un espermatozoide o un embrión, la alteración puede quedar incorporada a todas las células del organismo y transmitirse a sus descendientes. Es una edición de la línea germinal. El paciente no es solo la persona que nace: también pueden serlo, sin haber consentido, sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores.
He no oculta esa dimensión. La presenta precisamente como la gran ventaja de su proyecto. En lugar de tratar una enfermedad cuando ya existe, propone suprimir una determinada vulnerabilidad genética antes del nacimiento y eliminarla de una línea familiar. El alzhéimer sería solo un primer objetivo. En sus declaraciones recientes ha imaginado embriones sometidos a varias modificaciones simultáneas, capaces de recibir protección frente a enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas o infecciosas.
No existe, sin embargo, evidencia pública de que haya logrado introducir de manera segura la variante A673T en embriones, demostrar sus efectos en modelos animales o publicar resultados revisados por especialistas independientes. En 2025, varias investigaciones periodísticas comprobaron que su verdadera situación institucional era mucho más precaria de lo que sugerían sus mensajes: carecía de una afiliación académica sólida, no ofrecía datos verificables sobre sus avances y llegó a publicar fotografías tomadas en instalaciones a las que, según las fuentes consultadas, ya no tenía acceso. The Washington Post describió esa tentativa de retorno y la ausencia de pruebas científicas sobre sus supuestos progresos.
Una boda genética, una empresa y una moneda digital
La reaparición de He Jiankui adquirió durante 2025 un componente todavía más extraño. En abril anunció su matrimonio con Cathy Tie, una joven empresaria canadiense de origen chino vinculada a diversos proyectos biotecnológicos. He bautizó su nueva empresa como Cathy Medicine y ambos divulgaron fotografías de una ceremonia en la que los anillos tenían la forma de una doble hélice de ADN.
La relación quedó inmediatamente entrelazada con sus proyectos científicos. Tie presentó a He como un hereje enfrentado a un sistema académico demasiado prudente y aseguró que su intención era perseverar en la modificación genética de embriones. Sin embargo, las autoridades chinas le impidieron entrar en el país, mientras que He continuaba sin poder abandonarlo, aparentemente porque su pasaporte había sido confiscado. En medio de esa situación apareció una iniciativa para recaudar fondos mediante una criptomoneda denominada $GENE, promocionada con los rostros de ambos.
La relación terminó públicamente en julio de 2025, apenas unos meses después de su anuncio. Tie se trasladó a Estados Unidos y puso en marcha sus propios proyectos de edición embrionaria, primero Manhattan Genomics y posteriormente Origin Genomics. En mayo de 2026 volvió a defender públicamente la investigación destinada a corregir enfermedades hereditarias antes del nacimiento. El episodio resulta relevante no por su dimensión sentimental, sino porque revela el ecosistema que comienza a formarse alrededor de la edición genética germinal: científicos expulsados de los circuitos académicos, empresarios biotecnológicos, capital privado, campañas personales en las redes y proyectos que buscan países donde todavía existan vacíos regulatorios. The Guardian reconstruyó en mayo de 2026 la relación entre Tie, He Jiankui y estas nuevas iniciativas empresariales.
He, por su parte, parece haber continuado su camino en solitario. En sus intervenciones alterna la promesa de una investigación transparente con mensajes grandilocuentes y provocaciones que desconciertan incluso a quienes estarían dispuestos a debatir científicamente el futuro de la edición germinal. Ha afirmado que la sociedad terminará aceptando su trabajo, que sus experimentos fueron un primer paso inevitable y que la modificación genética preventiva se convertirá en una parte normal de la medicina reproductiva.
Lo que realmente hizo en 2018
Para comprender la gravedad de esas afirmaciones hay que regresar al experimento original. He Jiankui no era médico, sino biofísico. Había estudiado física en la Universidad de Ciencia y Tecnología de China, obtenido un doctorado en Rice University y trabajado como investigador posdoctoral en Stanford. En 2012 regresó a China atraído por el programa de captación de talento científico de Shenzhen. Se incorporó a la Universidad Meridional de Ciencia y Tecnología —SUSTech—, fundó varias empresas de secuenciación genética y construyó la imagen de un joven investigador brillante, ambicioso y próximo a realizar un gran descubrimiento.
Entre 2016 y 2018 reclutó a parejas formadas por hombres seropositivos y mujeres sin VIH. La justificación oficial consistía en ofrecerles descendientes biológicos protegidos frente al virus. Durante los procedimientos de fecundación in vitro utilizó CRISPR-Cas9 para intentar inutilizar CCR5, un gen que produce una proteína presente en la superficie de determinadas células inmunitarias. Algunas variantes del VIH emplean ese receptor como una puerta para penetrar en las células.
La idea procedía de un fenómeno natural. Existe una mutación conocida como CCR5-Δ32 que elimina 32 letras del ADN del gen. Las personas que heredan dos copias de esa mutación poseen una resistencia elevada frente a las cepas de VIH que utilizan CCR5. Era una observación científica sólida. Lo que hizo He fue intentar reproducir un efecto parecido en embriones humanos.
El 25 de noviembre de 2018, poco antes de una cumbre internacional sobre edición del genoma que se celebraba en Hong Kong, difundió varios vídeos en YouTube. Anunció que habían nacido «dos hermosas niñas chinas», Lulu y Nana, cuyo ADN había sido modificado. Tres días después compareció ante un auditorio repleto de científicos y reconoció que existía un segundo embarazo. La justicia china confirmó posteriormente el nacimiento de una tercera niña.
No había publicado el estudio. No había sometido los resultados a una revisión científica independiente. La mayor intervención genética hereditaria realizada hasta entonces en seres humanos fue revelada mediante una campaña de vídeos cuidadosamente producidos.
Las niñas no recibieron la mutación prometida
El primer problema científico fue que He no consiguió reproducir la variante CCR5-Δ32. Las modificaciones generadas en Lulu y Nana eran mutaciones nuevas, cuyo comportamiento no había sido estudiado previamente en seres humanos.
Según los datos incompletos presentados por He, una de las niñas tenía una copia normal de CCR5 y otra con una deleción de 15 letras; la segunda presentaba una deleción de cuatro letras en una copia y la inserción de una letra en la otra. Por tanto, no podía afirmarse que ambas fueran inmunes al VIH. Una de ellas conservaba aparentemente una copia funcional del gen y, en cualquier caso, CCR5 solo es utilizado por determinadas variedades del virus. Otras cepas penetran en las células a través de receptores diferentes.
El análisis de los datos también sugirió mosaicismo. Esto significa que la edición podría haberse producido después de que el embrión comenzara a dividirse, de modo que algunas células contendrían la modificación y otras no. Si así ocurrió, una muestra de la placenta o del cordón umbilical no permitiría saber con certeza qué alteraciones estaban presentes en el cerebro, el corazón, los ovarios o cualquier otro tejido.
Además aparecieron señales de una posible modificación fuera del punto buscado. CRISPR utiliza una molécula guía para conducir la enzima Cas9 hasta una secuencia concreta del ADN, pero puede cortar accidentalmente en otros lugares semejantes. He aseguró que no había detectado alteraciones peligrosas; los datos disponibles no permitían descartarlas. Una revisión científica publicada después del anuncio señaló que el diseño experimental, las pruebas aportadas y la interpretación de los resultados contenían deficiencias graves. Un análisis en PLOS Biology explicó por qué la intervención era innecesaria y por qué sus resultados no demostraban la inmunidad al VIH.
El riesgo resultaba todavía menos justificable porque el padre seropositivo no necesitaba modificar genéticamente a sus hijas para evitar la transmisión del virus. El «lavado» de semen, la fecundación in vitro, el tratamiento antirretroviral y los controles médicos permitían reducir ese riesgo hasta niveles extraordinariamente bajos. He no estaba tratando una enfermedad presente en los embriones ni corrigiendo una mutación letal. Estaba intentando concederles una ventaja hipotética frente a una posible infección futura.
Y CCR5 no es una pieza aislada que pueda retirarse sin consecuencias. Participa en el funcionamiento del sistema inmunitario. La pérdida natural del gen puede ofrecer protección frente a determinadas cepas del VIH, pero también se ha relacionado con una mayor vulnerabilidad frente a otros agentes infecciosos, entre ellos el virus del Nilo Occidental. El experimento cambió, por tanto, una parte del sistema inmunológico de tres niñas sanas sin que pudiera conocerse el balance de riesgos que las acompañaría durante el resto de sus vidas.
Consentimientos dudosos y documentos falsificados
Las objeciones no fueron únicamente científicas. La investigación judicial china determinó que He y sus colaboradores habían falsificado documentos de aprobación ética, engañado a personal sanitario e implantado embriones modificados al margen de las normas vigentes. También se cuestionó la manera en que fueron reclutadas las parejas, especialmente vulnerables por el estigma que todavía rodeaba al VIH en China, y la claridad del consentimiento informado que firmaron.
El documento describía el proyecto con una expresión equivalente a «desarrollo de una vacuna contra el sida», cuando no se estaba administrando una vacuna. La presentación podía inducir a los participantes a pensar que se trataba de una intervención terapéutica mucho más convencional y madura de lo que realmente era. Tampoco está claro que las familias comprendieran plenamente que las modificaciones serían hereditarias, que podían producirse mutaciones imprevistas o que sus hijas quedarían sometidas a vigilancia médica durante años.
En diciembre de 2019, un tribunal de Shenzhen condenó a He a tres años de prisión y a una multa de tres millones de yuanes por práctica médica ilegal. Dos colaboradores recibieron penas menores. El tribunal afirmó que los acusados habían actuado en busca de fama y beneficio económico, vulnerado las normas nacionales y «traspasado la línea de fondo» de la ética científica y médica. La sentencia y las condenas fueron recogidas entonces por Science.
El juicio fue parcialmente cerrado y nunca se publicó un expediente completo que despejara todas las incógnitas. Tampoco salió a la luz el artículo científico íntegro. Esta opacidad ha impedido reconstruir con absoluta certeza el número de embriones modificados, las complicaciones producidas, la naturaleza exacta de todas las mutaciones y las condiciones en las que continúan siendo examinadas las niñas.
«Están sanas»: una afirmación imposible de comprobar
He Jiankui sostiene que Lulu, Nana y Amy están sanas y llevan una vida normal. Ha asegurado que asisten a la escuela y que sus genomas no presentan alteraciones preocupantes. También ha afirmado que las niñas todavía no conocen el origen de las modificaciones que llevan en su ADN.
No existe verificación independiente de esas declaraciones. Proteger su identidad es imprescindible, pero esa protección también dificulta evaluar las consecuencias del experimento. Ni la comunidad científica internacional ni observadores médicos independientes tienen acceso a historiales clínicos, análisis genéticos longitudinales o protocolos de seguimiento. La salud aparente durante la infancia tampoco basta para excluir efectos que podrían aparecer en la pubertad, la edad adulta o incluso en la descendencia.
La situación plantea un conflicto extraordinariamente difícil. Las niñas necesitan controles médicos continuados, pero no deberían convertirse en objetos permanentes de investigación. Tienen derecho a la intimidad, aunque algún día necesitarán conocer la modificación genética que heredaron. Y si en el futuro desean tener hijos, deberán decidir si aceptan transmitir una alteración creada deliberadamente en un laboratorio, cuyos efectos completos siguen siendo desconocidos.
La «aportación» más tangible de He Jiankui fue colocar a tres seres humanos en una situación para la que la medicina, el derecho y la ética todavía no disponían de respuestas.
De la distrofia muscular al alzhéimer
Al salir de prisión en 2022, He anunció que abandonaría temporalmente la edición reproductiva y se dedicaría a tratamientos somáticos contra enfermedades raras. Su primer objetivo declarado fue la distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad genética devastadora que produce una pérdida progresiva de la fuerza muscular y reduce gravemente la esperanza de vida.
Prometió desarrollar terapias asequibles para entre tres y cinco enfermedades hereditarias y criticó el precio millonario alcanzado por algunos tratamientos génicos occidentales. En principio, se trataba de una orientación científicamente legítima: modificar células de pacientes enfermos, sin alterar su línea germinal, constituye una estrategia completamente distinta a la creación de bebés modificados.
He llegó a anunciar laboratorios en Pekín, Wuhan y Hainan. En septiembre de 2023, una universidad privada de Wuhan comunicó la creación de un Instituto de Medicina Genética bajo su dirección. En 2024 se trasladó a Hainan, una isla convertida por las autoridades chinas en zona especial de turismo médico y experimentación regulatoria. STAT informó de aquel traslado y de las dudas que despertaba su incorporación a ese ecosistema clínico.
No se conocen, sin embargo, ensayos clínicos dirigidos por He que hayan producido una terapia contra la distrofia muscular, ni publicaciones relevantes que demuestren avances propios. Con el tiempo, su discurso volvió a desplazarse hacia los embriones y el alzhéimer. La terapia somática, mucho menos polémica y más próxima a una aplicación médica real, parecía dejar paso nuevamente al territorio que lo había convertido en una celebridad mundial.
¿Cuáles son entonces sus aportaciones?
Si se utiliza la palabra en su sentido científico habitual —descubrimientos reproducibles, técnicas validadas, tratamientos eficaces o publicaciones sometidas a revisión—, las aportaciones de He Jiankui a la edición genética son mucho más modestas de lo que su notoriedad sugiere. No inventó CRISPR, no descubrió CCR5, no identificó la mutación Δ32 y no demostró una nueva terapia contra el VIH. Tampoco ha presentado hasta ahora una cura contra la distrofia muscular o el alzhéimer.
Su contribución histórica es de otra naturaleza. Fue el primero que convirtió la edición hereditaria del genoma humano en un hecho consumado. Antes de noviembre de 2018, los «bebés de diseño» pertenecían a las discusiones académicas, los documentos de bioética y la ciencia ficción. Después de He, el mundo supo que un investigador con suficientes recursos, acceso a una clínica de reproducción asistida y voluntad para sortear los controles podía hacerlo.
También demostró que la barrera principal no era exclusivamente tecnológica. CRISPR ya permitía cortar el ADN de un embrión; lo que impedía implantarlo y llevarlo a término era un entramado de normas, prudencia científica, controles institucionales y responsabilidad personal. He encontró las grietas de ese entramado.
El escándalo provocó reformas en China, impulsó nuevas disposiciones sobre investigación biomédica y aceleró la elaboración de sistemas internacionales de vigilancia. La Organización Mundial de la Salud creó en diciembre de 2018 un comité de expertos y publicó posteriormente recomendaciones sobre registros internacionales, cooperación entre países, turismo médico y detección de investigaciones ilegales, inseguras o no declaradas. La OMS reunió esas recomendaciones en su marco mundial para la gobernanza de la edición del genoma humano.
Paradójicamente, la aportación más importante de He a la seguridad científica pudo consistir en demostrar lo fácilmente que podían fracasar los sistemas destinados a garantizarla.
El mundo después de He Jiankui
La tecnología ha seguido avanzando. CRISPR ya no es solamente una promesa experimental. Existen tratamientos autorizados para enfermedades como la anemia falciforme y la beta-talasemia, pero se aplican sobre células somáticas y no sobre embriones destinados a nacer. Al mismo tiempo, la edición de bases y el prime editing permiten realizar cambios más precisos que los cortes originales de CRISPR-Cas9.
En junio de 2026, investigadores estadounidenses informaron de nuevos experimentos en embriones humanos no destinados a la reproducción, empleando técnicas más precisas y bajo controles institucionales. El trabajo reavivó la discusión porque demuestra que la distancia técnica entre el laboratorio y una nueva tentativa reproductiva continúa reduciéndose. Scientific American analizó los avances y las preocupaciones provocadas por esos experimentos.
La amenaza no consiste necesariamente en que He repita personalmente su intervención. Puede proceder de científicos mejor preparados, empresas con más dinero y países dispuestos a convertir la medicina reproductiva en una ventaja competitiva. La edición destinada a corregir una mutación letal posee una justificación moral mucho más poderosa que el intento de producir resistencia frente al VIH realizado en 2018. Pero una vez aceptada para evitar una enfermedad, la frontera entre curación, prevención y mejora será cada vez más difícil de definir.
Eliminar una mutación que causa la enfermedad de Huntington parece muy diferente de aumentar la estatura o la inteligencia. Entre ambos extremos existe, sin embargo, una extensa zona gris: reducir el riesgo de alzhéimer, mejorar el metabolismo, aumentar la resistencia física, reforzar la inmunidad, retrasar el envejecimiento o modificar predisposiciones psicológicas. Cada intervención podría presentarse como medicina preventiva. La suma de todas ellas podría terminar convirtiéndose en un programa de rediseño humano.
El precedente de una muerte ocultada
El debate ha adquirido una gravedad adicional en 2026. Una investigación conjunta de Science y Retraction Watch reveló que una niña china de seis años murió en marzo de 2025 después de recibir una terapia génica experimental contra el síndrome de Snijders Blok-Campeau. El caso no estaba relacionado con He Jiankui, pero mostró que los problemas de supervisión, transparencia y precipitación clínica que afloraron en 2018 no habían desaparecido.
Según la investigación, los ensayos preclínicos habían mostrado señales de toxicidad, el experimento no fue divulgado adecuadamente y la muerte permaneció fuera del conocimiento público durante más de un año. La niña padecía una enfermedad grave, pero no se encontraba ante una situación inmediatamente mortal. Science publicó en julio de 2026 la investigación sobre el fallecimiento y las deficiencias del ensayo.
El episodio no permite responsabilizar a He ni desacreditar toda la investigación genética china. Sí obliga a contemplar su regreso dentro de una realidad más amplia: la carrera por alcanzar avances biomédicos puede generar incentivos para acelerar ensayos, minimizar señales de riesgo, ocultar resultados negativos o trasladar experimentos a territorios con una supervisión insuficiente. La competencia científica entre China, Estados Unidos y las grandes empresas biotecnológicas añade presión a una tecnología cuyas consecuencias pueden ser irreversibles.
El hombre que espera la absolución de la historia
He Jiankui no se considera un villano. Se presenta como el hombre que llegó demasiado pronto. Su relato personal es el del científico castigado por realizar una intervención que otros terminarán practicando bajo nombres distintos, protocolos mejor diseñados y autorizaciones oficiales. En entrevistas ha dicho que está orgulloso de haber ayudado a familias afectadas por el VIH y que la edición embrionaria será aceptada cuando pueda prevenir enfermedades graves. En 2024 afirmó que los niños nacidos de su experimento estaban sanos y que su trabajo acabaría siendo reconocido. The Guardian recogió esas declaraciones y su negativa a renegar del experimento.
Es posible que acierte en una parte de su pronóstico. La modificación hereditaria del genoma humano podría llegar a utilizarse algún día para impedir la transmisión de enfermedades incurables. Pero que una técnica termine siendo aceptada no convierte automáticamente en correcto cualquier experimento anterior. Los primeros intentos no quedan legitimados retrospectivamente si fueron realizados sin necesidad médica, con información insuficiente, saltándose los controles y exponiendo a niños sanos a riesgos desconocidos.
La pregunta central no es si He Jiankui fue un visionario o un monstruo, etiquetas que simplifican en exceso una historia más inquietante. La verdadera cuestión es qué ocurre cuando un científico adquiere la capacidad material de tomar una decisión en nombre de toda la especie.
En 2018, He respondió por su cuenta. Modificó el ADN de varios embriones, seleccionó algunos de ellos, los entregó a una clínica y consiguió que fueran implantados. Meses después nacieron tres niñas. Desde entonces, cada vez que una de ellas crece, cada vez que una de sus células se divide y cada vez que el ADN modificado se copia dentro de su organismo, aquel experimento continúa.
He Jiankui salió de prisión hace cuatro años. Su intervención, en cambio, no terminará nunca.




