‘Fauda’: cuando la ficción se niega a apartar la mirada del terror
La quinta temporada de la serie israelí demuestra que el cine y la televisión pueden convertirse en instrumentos decisivos para mostrar la verdadera naturaleza del terrorismo islamista y devolver a las víctimas el lugar que nunca debieron perder
![[Img #31142]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/2986_screenshot-2026-09-14-at-16-31-27-fauda-5-season-buscar-con-google.png)
Durante demasiado tiempo, una parte de la cultura occidental ha confundido la complejidad con la equidistancia, el análisis con la justificación y la prudencia con el silencio. Cuando el terrorismo islamista asesina, secuestra, viola o tortura, en Occidente inmediatamente aparece una gigantesca maquinaria política, cultural, académica y mediática dispuesta a envolver los hechos en una niebla de antecedentes, prersuntos agravios, justificaciones y explicaciones. Tal y como ocurrió en el País Vasco del terrorismo etarra, el crimen apenas ha terminado de cometerse y ya se reclama comprender al verdugo. Las víctimas, entretanto, despojadas de todo significado y dignidad, son reducidas a cifras provisionales, a una fotografía incómoda o a un obstáculo narrativo que debe retirarse cuanto antes para poder regresar al debate ideológico.
La quinta temporada de la serie israelí Fauda rompe radicalmente con esa perversión moral. Los episodios dedicados a los atentados terroristas del 7 de octubre de 2023 no pretenden situarse a una distancia confortable de lo sucedido. No buscan tranquilizar al espectador ni ofrecerle una coartada con la que salir indemne de la contemplación del horror. Hacen algo mucho más sencillo y, en estos tiempos, mucho más valiente: se colocan junto a las víctimas y reconstruyen el ataque desde el lugar de quienes lo padecieron.
Esto no debería resultar extraordinario. Y, sin embargo, lo es.
La producción de israelí, de la mano de Netflix, ha conseguido que espectadores de Alemania, los Países Bajos, Italia, Brasil, la India o el Reino Unido descubran, quizá por primera vez en toda su crudeza, qué ocurrió durante aquella jornada. Muchos habían visto las imágenes reales, leído los titulares y escuchado las cifras. Pero no habían comprendido. La repetición informativa había terminado por convertir la matanza en un ruido de fondo, mientras la batalla propagandística posterior, alimentada por una gran mayoría de los medios de comunicación occidentales, desplazaba progresivamente del centro de la historia a quienes fueron asesinados, heridos o secuestrados.
La ficción posee una capacidad que con frecuencia pierde la información cotidiana: puede devolver rostro, tiempo y continuidad al sufrimiento. Una noticia muestra durante unos segundos una casa incendiada; una narración permite acompañar a la familia que se encuentra atrapada dentro. Un informativo comunica el número de muertos; una serie reconstruye la espera, la incertidumbre, el miedo y la indefensión que precedieron a cada muerte. La estadística cuantifica la tragedia. La ficción, cuando está realizada con honestidad, bravura y sinceridad, devuelve a esa tragedia su dimensión humana.
Eso es lo que ha hecho Fauda. No ha inventado una amenaza hipotética ni ha exagerado un peligro remoto. Ha utilizado los recursos de la dramatización para aproximarse a unos acontecimientos reales, documentados en buena medida por sus propios autores. Los responsables de los ataques difundieron grabaciones de sus acciones porque consideraban que aquella violencia debía ser exhibida como una victoria. La serie ha arrebatado esas imágenes a la propaganda terrorista y las ha situado en otro marco: no el de la celebración del verdugo, sino el de la experiencia de las víctimas.
Conviene subrayarlo y decirlo muy alto porque no estamos únicamente ante una decisión artística. También estamos ante una toma de posición moral.
El terrorismo islamista no es una abstracción, una etiqueta fabricada por Occidente ni una consecuencia inevitable de la pobreza. Es un proyecto político y religioso extremista que legitima la violencia indiscriminada, glorifica la muerte, deshumaniza al adversario y convierte a la población civil en un objetivo deliberado. Sus víctimas han sido judíos, cristianos, musulmanes, yazidíes, hindúes, periodistas, bebés, profesores, policías, niños que acudían a una escuela y jóvenes que asistían a un concierto. Desde Nueva York hasta Madrid; desde París hasta Bombay; desde Londres hasta Bagdad, Kabul, Niza o Jerusalén, su huella está escrita con los nombres de miles de inocentes silenciados por la cultura socialdemócrata occidental.
Denunciar esta realidad no implica responsabilizar de la brutalidad a todos los musulmanes ni negar las injusticias que puedan existir en Oriente Próximo. Significa identificar con precisión una ideología totalitaria y juzgarla por sus actos. Significa rechazar la trampa intelectual según la cual reconocer la naturaleza islamista de una organización terrorista equivale a atacar una religión entera. Nadie aplicaría semejante razonamiento a otras formas de extremismo. Nombrar al terrorismo no es sembrar odio. Es el primer requisito para comprenderlo y combatirlo.
Sin embargo, una parte de la industria cultural occidental se ha mostrado mucho más dispuesta a examinar las presuntas culpas de la democracia israelí que a representar sin atenuantes la crueldad de quienes desean destruirla. El terrorista ha sido transformado con frecuencia en una víctima de las circunstancias; el fanático, en un rebelde heroico e incomprendido; el asesinado, en una consecuencia impersonal del “contexto”. Bajo la apariencia de sofisticación intelectual se ha extendido una mirada profundamente reaccionaria: aquella que niega responsabilidad moral al criminal y termina abandonando a quien sufrió sus actos.
Fauda rechaza de raíz esa impostura aberrante. Sus nuevos episodios no piden permiso para mostrar el dolor israelí. Tampoco aceptan la exigencia, impuesta casi exclusivamente a determinadas víctimas, de justificar primero su existencia para obtener después el derecho a ser lloradas. Los asesinados del 7 de octubre no murieron como representantes de una política gubernamental ni como piezas de un conflicto geopolítico. Fueron asesinados por ser judíos y como seres humanos concretos que se encontraban en sus casas, en sus comunidades o en una celebración musical.
La serie acierta también al no convertir la ficción en una tribuna académica. Una obra dramática no está obligada a condensar en cada capítulo toda la historia de Oriente Próximo, del mismo modo que una película sobre los atentados del 11 de septiembre no necesita reconstruir previamente un siglo de relaciones entre Estados Unidos y el mundo islámico. Pedir a una narración sobre las víctimas israelíes que equilibre cada una de sus escenas con una representación equivalente del sufrimiento palestino no es una exigencia artística. Es una forma de vigilancia ideológica.
Por supuesto, el posible sufrimiento de los civiles palestinos merece ser contado. Y de eso ya se encargan hasta la extenuación los grandes medios de comunicación occidentales. También merecen ser investigadas las decisiones del Gobierno israelí y las consecuencias de sus operaciones militares. Pero ninguna de esas obligaciones anula el derecho a narrar el 7 de octubre desde la perspectiva de quienes lo padecieron. La memoria no funciona mediante un sistema de compensaciones. Reconocer a unas víctimas no exige silenciar a otras, y denunciar a Hamás no obliga a aprobar todas las actuaciones de Israel.
La fuerza de Fauda procede, además, de la proximidad de sus propios creadores con la tragedia. Idan Amedi resultó gravemente herido durante la guerra. Matan Meir, integrante del equipo de producción, murió en combate. Actores, guionistas y técnicos trabajaron sobre unos acontecimientos que habían golpeado a sus familias, a sus amigos y a su país. La quinta temporada no es, por tanto, una explotación oportunista del dolor ajeno. Es también el intento de una sociedad herida por comprender lo sucedido y convertir la memoria traumática en una obra capaz de atravesar sus propias fronteras.
La extraordinaria reacción internacional provocada por los episodios séptimo y octavo confirma que la ficción todavía puede abrir una brecha en el muro de la propaganda. Quienes escriben que no pudieron dormir, que apenas consiguieron mantener los ojos abiertos o que desconocían la dimensión del ataque no están respondiendo solamente a la impresioante eficacia de un guion perfecto. Están descubriendo el abismo existente entre la realidad del terrorismo y la versión progresivamente desinfectada que recibieron de ella.
En esa constatación reside el mérito principal de la serie. Fauda obliga a mirar. Y no deja mirar hacia otro lado. Obliga a permanecer al lado de los perseguidos cuando lo más cómodo sería cambiar de canal, refugiarse en una abstracción política o diluir el crimen dentro de una sucesión interminable de agravios históricos. Y recuerda una verdad elemental que nuestra época parece empeñada en complicar: entre quien entra en una casa para asesinar a una familia y quien intenta sobrevivir dentro de ella no existe una posición moral intermedia.
El arte no tiene la obligación de ser neutral ante el crimen. Puede denunciar, señalar, recordar y tomar partido. De hecho, algunas de sus obras más necesarias han nacido precisamente de esa negativa a guardar una distancia aséptica frente a la barbarie. Cuando la cultura permanece junto a las víctimas, no se convierte en propaganda. Recupera una de sus funciones esenciales.
Eso es lo que ha hecho Fauda. Frente al ruido, ha ofrecido memoria. Frente a la relativización de la atrocidad, hechos. Frente a la deshumanización, rostros. Y frente al terrorismo islamista, una ficción que ha decidido no esconder a sus muertos ni pedir disculpas por llorarlos.
La quinta temporada de la serie israelí demuestra que el cine y la televisión pueden convertirse en instrumentos decisivos para mostrar la verdadera naturaleza del terrorismo islamista y devolver a las víctimas el lugar que nunca debieron perder
![[Img #31142]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/2986_screenshot-2026-09-14-at-16-31-27-fauda-5-season-buscar-con-google.png)
Durante demasiado tiempo, una parte de la cultura occidental ha confundido la complejidad con la equidistancia, el análisis con la justificación y la prudencia con el silencio. Cuando el terrorismo islamista asesina, secuestra, viola o tortura, en Occidente inmediatamente aparece una gigantesca maquinaria política, cultural, académica y mediática dispuesta a envolver los hechos en una niebla de antecedentes, prersuntos agravios, justificaciones y explicaciones. Tal y como ocurrió en el País Vasco del terrorismo etarra, el crimen apenas ha terminado de cometerse y ya se reclama comprender al verdugo. Las víctimas, entretanto, despojadas de todo significado y dignidad, son reducidas a cifras provisionales, a una fotografía incómoda o a un obstáculo narrativo que debe retirarse cuanto antes para poder regresar al debate ideológico.
La quinta temporada de la serie israelí Fauda rompe radicalmente con esa perversión moral. Los episodios dedicados a los atentados terroristas del 7 de octubre de 2023 no pretenden situarse a una distancia confortable de lo sucedido. No buscan tranquilizar al espectador ni ofrecerle una coartada con la que salir indemne de la contemplación del horror. Hacen algo mucho más sencillo y, en estos tiempos, mucho más valiente: se colocan junto a las víctimas y reconstruyen el ataque desde el lugar de quienes lo padecieron.
Esto no debería resultar extraordinario. Y, sin embargo, lo es.
La producción de israelí, de la mano de Netflix, ha conseguido que espectadores de Alemania, los Países Bajos, Italia, Brasil, la India o el Reino Unido descubran, quizá por primera vez en toda su crudeza, qué ocurrió durante aquella jornada. Muchos habían visto las imágenes reales, leído los titulares y escuchado las cifras. Pero no habían comprendido. La repetición informativa había terminado por convertir la matanza en un ruido de fondo, mientras la batalla propagandística posterior, alimentada por una gran mayoría de los medios de comunicación occidentales, desplazaba progresivamente del centro de la historia a quienes fueron asesinados, heridos o secuestrados.
La ficción posee una capacidad que con frecuencia pierde la información cotidiana: puede devolver rostro, tiempo y continuidad al sufrimiento. Una noticia muestra durante unos segundos una casa incendiada; una narración permite acompañar a la familia que se encuentra atrapada dentro. Un informativo comunica el número de muertos; una serie reconstruye la espera, la incertidumbre, el miedo y la indefensión que precedieron a cada muerte. La estadística cuantifica la tragedia. La ficción, cuando está realizada con honestidad, bravura y sinceridad, devuelve a esa tragedia su dimensión humana.
Eso es lo que ha hecho Fauda. No ha inventado una amenaza hipotética ni ha exagerado un peligro remoto. Ha utilizado los recursos de la dramatización para aproximarse a unos acontecimientos reales, documentados en buena medida por sus propios autores. Los responsables de los ataques difundieron grabaciones de sus acciones porque consideraban que aquella violencia debía ser exhibida como una victoria. La serie ha arrebatado esas imágenes a la propaganda terrorista y las ha situado en otro marco: no el de la celebración del verdugo, sino el de la experiencia de las víctimas.
Conviene subrayarlo y decirlo muy alto porque no estamos únicamente ante una decisión artística. También estamos ante una toma de posición moral.
El terrorismo islamista no es una abstracción, una etiqueta fabricada por Occidente ni una consecuencia inevitable de la pobreza. Es un proyecto político y religioso extremista que legitima la violencia indiscriminada, glorifica la muerte, deshumaniza al adversario y convierte a la población civil en un objetivo deliberado. Sus víctimas han sido judíos, cristianos, musulmanes, yazidíes, hindúes, periodistas, bebés, profesores, policías, niños que acudían a una escuela y jóvenes que asistían a un concierto. Desde Nueva York hasta Madrid; desde París hasta Bombay; desde Londres hasta Bagdad, Kabul, Niza o Jerusalén, su huella está escrita con los nombres de miles de inocentes silenciados por la cultura socialdemócrata occidental.
Denunciar esta realidad no implica responsabilizar de la brutalidad a todos los musulmanes ni negar las injusticias que puedan existir en Oriente Próximo. Significa identificar con precisión una ideología totalitaria y juzgarla por sus actos. Significa rechazar la trampa intelectual según la cual reconocer la naturaleza islamista de una organización terrorista equivale a atacar una religión entera. Nadie aplicaría semejante razonamiento a otras formas de extremismo. Nombrar al terrorismo no es sembrar odio. Es el primer requisito para comprenderlo y combatirlo.
Sin embargo, una parte de la industria cultural occidental se ha mostrado mucho más dispuesta a examinar las presuntas culpas de la democracia israelí que a representar sin atenuantes la crueldad de quienes desean destruirla. El terrorista ha sido transformado con frecuencia en una víctima de las circunstancias; el fanático, en un rebelde heroico e incomprendido; el asesinado, en una consecuencia impersonal del “contexto”. Bajo la apariencia de sofisticación intelectual se ha extendido una mirada profundamente reaccionaria: aquella que niega responsabilidad moral al criminal y termina abandonando a quien sufrió sus actos.
Fauda rechaza de raíz esa impostura aberrante. Sus nuevos episodios no piden permiso para mostrar el dolor israelí. Tampoco aceptan la exigencia, impuesta casi exclusivamente a determinadas víctimas, de justificar primero su existencia para obtener después el derecho a ser lloradas. Los asesinados del 7 de octubre no murieron como representantes de una política gubernamental ni como piezas de un conflicto geopolítico. Fueron asesinados por ser judíos y como seres humanos concretos que se encontraban en sus casas, en sus comunidades o en una celebración musical.
La serie acierta también al no convertir la ficción en una tribuna académica. Una obra dramática no está obligada a condensar en cada capítulo toda la historia de Oriente Próximo, del mismo modo que una película sobre los atentados del 11 de septiembre no necesita reconstruir previamente un siglo de relaciones entre Estados Unidos y el mundo islámico. Pedir a una narración sobre las víctimas israelíes que equilibre cada una de sus escenas con una representación equivalente del sufrimiento palestino no es una exigencia artística. Es una forma de vigilancia ideológica.
Por supuesto, el posible sufrimiento de los civiles palestinos merece ser contado. Y de eso ya se encargan hasta la extenuación los grandes medios de comunicación occidentales. También merecen ser investigadas las decisiones del Gobierno israelí y las consecuencias de sus operaciones militares. Pero ninguna de esas obligaciones anula el derecho a narrar el 7 de octubre desde la perspectiva de quienes lo padecieron. La memoria no funciona mediante un sistema de compensaciones. Reconocer a unas víctimas no exige silenciar a otras, y denunciar a Hamás no obliga a aprobar todas las actuaciones de Israel.
La fuerza de Fauda procede, además, de la proximidad de sus propios creadores con la tragedia. Idan Amedi resultó gravemente herido durante la guerra. Matan Meir, integrante del equipo de producción, murió en combate. Actores, guionistas y técnicos trabajaron sobre unos acontecimientos que habían golpeado a sus familias, a sus amigos y a su país. La quinta temporada no es, por tanto, una explotación oportunista del dolor ajeno. Es también el intento de una sociedad herida por comprender lo sucedido y convertir la memoria traumática en una obra capaz de atravesar sus propias fronteras.
La extraordinaria reacción internacional provocada por los episodios séptimo y octavo confirma que la ficción todavía puede abrir una brecha en el muro de la propaganda. Quienes escriben que no pudieron dormir, que apenas consiguieron mantener los ojos abiertos o que desconocían la dimensión del ataque no están respondiendo solamente a la impresioante eficacia de un guion perfecto. Están descubriendo el abismo existente entre la realidad del terrorismo y la versión progresivamente desinfectada que recibieron de ella.
En esa constatación reside el mérito principal de la serie. Fauda obliga a mirar. Y no deja mirar hacia otro lado. Obliga a permanecer al lado de los perseguidos cuando lo más cómodo sería cambiar de canal, refugiarse en una abstracción política o diluir el crimen dentro de una sucesión interminable de agravios históricos. Y recuerda una verdad elemental que nuestra época parece empeñada en complicar: entre quien entra en una casa para asesinar a una familia y quien intenta sobrevivir dentro de ella no existe una posición moral intermedia.
El arte no tiene la obligación de ser neutral ante el crimen. Puede denunciar, señalar, recordar y tomar partido. De hecho, algunas de sus obras más necesarias han nacido precisamente de esa negativa a guardar una distancia aséptica frente a la barbarie. Cuando la cultura permanece junto a las víctimas, no se convierte en propaganda. Recupera una de sus funciones esenciales.
Eso es lo que ha hecho Fauda. Frente al ruido, ha ofrecido memoria. Frente a la relativización de la atrocidad, hechos. Frente a la deshumanización, rostros. Y frente al terrorismo islamista, una ficción que ha decidido no esconder a sus muertos ni pedir disculpas por llorarlos.



















