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Arturo Aldecoa Ruiz
Jueves, 10 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

El canto de las cigarras

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Una de las consecuencias más sorprendentes del aumento de la esperanza de vida en las sociedades modernas es que los políticos cada vez viven más años con buenas condiciones de salud.

 

Naturalmente, son conscientes de que los ritmos de renovación y rejuvenecimiento que hasta hace pocas décadas eran tradicionales en los partidos limitan sus expectativas de continuar en el poder cuando aún se encuentran objetivamente con plenas facultades.

 

Por ello, si pueden intentan cambiar dichas reglas, pues son renuentes a dar paso a líderes más jóvenes.

 

Lentamente crean en sus cúpulas directivas gerontocracias en las que el poder se mantiene “sine die”  en las manos del líder y  de gente “madura” de su confianza, que no facilita nuevas incorporaciones que pudieran alterar el equilibrio interno de la organización. La cual poco a poco se ve esclerotizada.

 

Dicho en términos vulgares: los líderes y sus equipos no tienen la menor intención de dejar el poder, pues consideran que están en plenas facultades.  Pase lo que pase, no dimiten.

 

Mientras la salud les acompaña parece que todo en la organización sigue igual.

 

Pero con los años llega un punto de inflexión: el momento en el que las condiciones de salud y mentales del líder (que gobierna rodeado de una dócil guardia de corps) empiezan a fallar.

 

Él no lo percibe así (es humano creerse uno mismo en mejor estado de salud que el real que se observa desde fuera) pues piensa que sigue con plenas facultades y si alguien le contradice lo aparta.

 

Es en este punto cuando surge en el diablo XXI una situación nueva que hasta ahora o se había dado:  el líder no sólo pretende continuar en el poder para apuntalar su régimen y proyectos, su persona pasa a ser lo prioritario: quiere vivir eternamente gracias a los avances científicos, casi como un dios.

 

Los dictadores políticos y religiosos de todas las épocas han intentado durante siglos lograr la inmortalidad de sus obras, pues la ciencia médica no podía  garantizarles entonces su eternidad individual: han pretendido que los monumentos e instituciones que crearon  perduren para siempre.

 

Pero, como comenta magistralmente Borges en El Aleph, tras la muerte de  la persona, pequeños e irrefrenables cambios del mundo exterior empezaban a alejar la realidad de cualquier estrategia de futuro que está hubiera urdido.

 

La entropía acababa llevándose por delante el plan mejor trazado y las obras e instituciones ligadas al mismo,  pues el porvenir no está escrito.

 

Pero en este siglo XXI algo ha cambiado: no hace mucho, los tres autócratas principales de Asia: Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un, comentaron ante los ojos del mundo su interés en el alargamiento indefinido de sus vidas como mecanismo para perpetuar sus respectivas dictaduras, que ya no serían solo "de partido único" , sino también  "de líder eterno". Una elegante forma de eliminar las luchas por la sucesión: si el líder es eterno, está ya no era necesaria.

 

Este deseo de eternidad laica me temo que es compartido por ciertos  dirigentes de algunos países democráticos que parecen envidiar el poder sin límites de los autócratas de Asia  y querrían sumarse al “club de los eternos”. Pura “hybrix”, el pecado de soberbia que más castigaban los dioses de la antiguedad.

 

En el  mundo antiguo tenían muy claros los riesgos para un simple mortal de gozar de la vida eterna si sigue siendo humano. Solo los dioses podían soportarla.

 

Así nos lo relata en uno de sus poemas Safo de Lesbos: La Aurora se enamoró del apuesto mortal Titono, y, para poder gozar eternamente de su amor y su compañía, le rogó a Zeus que lo hiciera inmortal.

 

El soberano del Olimpo accedió, y Titono fue dispensado de la muerte, pero con ello no quedó libre del tiempo y la vejez.

 

Así que, año tras año, Titono envejecía al lado de su divina esposa La Aurora, eternamente joven, atrapado en un destino extraño y trágico, ajeno tanto a los mortales como a los dioses.

 

Consumido y decrépito, Titono acabó recluyéndose en su lecho, donde continuó menguando.

 

Cada noche apenas se le oía emitir un quejido, arrancado con esfuerzo de sus pulmones.

 

Finalmente, un dios desconocido se apiadó de  él y lo transformó en insecto: la oscura cigarra.

 

Desde entonces Titono canta con desgarro y vive de las pocas gotas de rocío que La Aurora derrama junto a él como lágrimas de amor cada amanecer.

 

Un erudito del tiempo de Nerón entretejió, según Pedro Olalla, el mito de Titono con el de la Sibila de Cumas y escribió  que lo que  repite sin descanso el canto de la cigarra, no es otra cosa que una súplica para que su muerte no siga demorándose hasta el final de los tiempos, sino que llegue ya:

 

- "Mori... Mori... Mori...!"

 

No creo que los autócratas asiáticos y sus imitadores occidentales ansiosos de alcanzar la inmortalidad, hayan leído a Safo de Lesbos.  

 

Espero que al menos recuerden que son simples mortales, antes de acabar convertidos en oscuras y ruidosas  cigarras al frente de sus países.

 

Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999-2019

 

Lecturas recomendadas:

 

Pedro Olalla: “De senectute política: carta sin respuesta a Cicerón”.

ACANTILADO Nº 379

 

Safo: “Poemas y testimonios: nueva edición de Aurora Luque”.

ACANTILADO Nº 99

 

 

 

 

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