Nuestro siglo comenzó con un día de terror
Veinticinco años después del 11-S, aquellos cuatro aviones secuestrados no solo derribaron las Torres Gemelas y abrieron dos décadas de guerra: destruyeron la ilusión de seguridad de Occidente y anticiparon el mundo de fronteras discutidas, vigilancia masiva, desinformación, repliegue estadounidense y desconfianza democrática en el que todavía vivimos
![[Img #31127]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/1442_screenshot-2026-09-10-at-15-54-52-world-trade-center-terrorist-attack-2001-buscar-con-google.png)
Hay siglos que comienzan antes o después de la fecha que les asigna el calendario. El siglo XX no empezó verdaderamente el 1 de enero de 1901, sino en el verano de 1914, cuando el asesinato de un archiduque en Sarajevo puso en movimiento los ejércitos, los imperios y las pasiones políticas que acabarían devastando Europa. El siglo XXI, por su parte, comenzó hace 25 años a las 8.46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, hora de Nueva York, cuando el vuelo 11 de American Airlines se incrustó en la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, un segundo avión atravesó la Torre Sur ante las cámaras de televisión. Ya no podía hablarse de un accidente. En aquel instante, mientras millones de personas contemplábamos en directo una imagen que parecía extraída del cine de catástrofes, terminó el mundo que había nacido con la caída del Muro de Berlín y comenzó el nuestro, el que hoy conocemos.
Yo pertenecía entonces a una generación de periodistas que todavía trabajaba en Redacciones dominadas por el papel, el teléfono fijo, el fax, los teletipos y unos ordenadores que no habían convertido aún cada mesa en una ventana abierta al planeta. Internet existía, naturalmente, pero no ocupaba nuestra vida. No llevábamos una pantalla conectada permanentemente en el bolsillo; Facebook, YouTube, Twitter, WhatsApp y el iPhone no habían sido inventados. Las noticias llegaban con rapidez, pero aún conservaban un origen reconocible y atravesaban una cadena profesional antes de alcanzar al público. Aquella tarde española, seis horas por delante de Nueva York, las cadenas televisivas interrumpieron su programación y las Redacciones dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Durante unos minutos, con el café de la comida todavía en la mano, contemplamos una torre ardiendo sin comprender nada. Después vimos estrellarse al segundo Boeing en el edificio y comprendimos demasiado.
Conviene reconstruir los hechos para quienes nacieron entonces o para quienes han recibido el 11-S convertido en una abreviatura, un meme, una referencia cinematográfica o una sucesión de imágenes sin contexto. Diecinueve terroristas islamistas de Al Qaeda secuestraron cuatro vuelos comerciales que habían despegado de aeropuertos de la costa Este de Estados Unidos. Los aparatos realizaban rutas transcontinentales y llevaban una gran cantidad de combustible. A las 8.46.40, el vuelo 11 chocó contra la Torre Norte (413 metros de altura) de las Torres Gemelas. A las 9.03.11, el vuelo 175 impactó contra la Torre Sur (415 metros de altura). A las 9.37.46, el vuelo 77 golpeó el Pentágono, centro del poder militar norteamericano. En el cuarto avión, el vuelo 93, pasajeros y tripulantes, informados por teléfono de lo sucedido en Nueva York, se rebelaron contra los secuestradores. El aparato cayó a las 10.03 en un campo de Pensilvania antes de llegar al objetivo que los terroristas pretendían atacar, probablemente el Capitolio o la Casa Blanca. La Torre Sur se derrumbó a las 9.59; la Norte, a las 10.28. En menos de dos horas, 2.977 personas —sin contar a los diecinueve asesinos islamistas— habían sido asesinadas. Eran ciudadanos de más de noventa países, empleados de oficina, viajeros, policías, bomberos, personal militar, trabajadores de mantenimiento y personas que sencillamente pasaban por allí.
La sucesión exacta, reconstruida después por la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas contra Estados Unidos, conserva todavía una cualidad insoportable. El primer avión transformó una mañana despejada en una emergencia; el segundo transformó la emergencia en guerra; el tercero demostró que ni siquiera el corazón militar de la superpotencia estaba protegido; el cuarto dejó como herencia la primera resistencia organizada de sus víctimas. Los pasajeros del vuelo 93 comprendieron antes que muchos gobiernos que las reglas habían cambiado. Hasta entonces, la doctrina ante un secuestro aéreo aconsejaba no enfrentarse a los captores, esperar una negociación y confiar en que el avión aterrizara. Aquellos hombres acababan de convertir los aparatos, sus pasajeros y el combustible en misiles. Las normas del pasado ya no servían.
El último día del mundo antiguo
Recordar 2001 exige un esfuerzo mayor del que parece. España estaba gobernada por José María Aznar (Partido Popular) y vivía los últimos meses de la peseta; los billetes y monedas de euro no llegarían a nuestros bolsillos hasta enero de 2002. La banda terrorista ETA asesinaba un día sí y otro también y condicionaba la conversación pública, de modo que el terrorismo no era para un periodista español una abstracción remota. Sin embargo, aquello, lo que estaba sucediendo en Nueva York, era distinto en su escala, en su iconografía y en su ambición. Al Qaeda no pretendía instaurar un régimen socialista, forzar una negociación territorial ni golpear a un adversario local. Quería escenificar ante el mundo la vulnerabilidad de Estados Unidos, provocar una respuesta desmesurada, movilizar una identidad religiosa y arrastrar a todo Occidente a un conflicto prolongado.
Culturalmente habitábamos un territorio intermedio. El siglo XX se resistía a desaparecer y el XXI todavía no había adquirido su rostro. Los teléfonos Nokia parecían la cima de la comunicación móvil. Napster había enseñado a una generación que la música podía viajar gratuitamente por la Red, aunque acababa de cerrar su servicio por orden judicial. Google tenía tres años y aún no se había convertido en la infraestructura invisible de nuestro conocimiento. Wikipedia había nacido en enero. La televisión generalista reunía audiencias hoy inimaginables; en España, Gran Hermano había iniciado un año antes la transformación de la intimidad en espectáculo. Operación Triunfo no se estrenaría hasta octubre, cuando los escombros de Nueva York todavía ardían, pero terminaría convirtiéndose en el gran acontecimiento popular de la temporada. En los cines, Los otros, de Alejandro Amenábar, era uno de los grandes éxitos españoles; antes de terminar el año llegarían la primera película de Harry Potter y El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo. El público aún compraba discos compactos, alquilaba películas de vídeo, leía diarios impresos y aceptaba esperar al informativo televisivo para saber qué había ocurrido.
Ese era el contraste que las imágenes del 11-S hicieron brutal: mientras Occidente celebraba una incipiente globalización, la tecnología doméstica, la televisión de entretenimiento y el aparente final de los grandes conflictos ideológicos, una red islamista formada en las guerras de Afganistán utilizó las herramientas de la modernidad —aviación civil, comunicaciones globales, finanzas internacionales y televisión planetaria— para atacar el centro simbólico de Occidente. Las Torres Gemelas no eran solo edificios. Representaban el comercio mundial. El Pentágono representaba la fuerza militar. Y los atacantes entendieron que la cámara era también un arma: después del primer impacto, tuvieron diecisiete minutos para reunir a la humanidad delante de las pantallas y convertir el segundo golpe en un acto concebido para ser visto en directo.
Quienes estábamos en una Redacción reconocimos aquel día otra ruptura. Hasta entonces, la televisión mostraba con frecuencia las consecuencias de la historia; el 11-S hizo que la historia se desarrollara dentro de la televisión. Vimos personas arrojarse al vacío porque el fuego les había dejado sin alternativa. Vimos a policías y bomberos entrar en unas torres de las que miles intentaban escapar. Vimos caer los edificios y avanzar por Manhattan una nube de polvo que borraba el color de las calles. No fueron efectos especiales, aunque nuestra educación audiovisual nos empujara durante unos segundos a interpretarlos así. Había seres humanos dentro de cada plano.
El desafío islamista global no nació el 11 de septiembre. Al Qaeda había atacado antes las Torres Gemelas, las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania en 1998 y el destructor USS Cole en 2000; el yihadismo moderno poseía antecedentes intelectuales, políticos y militares mucho más antiguos. Pero el 11-S lo convirtió en el gran problema de seguridad internacional del nuevo siglo. También obligó a Occidente a distinguir —no siempre con precisión y no siempre con honestidad— entre el Islam como religión de más de mil millones de personas, el islamismo como el proyecto político expansivo y depredador del Islam y el yihadismo como estrategia revolucionaria y terrorista del Islam.
La guerra que siguió tuvo dos movimientos muy distintos. La intervención en Afganistán de octubre de 2001 respondió al refugio que el régimen talibán proporcionaba a Osama bin Laden y a Al Qaeda. La invasión de Irak de marzo de 2003 se justificó sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y sobre conexiones con el terrorismo que no demostraban una responsabilidad iraquí en el 11-S. La mezcla de ambos conflictos fue una de las decisiones más trascendentales de nuestro tiempo. Washington obtuvo victorias militares rápidas, pero convirtió la respuesta al mayor ataque sufrido en su territorio en una empresa estratégica abierta, costosa y, en Irak, gravemente erosionada por una justificación fallida.
Desde una Redacción española vimos cómo esa guerra exterior regresaba a casa. El 11 de marzo de 2004, diez bombas islamistas colocadas en trenes de cercanías de Madrid asesinaron a 193 personas y dejaron alrededor de dos mil heridos. Londres sufrió los atentados del 7 de julio de 2005. Más tarde llegarían París, Bruselas, Niza, Berlín, Manchester, Barcelona y tantos otros escenarios. La proclamación del califato del Estado Islámico en 2014 añadió una novedad aterradora: miles de jóvenes islamistas criados en países europeos viajaron a Siria e Irak, mientras la propaganda yihadista aprendía a reclutar, intimidar y retransmitir su crueldad mediante las redes sociales. La amenaza había pasado del santuario remoto a la célula local, y de la cinta de vídeo clandestina al algoritmo.
Pero el balance no puede escribirse únicamente como una secuencia de atentados. Las sociedades occidentales reforzaron su inteligencia, su cooperación policial y la seguridad de sus aeropuertos; numerosas operaciones fueron frustradas y Al Qaeda perdió la capacidad centralizada que poseía en 2001. Bin Laden fue localizado y abatido en Pakistán en 2011. Aun así, el fanatismo totalitario islamista sobrevivió a sus organizaciones, mutó y encontró territorios quebrados en los que reproducirse. Veinticinco años después, el islamismo radical no ha conquistado Occidente, pero sí ha alterado sus leyes, sus fronteras, sus costumbres de seguridad y una parte decisiva de su debate político. De hecho, a veces pienso que de todas las cosas que cambiaron aquel martes, la más cotidiana es la que menos se recuerda: el aeropuerto. Quien haya nacido en 2001 no ha conocido otro aeropuerto que el del cinturón en la bandeja, los líquidos en bolsitas, el arco que pita y el guardia que exige descalzarse. Antes del 11-S se podía acompañar a alguien hasta la puerta de embarque. Se podía llevar – yo lo hice- una navaja en el bolsillo. Se podía —yo lo hice— entrar en la cabina a saludar al piloto. Aquel mundo aeroportuario abierto se cerró en cuestión de semanas, y la industria que lo cerró es hoy una de las más grandes del planeta: vigilancia, escáneres, biometría, cámaras, bases de datos, empresas que no existían en 2001 y que hoy cotizan en bolsa. Vivimos en la economía del miedo y ya no la vemos, como no se ve el aire que respiramos.
Sería históricamente falso afirmar que el 11-S creó la inmigración masiva o las tensiones identitarias. Europa, entonces, ya recibía importantes flujos migratorios; sus necesidades demográficas y laborales, su pasado colonial, la globalización y las diferencias de renta empujaban en esa dirección. Sin embargo, los atentados añadieron a la discusión una dimensión de seguridad y pertenencia que desde entonces no ha desaparecido. Las preguntas dejaron de ser solo cuántas personas podían llegar, trabajar e integrarse. Pasaron a incluir qué valores compartía una sociedad, qué exigía la ciudadanía, cómo debía actuar el Estado ante comunidades cerradas y hasta dónde podía llegar la tolerancia con quienes rechazaban los principios fundamentales sobre los que se ha levantado Occidente.
Durante años, buena parte de la política europea intentó encerrar esas preguntas en un falso dilema: o se aceptaba sin reservas el multiculturalismo o se caía en la xenofobia. La realidad rompió ese esquema. Millones de inmigrantes se integraron pacíficamente y enriquecieron las sociedades de acogida; también surgieron guetos, inseguridad en la calle, redes de radicalización terrorista, conflictos culturales y fallos de integración que no podían borrarse acusando de prejuicio a quien los señalaba. Los atentados islamistas cometidos por ciudadanos musulmanes nacidos o educados en Europa demostraron que un pasaporte común no garantiza por sí solo una lealtad cívica compartida.
La gran crisis migratoria de 2015, provocada por la guerra siria y por otros desplazamientos procedentes de Asia y África, se produjo catorce años después del 11-S y tuvo causas propias. Sin embargo, cayó sobre un continente cuya percepción de la frontera ya había sido transformada por el terrorismo islamista. Desde entonces, la inmigración ha reordenado sistemas de partidos, ha impulsado fuerzas conservadoras y soberanistas, ha dividido a la izquierda entre universalismo y protección social, y a la derecha entre liberalismo económico, identidad nacional y seguridad. El debate sigue contaminado y errado por dos negaciones simétricas: la que automáticamente convierte a cualquier inmigrante en una amenaza y la que se niega a reconocer que el multiculturalismo vacuo, la falta de controles en las fronteras, la carencia de integración y el buenismo idiota de la socialdemocracia europea tienen consecuencias políticas graves y muy reales.
En septiembre de 2001, Estados Unidos era una potencia sin rival comparable. La Unión Soviética había desaparecido diez años antes; Rusia se encontraba debilitada; China crecía, pero todavía no disputaba abiertamente el liderazgo global; la Unión Europea se preparaba para poner en circulación su moneda común. La superioridad militar, tecnológica, financiera y cultural norteamericana parecía anunciar un largo momento unipolar. El 11-S no terminó de inmediato con esa hegemonía. Paradójicamente, mostró primero toda su amplitud: Washington obtuvo apoyo internacional, invocó por primera vez el artículo 5 de la OTAN y desplegó fuerzas a miles de kilómetros con una capacidad que ningún otro país poseía.
Pero los veinte años siguientes revelaron la diferencia entre destruir un ejército y construir un orden político. Estados Unidos podía conquistar Kabul o Bagdad, pero no podía transformar a voluntad Afganistán o Irak. Las guerras consumieron vidas, dinero, atención estratégica y legitimidad. Las imágenes de Abu Ghraib, las cárceles secretas, las entregas extraordinarias y la prisión de Guantánamo dañaron la autoridad moral con la que Washington había presentado su respuesta. La retirada caótica de Kabul en agosto de 2021, con los talibanes entrando de nuevo en la capital, cerró el círculo con una escena de impotencia que los adversarios de Estados Unidos explotaron de inmediato.
Mientras Washington combatía la guerra anterior, se estaba formando la siguiente. China ingresó en la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001, apenas tres meses después del 11-S, y aprovechó la globalización para convertirse en la gran potencia industrial, tecnológica y comercial capaz de desafiar a Estados Unidos. Rusia, bajo Vladímir Putin, reconstruyó parte de su poder, intervino en Georgia, ocupó Crimea y terminó lanzando su invasión a gran escala de Ucrania. Irán extendió su influencia regional. Turquía practicó una autonomía creciente. Las potencias medias aprendieron a negociar con varios centros de poder. El resultado no fue el «nuevo orden mundial» coherente que algunos habían anunciado, sino algo más inestable: el desgaste del orden dirigido por Estados Unidos y el surgimiento de una competencia multipolar sin reglas universalmente aceptadas.
El 11-S abrió así una paradoja geoestratégica. El ataque destinado a golpear la hegemonía estadounidense provocó inicialmente una formidable demostración de su poder, pero la reacción contribuyó después a acelerar su desgaste. No fue la única causa: el ascenso chino, la crisis financiera de 2008, la desindustrialización, el endeudamiento y las divisiones internas habrían operado de todos modos. Sin embargo, Afganistán e Irak absorbieron durante años la energía de la superpotencia y convencieron a muchos norteamericanos de que ejercer de policía mundial significaba pagar facturas enormes por resultados efímeros. El repliegue posterior no devolvió la estabilidad; dejó espacios que otros estaban dispuestos a ocupar.
El cambio más cotidiano fue quizá el menos espectacular. Como decía antes, después del 11-S aprendimos a quitarnos el cinturón y los zapatos en los aeropuertos, a aceptar controles más intrusivos, a ver barreras de hormigón delante de edificios públicos y soldados patrullando estaciones. Estados Unidos aprobó la Patriot Act en octubre de 2001 y amplió los instrumentos de vigilancia, investigación y acceso a datos. Otros países adoptaron medidas semejantes. Muchas eran comprensibles ante una amenaza desconocida y letal; algunas abrieron zonas de opacidad en las que el control democrático se debilitó.
En 2013, las revelaciones de Edward Snowden mostraron que la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense había construido capacidades de vigilancia masiva que alcanzaban comunicaciones y metadatos a una escala inimaginable para el ciudadano de 2001. El recorrido entre las Torres Gemelas y Snowden no fue recto ni inevitable, pero sí reconocible: el miedo legitimó herramientas excepcionales; la revolución digital multiplicó su potencia; el secreto impidió durante años discutir sus límites. Descubrimos que el precio de la seguridad podía pagarse no solo en impuestos o en soldados, sino también en privacidad y libertad.
Ese intercambio transformó la relación entre ciudadano y Estado. Las democracias prometieron protección a cambio de más capacidad de observación, pero no siempre pudieron ni quisieron cumplir la primera parte del contrato. Cada atentado posterior, cada terrorista ya conocido por los servicios de inteligencia, cada fallo de coordinación reabría la misma herida: si el Estado podía leer más, registrar más y vigilar más, ¿por qué continuaba llegando tarde? La pregunta alimentó una deslegitimación que después se extendería a otros terrenos.
El 11-S demostró que la sociedad abierta era vulnerable. Los terroristas islamistas habían vivido en Occidente, utilizado sus escuelas de vuelo, sus bancos, sus visados y sus libertades para preparar el ataque. La respuesta planteó un dilema que todavía no hemos resuelto: cómo defender una democracia sin convertirla en aquello que combate. El problema no residía únicamente en prevenir atentados. Consistía en conservar la legalidad, la libertad de expresión, la presunción de inocencia y los controles al poder en una época gobernada por la urgencia.
La deslegitimación de las democracias occidentales no nació aquel martes de 2001. Venía de más atrás y se agravaría con la crisis financiera de 2008, los rescates bancarios, la desigualdad, la corrupción, la pérdida de empleos industriales y la impresión demasiado real de que unas élites tirámicas y psicopáticas tomaban decisiones sin padecer sus consecuencias. Pero el 11-S introdujo una primera y devastadora prueba de incompetencia: el país con el aparato militar y de inteligencia más poderoso del planeta no había unido indicios que hoy parecen visibles, y su respuesta terminó apoyándose, en el caso de Irak, en premisas falsas.
La Comisión del 11-S describió fallos de imaginación, organización, política y capacidad. Esa idea —la incapacidad institucional para imaginar la amenaza— trascendió el terrorismo. Volvimos a encontrarla en la crisis financiera, en la pandemia, en el control de fronteras, en la dependencia energética y en las guerras que Europa creyó haber dejado atrás. Las instituciones son muy poderosas cuando regulan al ciudadano corriente y sorprendentemente torpes cuando se enfrentaban a riesgos sistémicos. De ahí nació una sospecha persistente: tal vez los Estados modernos eran más eficaces administrando la normalidad que protegiendo a su población frente a lo excepcional.
Las primeras horas posteriores a los atentados estuvieron marcadas por una solidaridad extraordinaria. Estados Unidos recibió el apoyo de aliados y rivales. En las calles de Nueva York, desconocidos ayudaron a desconocidos. Policías y bomberos se convirtieron en símbolos de sacrificio. Pero la unidad duró poco. La guerra de Irak dividió a Occidente; en España, las manifestaciones izquierdistas contra la intervención adquirieron una dimensión histórica. Después del 11-M, la gestión gubernamental de la información sobre la autoría se convirtió en el centro de una batalla política que demostró hasta qué punto terrorismo, comunicación y confianza pública habían quedado unidos.
Las guerras culturales tampoco nacieron el 11-S. Estados Unidos discutía desde hacía décadas sobre raza, aborto, religión, feminismo, educación y patriotismo. Europa tenía sus propias fracturas. Lo que cambió fue la intensidad con la que identidad, seguridad y moral se fundieron en una sola disputa. ¿Criticar el islamismo era defender la libertad o estigmatizar a una minoría? ¿Oponerse a una guerra era pacifismo, antiamericanismo o lucidez? ¿Reivindicar la nación era recuperar el vínculo cívico o excluir al diferente? ¿Controlar la frontera era una obligación estatal o una renuncia humanitaria? Cada cuestión se convirtió en una prueba de pertenencia.
Después llegaron las redes sociales y transformaron las diferencias en identidades permanentes. El adversario dejó de equivocarse: pasó a ser moralmente ilegítimo. El algoritmo descubrió que la indignación retiene más tiempo nuestra atención que la duda. Las viejas discusiones se convirtieron en campañas continuas, y el vocabulario de la guerra —enemigo, traidor, invasión, resistencia, victoria— colonizó debates sobre cultura, educación, sexo, memoria, clima o salud pública. El 11-S no inventó ese mecanismo, pero nos acostumbró a vivir bajo una lógica binaria: seguridad o libertad, patriota o enemigo, Occidente o islam, verdad oficial o conspiración.
Las noticias falsas son tan antiguas como la política y el periodismo. Tampoco nacieron entre los escombros del World Trade Center. Lo que nació entonces, o al menos alcanzó por primera vez una escala verdaderamente global, fue la conspiración nativa de Internet: un relato alternativo construido colectivamente, distribuido al margen de los medios tradicionales y capaz de convertir cada ausencia de información, cada error inicial y cada imagen ambigua en prueba de una trama total.
El terreno era fértil. La enormidad del acontecimiento terrorista parecía incompatible con la explicación de que diecinueve hombres hubieran explotado fallos acumulados del sistema. Para muchas personas resultaba psicológicamente más soportable imaginar un poder omnisciente y perverso que aceptar la vulnerabilidad, el azar y la incompetencia. Las falsedades sobre explosivos, misiles, aviones inexistentes o demoliciones controladas circularon en foros, correos electrónicos y vídeos. Loose Change, difundido desde 2005 y corregido en sucesivas versiones, se convirtió en uno de los primeros fenómenos documentales virales de la Red. La frase «inside job» ofrecía una explicación cerrada para un mundo que acababa de demostrar su caos.
También aquí las instituciones contribuyeron a su propio descrédito. La tardanza en ofrecer datos, las contradicciones inevitables de las primeras horas, el secretismo posterior, las mentiras o exageraciones sobre Irak y los abusos cometidos durante la guerra contra el terrorismo destruyeron una parte del capital de confianza necesario para refutar fantasías. Cuando un Gobierno ha faltado a la verdad en un asunto, muchas personas concluyen que miente en todos. Esa conclusión es lógicamente falsa, pero políticamente poderosa.
El ecosistema actual de las fake news se formó después, con la publicidad digital, las plataformas, los teléfonos inteligentes, la segmentación de audiencias y la capacidad de fabricar imágenes y voces. Sin embargo, el 11-S fue su ensayo general. Allí aparecieron los elementos que hoy reconocemos: desconfianza en la versión oficial, comunidades cerradas que se confirman a sí mismas, investigadores aficionados que confunden acumulación con prueba, fragmentos audiovisuales separados de su contexto y una industria que convierte la sospecha en audiencia y dinero. La conspiración dejó de transmitirse de arriba abajo; empezó a producirse en red.
Veinticinco años después, debo introducir una cautela. Ningún acontecimiento, ni siquiera uno de esta magnitud, explica por sí solo un cuarto de siglo. El ascenso de China no fue causado por Al Qaeda. La revolución digital habría transformado nuestras vidas sin las Torres Gemelas. La crisis financiera tuvo su propia genealogía. La inmigración, las guerras culturales, la erosión de los partidos tradicionales y la desinformación proceden de fuerzas anteriores y autónomas. Convertir el 11-S en explicación universal sería incurrir precisamente en la simplificación que este ensayo pretende combatir.
Su importancia fue otra. El 11-S actuó como detonador, acelerador y revelación. Detonó la guerra contra el terrorismo y la expansión de la vigilancia. Aceleró el desgaste del poder estadounidense, la discusión sobre las fronteras y el choque entre seguridad y libertad. Reveló la fragilidad de los Estados, la potencia política de las imágenes, el alcance de las redes transnacionales y la dificultad de las democracias para defenderse sin traicionar sus principios. Además, inauguró un clima moral: la sensación de que una catástrofe remota podía irrumpir de pronto en nuestra rutina y de que las instituciones que parecían controlarlo todo quizá no controlaban lo esencial.
Por eso afirmo que el siglo XXI comenzó aquel martes. Comenzó no porque todo lo posterior naciera de las cenizas de Manhattan, sino porque ese día vimos juntas muchas de las fuerzas que posteriormente definirían nuestra época: terrorismo global, comunicación instantánea, miedo sin fronteras, intervención militar, vigilancia tecnológica, crisis de autoridad, polarización identitaria y batalla por la verdad. El ataque fue analógico en sus instrumentos —cuchillas, cabinas sin blindar, teléfonos instalados en los aviones— y plenamente contemporáneo en su concepción: una operación local diseñada para producir un efecto planetario mediante las imágenes.
Quienes contemplamos el 11-S desde una Redacción española envejecimos con sus consecuencias. Informamos después de Afganistán, Irak, el 11-M, Londres, Charlie-Hebdo, el Estado Islámico, los refugiados sirios, Snowden, la retirada de Kabul, el ascenso chino y el regreso de la guerra a Europa. Vimos desaparecer los teletipos y llegar las redes; vimos cómo el lector se convertía en emisor, cómo la información perdía sus horarios y cómo la verdad comenzó a competir en igualdad técnica con la mentira. Aquella pantalla de televisión que reunió al mundo terminó multiplicándose en miles de millones de pantallas personales que ya no muestran a todos la misma realidad.
Para los jóvenes, las Torres Gemelas pertenecen a un pasado sin experiencia propia, como para mi generación pertenecían Pearl Harbor o la llegada del hombre a la Luna. Deben saber, sin embargo, que las personas que entraron aquella mañana en el World Trade Center no se sentían habitantes de la Historia. Iban a trabajar. Los pasajeros abrocharon sus cinturones, quizá hojeaban un periódico o pensaban en la reunión que les esperaba en Los Ángeles. Los bomberos que subieron por las escaleras no eran personajes de una película. Y los periodistas que mirábamos las pantallas no sabíamos todavía que estábamos contemplando la muerte de un mundo y el inicio de una época.
Al caer la noche, el perfil de Manhattan había cambiado y el cielo occidental se había llenado de aviones obligados a aterrizar. Sobre las ruinas quedaban incendios, desaparecidos y miles de familias esperando una llamada imposible. Pero también había caído algo menos visible: la convicción de que el progreso económico, la tecnología y la victoria de la democracia liberal nos habían puesto a salvo de la tragedia histórica. El 10 de septiembre de 2001 aún vivíamos, sin saberlo, en el largo epílogo del siglo XX. A la mañana siguiente despertamos en el XXI. Todavía seguimos padeciéndolo en todo su esplendor.
Veinticinco años después del 11-S, aquellos cuatro aviones secuestrados no solo derribaron las Torres Gemelas y abrieron dos décadas de guerra: destruyeron la ilusión de seguridad de Occidente y anticiparon el mundo de fronteras discutidas, vigilancia masiva, desinformación, repliegue estadounidense y desconfianza democrática en el que todavía vivimos
![[Img #31127]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/1442_screenshot-2026-09-10-at-15-54-52-world-trade-center-terrorist-attack-2001-buscar-con-google.png)
Hay siglos que comienzan antes o después de la fecha que les asigna el calendario. El siglo XX no empezó verdaderamente el 1 de enero de 1901, sino en el verano de 1914, cuando el asesinato de un archiduque en Sarajevo puso en movimiento los ejércitos, los imperios y las pasiones políticas que acabarían devastando Europa. El siglo XXI, por su parte, comenzó hace 25 años a las 8.46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, hora de Nueva York, cuando el vuelo 11 de American Airlines se incrustó en la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, un segundo avión atravesó la Torre Sur ante las cámaras de televisión. Ya no podía hablarse de un accidente. En aquel instante, mientras millones de personas contemplábamos en directo una imagen que parecía extraída del cine de catástrofes, terminó el mundo que había nacido con la caída del Muro de Berlín y comenzó el nuestro, el que hoy conocemos.
Yo pertenecía entonces a una generación de periodistas que todavía trabajaba en Redacciones dominadas por el papel, el teléfono fijo, el fax, los teletipos y unos ordenadores que no habían convertido aún cada mesa en una ventana abierta al planeta. Internet existía, naturalmente, pero no ocupaba nuestra vida. No llevábamos una pantalla conectada permanentemente en el bolsillo; Facebook, YouTube, Twitter, WhatsApp y el iPhone no habían sido inventados. Las noticias llegaban con rapidez, pero aún conservaban un origen reconocible y atravesaban una cadena profesional antes de alcanzar al público. Aquella tarde española, seis horas por delante de Nueva York, las cadenas televisivas interrumpieron su programación y las Redacciones dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Durante unos minutos, con el café de la comida todavía en la mano, contemplamos una torre ardiendo sin comprender nada. Después vimos estrellarse al segundo Boeing en el edificio y comprendimos demasiado.
Conviene reconstruir los hechos para quienes nacieron entonces o para quienes han recibido el 11-S convertido en una abreviatura, un meme, una referencia cinematográfica o una sucesión de imágenes sin contexto. Diecinueve terroristas islamistas de Al Qaeda secuestraron cuatro vuelos comerciales que habían despegado de aeropuertos de la costa Este de Estados Unidos. Los aparatos realizaban rutas transcontinentales y llevaban una gran cantidad de combustible. A las 8.46.40, el vuelo 11 chocó contra la Torre Norte (413 metros de altura) de las Torres Gemelas. A las 9.03.11, el vuelo 175 impactó contra la Torre Sur (415 metros de altura). A las 9.37.46, el vuelo 77 golpeó el Pentágono, centro del poder militar norteamericano. En el cuarto avión, el vuelo 93, pasajeros y tripulantes, informados por teléfono de lo sucedido en Nueva York, se rebelaron contra los secuestradores. El aparato cayó a las 10.03 en un campo de Pensilvania antes de llegar al objetivo que los terroristas pretendían atacar, probablemente el Capitolio o la Casa Blanca. La Torre Sur se derrumbó a las 9.59; la Norte, a las 10.28. En menos de dos horas, 2.977 personas —sin contar a los diecinueve asesinos islamistas— habían sido asesinadas. Eran ciudadanos de más de noventa países, empleados de oficina, viajeros, policías, bomberos, personal militar, trabajadores de mantenimiento y personas que sencillamente pasaban por allí.
La sucesión exacta, reconstruida después por la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas contra Estados Unidos, conserva todavía una cualidad insoportable. El primer avión transformó una mañana despejada en una emergencia; el segundo transformó la emergencia en guerra; el tercero demostró que ni siquiera el corazón militar de la superpotencia estaba protegido; el cuarto dejó como herencia la primera resistencia organizada de sus víctimas. Los pasajeros del vuelo 93 comprendieron antes que muchos gobiernos que las reglas habían cambiado. Hasta entonces, la doctrina ante un secuestro aéreo aconsejaba no enfrentarse a los captores, esperar una negociación y confiar en que el avión aterrizara. Aquellos hombres acababan de convertir los aparatos, sus pasajeros y el combustible en misiles. Las normas del pasado ya no servían.
El último día del mundo antiguo
Recordar 2001 exige un esfuerzo mayor del que parece. España estaba gobernada por José María Aznar (Partido Popular) y vivía los últimos meses de la peseta; los billetes y monedas de euro no llegarían a nuestros bolsillos hasta enero de 2002. La banda terrorista ETA asesinaba un día sí y otro también y condicionaba la conversación pública, de modo que el terrorismo no era para un periodista español una abstracción remota. Sin embargo, aquello, lo que estaba sucediendo en Nueva York, era distinto en su escala, en su iconografía y en su ambición. Al Qaeda no pretendía instaurar un régimen socialista, forzar una negociación territorial ni golpear a un adversario local. Quería escenificar ante el mundo la vulnerabilidad de Estados Unidos, provocar una respuesta desmesurada, movilizar una identidad religiosa y arrastrar a todo Occidente a un conflicto prolongado.
Culturalmente habitábamos un territorio intermedio. El siglo XX se resistía a desaparecer y el XXI todavía no había adquirido su rostro. Los teléfonos Nokia parecían la cima de la comunicación móvil. Napster había enseñado a una generación que la música podía viajar gratuitamente por la Red, aunque acababa de cerrar su servicio por orden judicial. Google tenía tres años y aún no se había convertido en la infraestructura invisible de nuestro conocimiento. Wikipedia había nacido en enero. La televisión generalista reunía audiencias hoy inimaginables; en España, Gran Hermano había iniciado un año antes la transformación de la intimidad en espectáculo. Operación Triunfo no se estrenaría hasta octubre, cuando los escombros de Nueva York todavía ardían, pero terminaría convirtiéndose en el gran acontecimiento popular de la temporada. En los cines, Los otros, de Alejandro Amenábar, era uno de los grandes éxitos españoles; antes de terminar el año llegarían la primera película de Harry Potter y El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo. El público aún compraba discos compactos, alquilaba películas de vídeo, leía diarios impresos y aceptaba esperar al informativo televisivo para saber qué había ocurrido.
Ese era el contraste que las imágenes del 11-S hicieron brutal: mientras Occidente celebraba una incipiente globalización, la tecnología doméstica, la televisión de entretenimiento y el aparente final de los grandes conflictos ideológicos, una red islamista formada en las guerras de Afganistán utilizó las herramientas de la modernidad —aviación civil, comunicaciones globales, finanzas internacionales y televisión planetaria— para atacar el centro simbólico de Occidente. Las Torres Gemelas no eran solo edificios. Representaban el comercio mundial. El Pentágono representaba la fuerza militar. Y los atacantes entendieron que la cámara era también un arma: después del primer impacto, tuvieron diecisiete minutos para reunir a la humanidad delante de las pantallas y convertir el segundo golpe en un acto concebido para ser visto en directo.
Quienes estábamos en una Redacción reconocimos aquel día otra ruptura. Hasta entonces, la televisión mostraba con frecuencia las consecuencias de la historia; el 11-S hizo que la historia se desarrollara dentro de la televisión. Vimos personas arrojarse al vacío porque el fuego les había dejado sin alternativa. Vimos a policías y bomberos entrar en unas torres de las que miles intentaban escapar. Vimos caer los edificios y avanzar por Manhattan una nube de polvo que borraba el color de las calles. No fueron efectos especiales, aunque nuestra educación audiovisual nos empujara durante unos segundos a interpretarlos así. Había seres humanos dentro de cada plano.
El desafío islamista global no nació el 11 de septiembre. Al Qaeda había atacado antes las Torres Gemelas, las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania en 1998 y el destructor USS Cole en 2000; el yihadismo moderno poseía antecedentes intelectuales, políticos y militares mucho más antiguos. Pero el 11-S lo convirtió en el gran problema de seguridad internacional del nuevo siglo. También obligó a Occidente a distinguir —no siempre con precisión y no siempre con honestidad— entre el Islam como religión de más de mil millones de personas, el islamismo como el proyecto político expansivo y depredador del Islam y el yihadismo como estrategia revolucionaria y terrorista del Islam.
La guerra que siguió tuvo dos movimientos muy distintos. La intervención en Afganistán de octubre de 2001 respondió al refugio que el régimen talibán proporcionaba a Osama bin Laden y a Al Qaeda. La invasión de Irak de marzo de 2003 se justificó sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y sobre conexiones con el terrorismo que no demostraban una responsabilidad iraquí en el 11-S. La mezcla de ambos conflictos fue una de las decisiones más trascendentales de nuestro tiempo. Washington obtuvo victorias militares rápidas, pero convirtió la respuesta al mayor ataque sufrido en su territorio en una empresa estratégica abierta, costosa y, en Irak, gravemente erosionada por una justificación fallida.
Desde una Redacción española vimos cómo esa guerra exterior regresaba a casa. El 11 de marzo de 2004, diez bombas islamistas colocadas en trenes de cercanías de Madrid asesinaron a 193 personas y dejaron alrededor de dos mil heridos. Londres sufrió los atentados del 7 de julio de 2005. Más tarde llegarían París, Bruselas, Niza, Berlín, Manchester, Barcelona y tantos otros escenarios. La proclamación del califato del Estado Islámico en 2014 añadió una novedad aterradora: miles de jóvenes islamistas criados en países europeos viajaron a Siria e Irak, mientras la propaganda yihadista aprendía a reclutar, intimidar y retransmitir su crueldad mediante las redes sociales. La amenaza había pasado del santuario remoto a la célula local, y de la cinta de vídeo clandestina al algoritmo.
Pero el balance no puede escribirse únicamente como una secuencia de atentados. Las sociedades occidentales reforzaron su inteligencia, su cooperación policial y la seguridad de sus aeropuertos; numerosas operaciones fueron frustradas y Al Qaeda perdió la capacidad centralizada que poseía en 2001. Bin Laden fue localizado y abatido en Pakistán en 2011. Aun así, el fanatismo totalitario islamista sobrevivió a sus organizaciones, mutó y encontró territorios quebrados en los que reproducirse. Veinticinco años después, el islamismo radical no ha conquistado Occidente, pero sí ha alterado sus leyes, sus fronteras, sus costumbres de seguridad y una parte decisiva de su debate político. De hecho, a veces pienso que de todas las cosas que cambiaron aquel martes, la más cotidiana es la que menos se recuerda: el aeropuerto. Quien haya nacido en 2001 no ha conocido otro aeropuerto que el del cinturón en la bandeja, los líquidos en bolsitas, el arco que pita y el guardia que exige descalzarse. Antes del 11-S se podía acompañar a alguien hasta la puerta de embarque. Se podía llevar – yo lo hice- una navaja en el bolsillo. Se podía —yo lo hice— entrar en la cabina a saludar al piloto. Aquel mundo aeroportuario abierto se cerró en cuestión de semanas, y la industria que lo cerró es hoy una de las más grandes del planeta: vigilancia, escáneres, biometría, cámaras, bases de datos, empresas que no existían en 2001 y que hoy cotizan en bolsa. Vivimos en la economía del miedo y ya no la vemos, como no se ve el aire que respiramos.
Sería históricamente falso afirmar que el 11-S creó la inmigración masiva o las tensiones identitarias. Europa, entonces, ya recibía importantes flujos migratorios; sus necesidades demográficas y laborales, su pasado colonial, la globalización y las diferencias de renta empujaban en esa dirección. Sin embargo, los atentados añadieron a la discusión una dimensión de seguridad y pertenencia que desde entonces no ha desaparecido. Las preguntas dejaron de ser solo cuántas personas podían llegar, trabajar e integrarse. Pasaron a incluir qué valores compartía una sociedad, qué exigía la ciudadanía, cómo debía actuar el Estado ante comunidades cerradas y hasta dónde podía llegar la tolerancia con quienes rechazaban los principios fundamentales sobre los que se ha levantado Occidente.
Durante años, buena parte de la política europea intentó encerrar esas preguntas en un falso dilema: o se aceptaba sin reservas el multiculturalismo o se caía en la xenofobia. La realidad rompió ese esquema. Millones de inmigrantes se integraron pacíficamente y enriquecieron las sociedades de acogida; también surgieron guetos, inseguridad en la calle, redes de radicalización terrorista, conflictos culturales y fallos de integración que no podían borrarse acusando de prejuicio a quien los señalaba. Los atentados islamistas cometidos por ciudadanos musulmanes nacidos o educados en Europa demostraron que un pasaporte común no garantiza por sí solo una lealtad cívica compartida.
La gran crisis migratoria de 2015, provocada por la guerra siria y por otros desplazamientos procedentes de Asia y África, se produjo catorce años después del 11-S y tuvo causas propias. Sin embargo, cayó sobre un continente cuya percepción de la frontera ya había sido transformada por el terrorismo islamista. Desde entonces, la inmigración ha reordenado sistemas de partidos, ha impulsado fuerzas conservadoras y soberanistas, ha dividido a la izquierda entre universalismo y protección social, y a la derecha entre liberalismo económico, identidad nacional y seguridad. El debate sigue contaminado y errado por dos negaciones simétricas: la que automáticamente convierte a cualquier inmigrante en una amenaza y la que se niega a reconocer que el multiculturalismo vacuo, la falta de controles en las fronteras, la carencia de integración y el buenismo idiota de la socialdemocracia europea tienen consecuencias políticas graves y muy reales.
En septiembre de 2001, Estados Unidos era una potencia sin rival comparable. La Unión Soviética había desaparecido diez años antes; Rusia se encontraba debilitada; China crecía, pero todavía no disputaba abiertamente el liderazgo global; la Unión Europea se preparaba para poner en circulación su moneda común. La superioridad militar, tecnológica, financiera y cultural norteamericana parecía anunciar un largo momento unipolar. El 11-S no terminó de inmediato con esa hegemonía. Paradójicamente, mostró primero toda su amplitud: Washington obtuvo apoyo internacional, invocó por primera vez el artículo 5 de la OTAN y desplegó fuerzas a miles de kilómetros con una capacidad que ningún otro país poseía.
Pero los veinte años siguientes revelaron la diferencia entre destruir un ejército y construir un orden político. Estados Unidos podía conquistar Kabul o Bagdad, pero no podía transformar a voluntad Afganistán o Irak. Las guerras consumieron vidas, dinero, atención estratégica y legitimidad. Las imágenes de Abu Ghraib, las cárceles secretas, las entregas extraordinarias y la prisión de Guantánamo dañaron la autoridad moral con la que Washington había presentado su respuesta. La retirada caótica de Kabul en agosto de 2021, con los talibanes entrando de nuevo en la capital, cerró el círculo con una escena de impotencia que los adversarios de Estados Unidos explotaron de inmediato.
Mientras Washington combatía la guerra anterior, se estaba formando la siguiente. China ingresó en la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001, apenas tres meses después del 11-S, y aprovechó la globalización para convertirse en la gran potencia industrial, tecnológica y comercial capaz de desafiar a Estados Unidos. Rusia, bajo Vladímir Putin, reconstruyó parte de su poder, intervino en Georgia, ocupó Crimea y terminó lanzando su invasión a gran escala de Ucrania. Irán extendió su influencia regional. Turquía practicó una autonomía creciente. Las potencias medias aprendieron a negociar con varios centros de poder. El resultado no fue el «nuevo orden mundial» coherente que algunos habían anunciado, sino algo más inestable: el desgaste del orden dirigido por Estados Unidos y el surgimiento de una competencia multipolar sin reglas universalmente aceptadas.
El 11-S abrió así una paradoja geoestratégica. El ataque destinado a golpear la hegemonía estadounidense provocó inicialmente una formidable demostración de su poder, pero la reacción contribuyó después a acelerar su desgaste. No fue la única causa: el ascenso chino, la crisis financiera de 2008, la desindustrialización, el endeudamiento y las divisiones internas habrían operado de todos modos. Sin embargo, Afganistán e Irak absorbieron durante años la energía de la superpotencia y convencieron a muchos norteamericanos de que ejercer de policía mundial significaba pagar facturas enormes por resultados efímeros. El repliegue posterior no devolvió la estabilidad; dejó espacios que otros estaban dispuestos a ocupar.
El cambio más cotidiano fue quizá el menos espectacular. Como decía antes, después del 11-S aprendimos a quitarnos el cinturón y los zapatos en los aeropuertos, a aceptar controles más intrusivos, a ver barreras de hormigón delante de edificios públicos y soldados patrullando estaciones. Estados Unidos aprobó la Patriot Act en octubre de 2001 y amplió los instrumentos de vigilancia, investigación y acceso a datos. Otros países adoptaron medidas semejantes. Muchas eran comprensibles ante una amenaza desconocida y letal; algunas abrieron zonas de opacidad en las que el control democrático se debilitó.
En 2013, las revelaciones de Edward Snowden mostraron que la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense había construido capacidades de vigilancia masiva que alcanzaban comunicaciones y metadatos a una escala inimaginable para el ciudadano de 2001. El recorrido entre las Torres Gemelas y Snowden no fue recto ni inevitable, pero sí reconocible: el miedo legitimó herramientas excepcionales; la revolución digital multiplicó su potencia; el secreto impidió durante años discutir sus límites. Descubrimos que el precio de la seguridad podía pagarse no solo en impuestos o en soldados, sino también en privacidad y libertad.
Ese intercambio transformó la relación entre ciudadano y Estado. Las democracias prometieron protección a cambio de más capacidad de observación, pero no siempre pudieron ni quisieron cumplir la primera parte del contrato. Cada atentado posterior, cada terrorista ya conocido por los servicios de inteligencia, cada fallo de coordinación reabría la misma herida: si el Estado podía leer más, registrar más y vigilar más, ¿por qué continuaba llegando tarde? La pregunta alimentó una deslegitimación que después se extendería a otros terrenos.
El 11-S demostró que la sociedad abierta era vulnerable. Los terroristas islamistas habían vivido en Occidente, utilizado sus escuelas de vuelo, sus bancos, sus visados y sus libertades para preparar el ataque. La respuesta planteó un dilema que todavía no hemos resuelto: cómo defender una democracia sin convertirla en aquello que combate. El problema no residía únicamente en prevenir atentados. Consistía en conservar la legalidad, la libertad de expresión, la presunción de inocencia y los controles al poder en una época gobernada por la urgencia.
La deslegitimación de las democracias occidentales no nació aquel martes de 2001. Venía de más atrás y se agravaría con la crisis financiera de 2008, los rescates bancarios, la desigualdad, la corrupción, la pérdida de empleos industriales y la impresión demasiado real de que unas élites tirámicas y psicopáticas tomaban decisiones sin padecer sus consecuencias. Pero el 11-S introdujo una primera y devastadora prueba de incompetencia: el país con el aparato militar y de inteligencia más poderoso del planeta no había unido indicios que hoy parecen visibles, y su respuesta terminó apoyándose, en el caso de Irak, en premisas falsas.
La Comisión del 11-S describió fallos de imaginación, organización, política y capacidad. Esa idea —la incapacidad institucional para imaginar la amenaza— trascendió el terrorismo. Volvimos a encontrarla en la crisis financiera, en la pandemia, en el control de fronteras, en la dependencia energética y en las guerras que Europa creyó haber dejado atrás. Las instituciones son muy poderosas cuando regulan al ciudadano corriente y sorprendentemente torpes cuando se enfrentaban a riesgos sistémicos. De ahí nació una sospecha persistente: tal vez los Estados modernos eran más eficaces administrando la normalidad que protegiendo a su población frente a lo excepcional.
Las primeras horas posteriores a los atentados estuvieron marcadas por una solidaridad extraordinaria. Estados Unidos recibió el apoyo de aliados y rivales. En las calles de Nueva York, desconocidos ayudaron a desconocidos. Policías y bomberos se convirtieron en símbolos de sacrificio. Pero la unidad duró poco. La guerra de Irak dividió a Occidente; en España, las manifestaciones izquierdistas contra la intervención adquirieron una dimensión histórica. Después del 11-M, la gestión gubernamental de la información sobre la autoría se convirtió en el centro de una batalla política que demostró hasta qué punto terrorismo, comunicación y confianza pública habían quedado unidos.
Las guerras culturales tampoco nacieron el 11-S. Estados Unidos discutía desde hacía décadas sobre raza, aborto, religión, feminismo, educación y patriotismo. Europa tenía sus propias fracturas. Lo que cambió fue la intensidad con la que identidad, seguridad y moral se fundieron en una sola disputa. ¿Criticar el islamismo era defender la libertad o estigmatizar a una minoría? ¿Oponerse a una guerra era pacifismo, antiamericanismo o lucidez? ¿Reivindicar la nación era recuperar el vínculo cívico o excluir al diferente? ¿Controlar la frontera era una obligación estatal o una renuncia humanitaria? Cada cuestión se convirtió en una prueba de pertenencia.
Después llegaron las redes sociales y transformaron las diferencias en identidades permanentes. El adversario dejó de equivocarse: pasó a ser moralmente ilegítimo. El algoritmo descubrió que la indignación retiene más tiempo nuestra atención que la duda. Las viejas discusiones se convirtieron en campañas continuas, y el vocabulario de la guerra —enemigo, traidor, invasión, resistencia, victoria— colonizó debates sobre cultura, educación, sexo, memoria, clima o salud pública. El 11-S no inventó ese mecanismo, pero nos acostumbró a vivir bajo una lógica binaria: seguridad o libertad, patriota o enemigo, Occidente o islam, verdad oficial o conspiración.
Las noticias falsas son tan antiguas como la política y el periodismo. Tampoco nacieron entre los escombros del World Trade Center. Lo que nació entonces, o al menos alcanzó por primera vez una escala verdaderamente global, fue la conspiración nativa de Internet: un relato alternativo construido colectivamente, distribuido al margen de los medios tradicionales y capaz de convertir cada ausencia de información, cada error inicial y cada imagen ambigua en prueba de una trama total.
El terreno era fértil. La enormidad del acontecimiento terrorista parecía incompatible con la explicación de que diecinueve hombres hubieran explotado fallos acumulados del sistema. Para muchas personas resultaba psicológicamente más soportable imaginar un poder omnisciente y perverso que aceptar la vulnerabilidad, el azar y la incompetencia. Las falsedades sobre explosivos, misiles, aviones inexistentes o demoliciones controladas circularon en foros, correos electrónicos y vídeos. Loose Change, difundido desde 2005 y corregido en sucesivas versiones, se convirtió en uno de los primeros fenómenos documentales virales de la Red. La frase «inside job» ofrecía una explicación cerrada para un mundo que acababa de demostrar su caos.
También aquí las instituciones contribuyeron a su propio descrédito. La tardanza en ofrecer datos, las contradicciones inevitables de las primeras horas, el secretismo posterior, las mentiras o exageraciones sobre Irak y los abusos cometidos durante la guerra contra el terrorismo destruyeron una parte del capital de confianza necesario para refutar fantasías. Cuando un Gobierno ha faltado a la verdad en un asunto, muchas personas concluyen que miente en todos. Esa conclusión es lógicamente falsa, pero políticamente poderosa.
El ecosistema actual de las fake news se formó después, con la publicidad digital, las plataformas, los teléfonos inteligentes, la segmentación de audiencias y la capacidad de fabricar imágenes y voces. Sin embargo, el 11-S fue su ensayo general. Allí aparecieron los elementos que hoy reconocemos: desconfianza en la versión oficial, comunidades cerradas que se confirman a sí mismas, investigadores aficionados que confunden acumulación con prueba, fragmentos audiovisuales separados de su contexto y una industria que convierte la sospecha en audiencia y dinero. La conspiración dejó de transmitirse de arriba abajo; empezó a producirse en red.
Veinticinco años después, debo introducir una cautela. Ningún acontecimiento, ni siquiera uno de esta magnitud, explica por sí solo un cuarto de siglo. El ascenso de China no fue causado por Al Qaeda. La revolución digital habría transformado nuestras vidas sin las Torres Gemelas. La crisis financiera tuvo su propia genealogía. La inmigración, las guerras culturales, la erosión de los partidos tradicionales y la desinformación proceden de fuerzas anteriores y autónomas. Convertir el 11-S en explicación universal sería incurrir precisamente en la simplificación que este ensayo pretende combatir.
Su importancia fue otra. El 11-S actuó como detonador, acelerador y revelación. Detonó la guerra contra el terrorismo y la expansión de la vigilancia. Aceleró el desgaste del poder estadounidense, la discusión sobre las fronteras y el choque entre seguridad y libertad. Reveló la fragilidad de los Estados, la potencia política de las imágenes, el alcance de las redes transnacionales y la dificultad de las democracias para defenderse sin traicionar sus principios. Además, inauguró un clima moral: la sensación de que una catástrofe remota podía irrumpir de pronto en nuestra rutina y de que las instituciones que parecían controlarlo todo quizá no controlaban lo esencial.
Por eso afirmo que el siglo XXI comenzó aquel martes. Comenzó no porque todo lo posterior naciera de las cenizas de Manhattan, sino porque ese día vimos juntas muchas de las fuerzas que posteriormente definirían nuestra época: terrorismo global, comunicación instantánea, miedo sin fronteras, intervención militar, vigilancia tecnológica, crisis de autoridad, polarización identitaria y batalla por la verdad. El ataque fue analógico en sus instrumentos —cuchillas, cabinas sin blindar, teléfonos instalados en los aviones— y plenamente contemporáneo en su concepción: una operación local diseñada para producir un efecto planetario mediante las imágenes.
Quienes contemplamos el 11-S desde una Redacción española envejecimos con sus consecuencias. Informamos después de Afganistán, Irak, el 11-M, Londres, Charlie-Hebdo, el Estado Islámico, los refugiados sirios, Snowden, la retirada de Kabul, el ascenso chino y el regreso de la guerra a Europa. Vimos desaparecer los teletipos y llegar las redes; vimos cómo el lector se convertía en emisor, cómo la información perdía sus horarios y cómo la verdad comenzó a competir en igualdad técnica con la mentira. Aquella pantalla de televisión que reunió al mundo terminó multiplicándose en miles de millones de pantallas personales que ya no muestran a todos la misma realidad.
Para los jóvenes, las Torres Gemelas pertenecen a un pasado sin experiencia propia, como para mi generación pertenecían Pearl Harbor o la llegada del hombre a la Luna. Deben saber, sin embargo, que las personas que entraron aquella mañana en el World Trade Center no se sentían habitantes de la Historia. Iban a trabajar. Los pasajeros abrocharon sus cinturones, quizá hojeaban un periódico o pensaban en la reunión que les esperaba en Los Ángeles. Los bomberos que subieron por las escaleras no eran personajes de una película. Y los periodistas que mirábamos las pantallas no sabíamos todavía que estábamos contemplando la muerte de un mundo y el inicio de una época.
Al caer la noche, el perfil de Manhattan había cambiado y el cielo occidental se había llenado de aviones obligados a aterrizar. Sobre las ruinas quedaban incendios, desaparecidos y miles de familias esperando una llamada imposible. Pero también había caído algo menos visible: la convicción de que el progreso económico, la tecnología y la victoria de la democracia liberal nos habían puesto a salvo de la tragedia histórica. El 10 de septiembre de 2001 aún vivíamos, sin saberlo, en el largo epílogo del siglo XX. A la mañana siguiente despertamos en el XXI. Todavía seguimos padeciéndolo en todo su esplendor.



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