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Martes, 15 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

¿Por qué los adultos coleccionan juguetes?

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Hasta hace muy poco, cumplir cierta edad implicaba guardar los juguetes en una caja. Hoy basta con entrar en muchas casas para descubrir una realidad diferente. Coches a escala, LEGO, figuras y coleccionables de Funko, muñecas, robots, los cómics o los videojuegos ocupan estanterías que pertenecen a adultos, no a niños.

 

Detrás de esas estanterías puede haber nostalgia, desde luego, pero también identidad, conocimiento, pertenencia a una comunidad y algo tan sencillo como el placer de encontrar la pieza que faltaba.

 

Mucho más que nostalgia

 

La propia psicología ha cambiado considerablemente su forma de entender la nostalgia. En otros momentos llegó a tratarse como una enfermedad o a relacionarse principalmente con el malestar psicológico. La investigación contemporánea ofrece una imagen muy diferente.

 

Un amplio metaanálisis publicado en 2026 en el Journal of Experimental Social Psychology, basado en 347 experimentos sobre sus posibles beneficios, encontró que la nostalgia puede desempeñar funciones relacionadas con la conexión social, el sentido que damos a nuestra vida y el bienestar, entre otras. No consiste simplemente en pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor.

 

En el coleccionismo, esa conexión con el pasado aparece de forma especialmente clara. Un estudio sobre una comunidad de coleccionistas de juguetes vintage analizó más de 40.000 comentarios de 9.028 usuarios y observó que la nostalgia podía intervenir tanto en el comienzo de una colección como en su evolución posterior.

 

Tiene sentido. Recuperar un juguete que tuvimos de pequeños, o conseguir por fin aquel que nunca pudimos tener, no equivale simplemente a adquirir un objeto. También permite recuperar parte de la historia asociada a él.

 

Algo parecido aparecía recientemente en estas mismas páginas al recordar a Katsushi Murakami y el impacto de Mazinger Z en toda una generación. Los juguetes, cromos, álbumes y tebeos asociados a aquellas tardes frente al televisor terminaron formando parte del recuerdo tanto como el propio personaje.

 

Cuando hasta el pasado reciente produce nostalgia

 

Internet ha introducido además una peculiaridad que habría resultado difícil de imaginar para generaciones anteriores: nunca hemos tenido el pasado tan disponible.

 

Una canción que no escuchamos desde el instituto, la cabecera de una serie, un anuncio televisivo o las imágenes de un videojuego pueden reaparecer en segundos. Ya no dependemos únicamente del recuerdo. Podemos regresar constantemente a aquello que lo activa.

 

Esa facilidad podría estar modificando incluso la distancia temporal que asociamos con la nostalgia.

 

Un estudio publicado en Applied Cognitive Psychology analizó 37.217 comentarios escritos en vídeos de YouTube dedicados a canciones populares desde los años cincuenta hasta la década de 2010. Los investigadores encontraron una mayor proporción de expresiones nostálgicas en los vídeos correspondientes a los años 2000 y 2010 que en aquellos dedicados a varias décadas mucho más lejanas.

 

Los autores señalan precisamente el papel de las redes sociales y del acceso inmediato a contenidos del pasado. Dicho de otra manera, quizá ya no necesitemos esperar treinta o cuarenta años para empezar a sentir que algo pertenece a “otra época”.

 

Para el coleccionismo esto resulta especialmente interesante. Una figura no tiene por qué recuperar únicamente un recuerdo de infancia remoto. También puede representar una película vista hace diez años, una etapa concreta jugando a un videojuego o una serie relativamente reciente que ya asociamos con otro momento de nuestra vida.

 

También podemos añorar una época que nunca vivimos

 

La nostalgia tiene otra particularidad todavía más sorprendente: ni siquiera necesitamos haber vivido personalmente el pasado que nos atrae.

 

Los investigadores utilizan conceptos como “nostalgia histórica” para describir la conexión emocional con épocas anteriores a nuestra propia experiencia.

 

Una investigación publicada en 2026 en el Journal of Consumer Marketing estudió este fenómeno mediante entrevistas con jóvenes de entre 18 y 24 años. Sus resultados mostraron cómo los medios, la estética y determinadas representaciones idealizadas del pasado podían contribuir a generar vínculos con periodos que los participantes nunca habían vivido.

 

El estudio es cualitativo y se realizó únicamente con 20 participantes, por lo que no permite convertir esa observación en una regla aplicable a toda una generación. Pero el fenómeno ayuda a comprender algo que vemos constantemente en la cultura popular.

 

Alguien nacido en el siglo XXI puede sentir fascinación por una consola de los años ochenta, un personaje televisivo de los setenta o la estética de una película que se estrenó mucho antes de que naciera. La memoria, en esos casos, ya no es estrictamente personal. El cine, la televisión, la música, los relatos familiares y ahora las redes sociales permiten adoptar también partes del pasado cultural de otros.

 

Una colección también cuenta quiénes somos

 

Ahí es donde el coleccionismo deja de ser únicamente una mirada hacia atrás.

 

Las cosas que decidimos conservar dicen bastante de nosotros. Un aficionado al cine puede llenar una pared de carteles y ediciones especiales. Otro dedica una vitrina a personajes de Star Wars. Alguien que descubrió el anime con Dragon Ball puede terminar explorando series japonesas mucho más recientes. Un seguidor de un grupo musical quizá prefiera vinilos, entradas y objetos relacionados con sus conciertos.

 

La colección funciona así como una pequeña autobiografía material.

 

No hace falta que cada objeto sea antiguo o tenga un gran valor económico. Su significado procede de la relación que establece con quien lo posee. Una figura puede recordar una película concreta, una época, una amistad o simplemente un personaje con el que alguien siente una afinidad especial.

 

Por eso dos colecciones aparentemente similares pueden contar historias completamente diferentes.

 

El placer de buscar lo que falta

 

Coleccionar tampoco consiste exclusivamente en contemplar objetos en una vitrina. Buena parte del entretenimiento está en la búsqueda.

 

Localizar una edición concreta, descubrir una variante desconocida o encontrar una pieza descatalogada puede requerir tiempo, comparación e investigación. Los coleccionistas aprenden fechas, versiones, fabricantes, diferencias entre ediciones y multitud de detalles que para cualquier otra persona pasarían inadvertidos.

 

Y entonces aparece otro de los motores clásicos del coleccionismo: completar.

 

Un trabajo publicado en el Journal of Economic Psychology desarrolló precisamente un modelo para estudiar el papel que desempeña completar conjuntos en el comportamiento de los coleccionistas. Una pieza no se valora necesariamente solo por lo que es de manera individual; también importa el lugar que ocupa dentro de algo mayor.

 

Eso explica una experiencia que cualquier coleccionista reconoce con facilidad. Encontrar una figura que nos gusta produce satisfacción. Encontrar la última que faltaba para cerrar una serie puede producir una muy distinta.

 

La colección convierte así una afición abierta en una sucesión de pequeños objetivos.

 

Y alrededor de esa búsqueda aparecen las comunidades. Foros, convenciones, grupos en redes sociales y encuentros permiten enseñar hallazgos, intercambiar piezas y compartir un conocimiento que solo tiene verdadero valor para quienes participan del mismo interés.

 

Objetos físicos en una vida cada vez más digital

 

Puede parecer paradójico que los objetos físicos conserven este atractivo cuando buena parte de nuestro ocio se ha vuelto digital.

 

Las fotografías están en el móvil. La música vive en aplicaciones. Las películas y series llegan por streaming. Muchos videojuegos ni siquiera necesitan ya un disco. Incluso libros y cómics pueden almacenarse en dispositivos que ocupan menos espacio que un solo volumen impreso.

 

Precisamente por eso el objeto puede adquirir una función diferente.

 

No tiene que competir con lo digital ni sustituirlo. Puede servir para hacerlo tangible. Un personaje que solo existe en una pantalla pasa a ocupar un lugar real sobre una mesa o una estantería.

 

También introduce algo que un catálogo digital difícilmente puede ofrecer de la misma manera: la posibilidad de organizar, seleccionar y mostrar físicamente aquello que consideramos importante.

 

Tenemos un acceso prácticamente ilimitado a imágenes, canciones, películas y personajes, pero seguimos reservando un espacio muy limitado de nuestra casa para algunos de ellos.

 

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