Ceuta: el gobierno español busca la violencia
La invasión del 29 de julio de 2026 no fue un episodio aislado. Fue la continuación de una estrategia de desgaste destinada a convertir la presión migratoria en un problema endémico en Ceuta. Cada nueva oleada, cada grupo que atraviesa la frontera o rodea el espigón, cada día en que las fuerzas de seguridad aparecen desbordadas o contenidas, consolida una situación de hecho. El objetivo es normalizar la presencia permanente de población marroquí hasta que la soberanía española sobre la ciudad se vuelva, en la práctica, compartida o negociable. Y una soberanía compartida es el paso previo a la pérdida. Después vendrán Melilla y, más adelante, las presiones sobre Canarias. Pero Ceuta es el objetivo prioritario por su posición estratégica: controla el Estrecho, es puerta de África y tiene valor geopolítico que trasciende a Madrid e interesa a Washington.
Es imposible que una entrada masiva de esa magnitud se produzca sin la orquestación del Estado marroquí. Marruecos controla su frontera cuando quiere. Lo ha demostrado en el pasado: aprieta o afloja el flujo según le conviene diplomática o económicamente. La avalancha, la invasión, fue no sólo permitida y canalizada desde Rabat sino que fue directamente ordenada. Y es igualmente imposible que se hubiera desarrollado sin la colaboración activa de las autoridades españolas. Un Estado que dispone de ejército, policía, inteligencia y capacidad de presión bilateral no "se ve sorprendido" durante horas mientras miles de personas cruzan. Se deja hacer. O se ordena no actuar.
Que el Gobierno español mantiene una relación de subordinación con Marruecos no es una mera presunción. Es una evidencia acumulada: cesiones en el Sáhara, silencios ante agresiones fronterizas, sumisión en Europa a los intereses marroquíes con perjuicio de nuestra propia economía, priorización de los deseos marroquíes por encima de la integridad territorial y de la seguridad de los ceutíes. Que Marruecos ha ejercido influencia sobre parlamentarios europeos queda documentado en el escándalo Maroccogate y en las investigaciones posteriores sobre sobornos a decenas de parlamentarios europeos; que sepamos, todos socialistas. La red de intereses que conecta a ciertos cargos europeos con potencias del Magreb no es un secreto para quien sigue las investigaciones judiciales belgas e italianas. Cuando se combina esa influencia externa con una ideología de fronteras abiertas y una ideología perversa de culpa civilizacional en sectores de la izquierda española y europea, el resultado es previsible: la frontera se vuelve permeable y la soberanía se relativiza.
Pedro Sánchez no teme las consecuencias de esta dinámica. Las aprovecha. La pandemia le enseñó una lección decisiva: se pueden tomar decisiones políticas que cuestan decenas de miles de vidas, se puede mentir sobre la existencia de comités de expertos, se pueden imponer restricciones masivas y, sin embargo, el coste electoral puede ser mínimo si el relato se controla. Al principio de la crisis sanitaria hubo gestos de inquietud. Luego se comprobó que la débil sociedad española aceptaba cifras de mortalidad terribles, cambios de criterio constantes y opacidad sin castigar en las urnas con la dureza que otros países hubieran aplicado. Esa experiencia genera impunidad. Quien ha sobrevivido políticamente a una gestión criminal de ese calibre no teme una crisis fronteriza en Ceuta. Al contrario: cuanto mayor sea el caos, más fácil resulta construir el relato posterior.
Ese relato ya se perfila. Cuando los ciudadanos de Ceuta reaccionan —porque ven amenazada su seguridad inmediata, la de sus familias y la normalidad de su ciudad— el Gobierno y sus altavoces mediáticos e ideológicos (ésos que Milei llama, con acierto, "mierdas humanas") no ven una población abandonada que exige protección. Ven "violencia fascista", "racismo" o "extrema derecha". Los invasores se convierten en falsas víctimas de la pobreza; los españoles que reclaman orden se convierten en el problema. Es la inversión moral característica de cierta izquierda: el que defiende su territorio es el agresor; el que lo desborda es el agraviado. Lo mismo que ha ocurrido con Lindsay Clancy en USA: la asesina de sus tres hijos ha pasado a ser víctima del sistema y heroína para la izquierda. La inversión criminal de los valores de la izquierda no tiene límites.
Esto no es un Estado fallido al estilo de aquellos que colapsan por incapacidad. Es algo peor: un Estado que traiciona sus obligaciones mínimas con sus propios ciudadanos. Un Estado que dispone de instrumentos de soberanía y elige no usarlos, o usarlos de forma deliberadamente insuficiente, mientras mantiene una relación de dependencia política y económica con el país que presiona la frontera. No es incompetencia. Es traición. Y, sin embargo, nadie asalta la Moncloa. El pueblo español, en su mayoría, sigue aceptando el espectáculo con una mezcla de resignación, miedo al estigma y fragmentación. Solo cuando el problema llega a la puerta de casa —como en Ceuta— aparece la rabia. Y entonces se descubre que el Gobierno no solo no protege: espera que esa rabia le sirva para reforzar su narrativa. Por eso mantiene al ejército sujeto, sin atribuciones para patrullar la ciudad e imponer el orden, y por eso mantiene destacamentos de guardia civil y policía más que insuficientes para garantizar el orden. Es política deliberada, no error ni incompetencia.
La estrategia es de largo plazo. Convertir Ceuta en un territorio de hecho compartido, erosionar la voluntad de defensa, convertir la vida en imposible para que se vayan muchos españoles a la península, acostumbrar a la opinión pública a la idea de que "no hay alternativa" y, cuando llegue el momento, presentar la cesión o el condominio como realismo geopolítico. Melilla seguiría el mismo camino. Canarias, más distante, sería el siguiente eslabón de presión migratoria y chantaje diplomático. Ceuta es el laboratorio y el premio inmediato por su valor estratégico.
Un gobierno que prioriza la relación con Marruecos por encima de la integridad de su territorio, que relativiza las avalanchas fronterizas, que criminaliza preventivamente la reacción de sus ciudadanos y que ha aprendido de la pandemia que las catástrofes se pueden gestionar sin coste político, no está defendiendo España. Está liquidando, paso a paso, su soberanía en el norte de África.
Ceuta no es solo una ciudad. Es el termómetro de hasta qué punto el gobierno español está dispuesto a no defender lo que es suyo. Por ahora, la respuesta es clara: prefiere el relato a la frontera, la culpa a la soberanía y la pasividad a la contundencia. La violencia que pueda surgir no será casual. Será el objetivo buscado de una política que abandona a los suyos y espera que el caos justifique la cesión, que la violencia defensiva le sirva en bandeja el relato de la maldad española y la victimización aún mayor de los invasores. Que éstos estén preparando la guerra de guerrillas o actos de terrorismo, como se ha constatado, siendo armados por ONGs de izquierdas, de las que todos sabemos que son brazos del activismo izquierdista, no es sorpresa, es simplemente la continuación de esa estrategia de años que la izquierda mantiene y que los gobiernos de derechas han preferido obviar para no confrontar, dada su habitual cobardía.
La nación que dio lugar a algunos de los mayores héroes de la historia hoy no es ni la sombra de lo que fue. Hoy es una nación cuya mitad acepta la escisión y el rencor entre españoles como opción política fanatizada y cuya otra mitad se acobarda ante el poder político y mediático de la izquierda. Somos en este momento una vergüenza de país. Nuestros abuelos no lo hubieran consentido. Ellos sí hubieran asaltado la Moncloa.
La invasión del 29 de julio de 2026 no fue un episodio aislado. Fue la continuación de una estrategia de desgaste destinada a convertir la presión migratoria en un problema endémico en Ceuta. Cada nueva oleada, cada grupo que atraviesa la frontera o rodea el espigón, cada día en que las fuerzas de seguridad aparecen desbordadas o contenidas, consolida una situación de hecho. El objetivo es normalizar la presencia permanente de población marroquí hasta que la soberanía española sobre la ciudad se vuelva, en la práctica, compartida o negociable. Y una soberanía compartida es el paso previo a la pérdida. Después vendrán Melilla y, más adelante, las presiones sobre Canarias. Pero Ceuta es el objetivo prioritario por su posición estratégica: controla el Estrecho, es puerta de África y tiene valor geopolítico que trasciende a Madrid e interesa a Washington.
Es imposible que una entrada masiva de esa magnitud se produzca sin la orquestación del Estado marroquí. Marruecos controla su frontera cuando quiere. Lo ha demostrado en el pasado: aprieta o afloja el flujo según le conviene diplomática o económicamente. La avalancha, la invasión, fue no sólo permitida y canalizada desde Rabat sino que fue directamente ordenada. Y es igualmente imposible que se hubiera desarrollado sin la colaboración activa de las autoridades españolas. Un Estado que dispone de ejército, policía, inteligencia y capacidad de presión bilateral no "se ve sorprendido" durante horas mientras miles de personas cruzan. Se deja hacer. O se ordena no actuar.
Que el Gobierno español mantiene una relación de subordinación con Marruecos no es una mera presunción. Es una evidencia acumulada: cesiones en el Sáhara, silencios ante agresiones fronterizas, sumisión en Europa a los intereses marroquíes con perjuicio de nuestra propia economía, priorización de los deseos marroquíes por encima de la integridad territorial y de la seguridad de los ceutíes. Que Marruecos ha ejercido influencia sobre parlamentarios europeos queda documentado en el escándalo Maroccogate y en las investigaciones posteriores sobre sobornos a decenas de parlamentarios europeos; que sepamos, todos socialistas. La red de intereses que conecta a ciertos cargos europeos con potencias del Magreb no es un secreto para quien sigue las investigaciones judiciales belgas e italianas. Cuando se combina esa influencia externa con una ideología de fronteras abiertas y una ideología perversa de culpa civilizacional en sectores de la izquierda española y europea, el resultado es previsible: la frontera se vuelve permeable y la soberanía se relativiza.
Pedro Sánchez no teme las consecuencias de esta dinámica. Las aprovecha. La pandemia le enseñó una lección decisiva: se pueden tomar decisiones políticas que cuestan decenas de miles de vidas, se puede mentir sobre la existencia de comités de expertos, se pueden imponer restricciones masivas y, sin embargo, el coste electoral puede ser mínimo si el relato se controla. Al principio de la crisis sanitaria hubo gestos de inquietud. Luego se comprobó que la débil sociedad española aceptaba cifras de mortalidad terribles, cambios de criterio constantes y opacidad sin castigar en las urnas con la dureza que otros países hubieran aplicado. Esa experiencia genera impunidad. Quien ha sobrevivido políticamente a una gestión criminal de ese calibre no teme una crisis fronteriza en Ceuta. Al contrario: cuanto mayor sea el caos, más fácil resulta construir el relato posterior.
Ese relato ya se perfila. Cuando los ciudadanos de Ceuta reaccionan —porque ven amenazada su seguridad inmediata, la de sus familias y la normalidad de su ciudad— el Gobierno y sus altavoces mediáticos e ideológicos (ésos que Milei llama, con acierto, "mierdas humanas") no ven una población abandonada que exige protección. Ven "violencia fascista", "racismo" o "extrema derecha". Los invasores se convierten en falsas víctimas de la pobreza; los españoles que reclaman orden se convierten en el problema. Es la inversión moral característica de cierta izquierda: el que defiende su territorio es el agresor; el que lo desborda es el agraviado. Lo mismo que ha ocurrido con Lindsay Clancy en USA: la asesina de sus tres hijos ha pasado a ser víctima del sistema y heroína para la izquierda. La inversión criminal de los valores de la izquierda no tiene límites.
Esto no es un Estado fallido al estilo de aquellos que colapsan por incapacidad. Es algo peor: un Estado que traiciona sus obligaciones mínimas con sus propios ciudadanos. Un Estado que dispone de instrumentos de soberanía y elige no usarlos, o usarlos de forma deliberadamente insuficiente, mientras mantiene una relación de dependencia política y económica con el país que presiona la frontera. No es incompetencia. Es traición. Y, sin embargo, nadie asalta la Moncloa. El pueblo español, en su mayoría, sigue aceptando el espectáculo con una mezcla de resignación, miedo al estigma y fragmentación. Solo cuando el problema llega a la puerta de casa —como en Ceuta— aparece la rabia. Y entonces se descubre que el Gobierno no solo no protege: espera que esa rabia le sirva para reforzar su narrativa. Por eso mantiene al ejército sujeto, sin atribuciones para patrullar la ciudad e imponer el orden, y por eso mantiene destacamentos de guardia civil y policía más que insuficientes para garantizar el orden. Es política deliberada, no error ni incompetencia.
La estrategia es de largo plazo. Convertir Ceuta en un territorio de hecho compartido, erosionar la voluntad de defensa, convertir la vida en imposible para que se vayan muchos españoles a la península, acostumbrar a la opinión pública a la idea de que "no hay alternativa" y, cuando llegue el momento, presentar la cesión o el condominio como realismo geopolítico. Melilla seguiría el mismo camino. Canarias, más distante, sería el siguiente eslabón de presión migratoria y chantaje diplomático. Ceuta es el laboratorio y el premio inmediato por su valor estratégico.
Un gobierno que prioriza la relación con Marruecos por encima de la integridad de su territorio, que relativiza las avalanchas fronterizas, que criminaliza preventivamente la reacción de sus ciudadanos y que ha aprendido de la pandemia que las catástrofes se pueden gestionar sin coste político, no está defendiendo España. Está liquidando, paso a paso, su soberanía en el norte de África.
Ceuta no es solo una ciudad. Es el termómetro de hasta qué punto el gobierno español está dispuesto a no defender lo que es suyo. Por ahora, la respuesta es clara: prefiere el relato a la frontera, la culpa a la soberanía y la pasividad a la contundencia. La violencia que pueda surgir no será casual. Será el objetivo buscado de una política que abandona a los suyos y espera que el caos justifique la cesión, que la violencia defensiva le sirva en bandeja el relato de la maldad española y la victimización aún mayor de los invasores. Que éstos estén preparando la guerra de guerrillas o actos de terrorismo, como se ha constatado, siendo armados por ONGs de izquierdas, de las que todos sabemos que son brazos del activismo izquierdista, no es sorpresa, es simplemente la continuación de esa estrategia de años que la izquierda mantiene y que los gobiernos de derechas han preferido obviar para no confrontar, dada su habitual cobardía.
La nación que dio lugar a algunos de los mayores héroes de la historia hoy no es ni la sombra de lo que fue. Hoy es una nación cuya mitad acepta la escisión y el rencor entre españoles como opción política fanatizada y cuya otra mitad se acobarda ante el poder político y mediático de la izquierda. Somos en este momento una vergüenza de país. Nuestros abuelos no lo hubieran consentido. Ellos sí hubieran asaltado la Moncloa.




















