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Miércoles, 16 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:
Veinte años después de su fallecimiento

Oriana Fallaci: la periodista que nunca inclinó la cabeza

Corresponsal de guerra, escritora, entrevistadora implacable y conciencia incómoda de Occidente, la autora italiana convirtió el periodismo en un combate contra el poder, el conformismo y el miedo. Dos décadas después de su muerte, su voz continúa siendo tan discutida como difícil de sustituir

 

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Oriana Fallaci regresó a Florencia para morir. Había pasado buena parte de su vida recorriendo guerras, revoluciones, golpes de Estado y palacios presidenciales; había sobrevivido a los disparos de los soldados mexicanos, había interrogado a dictadores, generales, ayatolás y jefes de Gobierno y había vivido durante años en Nueva York, la ciudad desde la que contempló, el 11 de septiembre de 2001, el acontecimiento que marcaría la etapa final de su vida y de su obra. Pero cuando el cáncer al que llamaba «el Alienígena» consumió sus últimas fuerzas, quiso volver al lugar donde todo había comenzado. Murió en la madrugada del 15 de septiembre de 2006, a los 77 años, en una clínica florentina.

 

Veinte años después, resulta difícil, prácticamente imposible, encontrar en el periodismo contemporáneo una figura comparable. No porque Oriana Fallaci careciera de defectos, excesos o contradicciones, sino porque encarnó una forma de ejercer el oficio que parece pertenecer ya a otro tiempo: el periodismo entendido como una confrontación personal con los hechos y con quienes detentan el poder. No acudía a una entrevista para asistir dócilmente a la representación organizada por el entrevistado. Llegaba después de haber estudiado al personaje, localizados sus puntos débiles y desmontadas de antemano sus respuestas previsibles. Frente a ella, la conversación dejaba de ser un trámite promocional y se convertía en un duelo.

 

Había nacido en Florencia el 29 de junio de 1929, en el seno de una familia modesta y antifascista. Su padre, Edoardo Fallaci, artesano y militante clandestino, la incorporó siendo apenas una adolescente a la Resistencia contra la ocupación alemana y el régimen de Benito Mussolini. Oriana adoptó el nombre de guerra de Emilia, transportó mensajes, acompañó a prisioneros aliados fugados y atravesó lugares en los que una muchacha con trenzas podía pasar inadvertida, pero también podía ser detenida y ejecutada. Todavía no había cumplido quince años y ya había aprendido que la libertad no era una palabra retórica, sino algo que podía exigir miedo, riesgo y sangre. Aquella experiencia determinaría todo lo que vino después.

 

Fallaci comenzó a trabajar muy joven en la prensa florentina. Abandonó los estudios de Medicina y se entregó al periodismo, primero como cronista y después como enviada especial. Durante los años cincuenta escribió sobre cine y sobre la sociedad del espectáculo, conoció a actores, directores y celebridades y desarrolló una mirada capaz de atravesar la máscara pública de los personajes. Aquellos trabajos podían parecer alejados de las grandes cuestiones políticas, pero fueron su escuela: allí aprendió a observar los gestos, las vacilaciones, los silencios y las pequeñas vanidades con las que una personalidad acaba revelándose.

 

Con el paso de los años, cambió los estudios cinematográficos por los frentes de batalla. Cubrió la guerra de Vietnam, los conflictos entre India y Pakistán, la violencia en Oriente Próximo, la dictadura griega y las convulsiones políticas latinoamericanas. No escribía desde la habitación de un hotel ni se conformaba con las versiones de los portavoces militares. Buscaba el lugar en el que estaba ocurriendo la historia y se introducía en él, aun cuando hacerlo significara aproximarse peligrosamente a la muerte.

 

En Vietnam acompañó a soldados estadounidenses en operaciones de combate, habló con civiles, interrogó a los mandos y mostró tanto el valor individual de los hombres como la confusión moral y política de aquella guerra. Su libro Nada y así sea no fue solamente un relato bélico: fue una meditación sobre la muerte, la violencia y la fragilidad de las grandes palabras con las que los gobiernos justifican los cadáveres. Fallaci escribía desde dentro de los acontecimientos, pero nunca aceptó convertirse en propagandista de ninguno de los bandos.

 

El 2 de octubre de 1968 estuvo a punto de morir en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en Ciudad de México. Las fuerzas gubernamentales abrieron fuego contra una concentración estudiantil pocos días antes del comienzo de los Juegos Olímpicos. Fallaci fue alcanzada por tres disparos, arrastrada por el pelo y abandonada entre los muertos. En un primer momento la dieron por fallecida. Sobrevivió y, apenas pudo hacerlo, escribió lo que había visto. Su testimonio contribuyó a romper la versión oficial de unas autoridades que pretendían negar o reducir la magnitud de la matanza. Aquel episodio resume mejor que ningún otro su concepción del oficio: estar allí, mirar, sobrevivir si era posible y contarlo aunque el poder exigiera silencio.

 

Sin embargo, fue la entrevista la que la convirtió en una figura universal. Durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 se sentó frente a algunos de los personajes más poderosos y temidos del planeta: Henry Kissinger, Golda Meir, Indira Gandhi, Yaser Arafat, el sha de Persia, Muamar el Gadafi, Deng Xiaoping, Willy Brandt, Lech Walesa, Zulfikar Ali Bhutto, Haile Selassie, Võ Nguyên Giáp y el ayatolá Ruhollah Jomeini. Muchas de aquellas conversaciones quedaron reunidas en Entrevista con la historia, uno de los grandes libros periodísticos del siglo XX.

 

Fallaci rechazaba la ficción de la neutralidad emocional. Consideraba que el periodista no era una grabadora, sino una conciencia que comparecía ante otra conciencia. Preguntaba desde sus convicciones, discutía las respuestas, interrumpía cuando advertía una evasión y regresaba una y otra vez sobre aquello que el entrevistado intentaba ocultar. Este método fue criticado por quienes consideraban que se convertía en protagonista de sus propias entrevistas, pero precisamente de esa implicación nacía buena parte de su fuerza. Fallaci no pretendía desaparecer ante el poder. Pretendía obligarlo a mostrarse.

 

Henry Kissinger comprobó hasta qué punto aquella mujer de pequeña estatura podía resultar peligrosa. Durante la entrevista que le concedió en 1972, el entonces consejero de Seguridad Nacional de Richard Nixon se dejó arrastrar a una descripción de sí mismo como una especie de vaquero solitario que encabezaba la caravana montado en su caballo. La imagen le persiguió políticamente. Kissinger terminaría definiendo aquella conversación como la más desastrosa que había mantenido nunca con un periodista.

 

Más célebre todavía fue su encuentro con el ayatolá Jomeini en 1979, pocos meses después del triunfo de la revolución iraní. Fallaci esperó varios días para ser recibida y aceptó cubrirse con un chador para acceder a su presencia. Pero, una vez frente al dirigente religioso, le preguntó por la situación de las mujeres iraníes y por el significado de aquella prenda. Cuando Jomeini le respondió que, si no le gustaba la vestimenta islámica, no estaba obligada a llevarla, la periodista se desprendió del chador en mitad de la entrevista y lo calificó de «estúpido trapo medieval». El ayatolá se levantó y abandonó la estancia. La conversación continuó al día siguiente.

 

El episodio ha sido reproducido miles de veces, a menudo como una simple anécdota de rebeldía. Pero contenía algo más profundo: una periodista occidental había aceptado entrar en el escenario construido por un poder teocrático y, una vez dentro, había destruido su liturgia. No desafió a Jomeini desde la seguridad de una columna escrita a miles de kilómetros, sino sentada frente a él, en Qom, cuando su autoridad parecía incontestable. El perfil que The New Yorker publicó pocos meses antes de su muerte reconstruyó aquella entrevista como una de las expresiones más extraordinarias de su estilo combativo.

 

Fallaci también fue una escritora de enorme éxito. En Carta a un niño que nunca nació abordó la maternidad, el aborto, la responsabilidad y la soledad de una mujer ante una decisión irreversible. No ofrecía consignas tranquilizadoras. Planteaba el conflicto en toda su crudeza, mediante el diálogo de una mujer con el hijo que lleva dentro y con un mundo que pretende decidir por ambos. El libro, publicado en 1975, fue leído por públicos ideológicamente enfrentados y confirmó su capacidad para convertir una experiencia íntima en un interrogante universal.

 

En Un hombre reconstruyó la vida de Alexandros Panagoulis, el resistente griego que intentó matar al dictador Georgios Papadopoulos, fue torturado durante años y se convirtió posteriormente en compañero sentimental de la periodista. Panagoulis murió en 1976 en un accidente de tráfico que Fallaci siempre consideró provocado. El libro es una historia de amor, pero también el retrato de un individuo enfrentado a la maquinaria del poder. Panagoulis representó para ella al hombre que puede ser vencido, encarcelado o asesinado, pero que se niega a ser domesticado. En cierto modo, Fallaci escribió sobre él porque reconocía en su rebeldía una forma extrema de la suya propia.

 

Después llegarían Inshallah, ambientada en la guerra del Líbano, y el largo silencio público de sus años neoyorquinos. Durante más de una década se concentró en una gran novela familiar e histórica, publicada póstumamente bajo el título Un sombrero lleno de cerezas. Parecía haberse retirado de la intervención política cuando, el 11 de septiembre de 2001, vio desde Manhattan el humo levantarse sobre las ruinas del World Trade Center.

 

Los atentados la devolvieron al centro del debate. El 29 de septiembre de aquel año, el diario Corriere della Sera publicó un extenso texto suyo que daría origen a La rabia y el orgullo. Fallaci denunció el terrorismo islamista, acusó a Europa de haber perdido la conciencia de su identidad y arremetió contra lo que consideraba cobardía intelectual, relativismo cultural y sumisión ante el fanatismo. Después publicó La fuerza de la razón y Oriana Fallaci se entrevista a sí misma. El Apocalipsis.

 

Aquellos libros vendieron millones de ejemplares y provocaron una ruptura profunda en torno a su figura. Para unos, la antigua periodista de la Resistencia había reconocido antes que muchos otros la amenaza del islamismo político y la debilidad cultural de una Europa que dudaba de sus propios principios. Para otros, su denuncia había traspasado la crítica legítima al fundamentalismo y había derivado en una descalificación indiscriminada del islam y de los musulmanes. Hubo querellas, campañas en su contra, acusaciones de racismo y encendidos apoyos. La corresponsal admirada durante décadas por amplios sectores de la izquierda se convirtió, en la última etapa de su vida, en una referencia para buena parte de la derecha occidental.

 

No es necesario borrar esa controversia para elogiarla. Al contrario: ocultarla significaría reducir a Fallaci a una estampa inofensiva, y pocas cosas habrían resultado más ajenas a su carácter. Fue excesiva, contradictoria, orgullosa y, en ocasiones, pocas, injusta. Su escritura podía sustituir el matiz por la cólera y transformar una denuncia necesaria en una generalización difícilmente defendible. Pero incluso en sus páginas más discutidas permanecía reconocible la mujer que había aprendido durante el fascismo que las amenazas totalitarias deben ser nombradas antes de que sea demasiado tarde.

 

Fallaci no fue una conservadora convencional ni una intelectual fácilmente encuadrable. Había sido resistente antifascista, feminista, defensora del aborto, crítica con la Iglesia y profundamente individualista. Se declaraba atea, aunque en sus últimos años prefirió definirse como «atea cristiana». Admiró a Benedicto XVI, con quien mantuvo un encuentro privado en Castel Gandolfo en 2005, porque reconocía en Joseph Ratzinger una preocupación semejante por la identidad espiritual de Europa y por el avance del relativismo. Hasta el final se resistió, sin embargo, a quedar incorporada por completo a una doctrina, un partido o una iglesia.

 

Esa fue probablemente la raíz de su grandeza y también de su soledad. Oriana Fallaci no perteneció enteramente a nadie. Quienes intentaron convertirla en un símbolo de su propia causa tuvieron que aceptar que, tarde o temprano, alguna página suya acabaría contradiciéndolos. Desconfiaba de las ortodoxias, de las multitudes y de las palabras colectivas. Creía en la responsabilidad del individuo y en su derecho a enfrentarse, a solas si fuera necesario, con las ideas dominantes de su época.

 

Veinte años después de su muerte, Italia ha vuelto a recordarla. Florencia ha depositado una corona sobre su tumba en el cementerio de los Allori y ha dedicado a su memoria el jardín de la Fortezza da Basso. La primera ministra Giorgia Meloni la ha definido como una periodista «libre, valiente y nunca complaciente», mientras otras voces han destacado la vigencia de sus entrevistas y la imposibilidad de separar su talento literario de las controversias que provocó. La conmemoración italiana del vigésimo aniversario ha demostrado que Fallaci continúa ocupando un lugar incómodo y vivo en la cultura europea.

 

Su ausencia se percibe especialmente en un periodismo cada vez más condicionado por el activismo extremaizquierdista, el peso del globalismo totalitario, las declaraciones pactadas, los gabinetes de comunicación, la dependencia económica, las identidades partidistas y el temor a las campañas digitales. Fallaci podía equivocarse, pero sus errores eran propios. No escribía después de calcular qué palabras serían premiadas por su público, qué silencios protegerían su prestigio o qué opinión aseguraría su pertenencia a una comunidad ideológica. Se exponía por entero en cada texto. Esa temeridad podía conducirla al exceso, pero también impedía que su voz se confundiera con cualquier otra.

 

Quizá su principal legado no resida en sus posiciones políticas ni en la posibilidad de convertirla en profetisa de los conflictos actuales. Reside en una idea mucho más elemental y exigente del periodismo: nadie merece una reverencia por el hecho de ocupar el poder; ninguna pregunta debe ser descartada porque incomode al entrevistado; ninguna verdad deja de serlo porque resulte inoportuna, y ningún periodista puede reclamar libertad si antes ha renunciado interiormente a ejercerla.

 

Oriana Fallaci no fue una santa del periodismo. Fue algo más interesante y más difícil de encontrar: una periodista que llevó su oficio hasta sus últimas consecuencias. Entró en las guerras, recibió las balas, se enamoró de un perseguido, desafió a los poderosos, irritó a sus aliados, ofendió a sus adversarios y pagó el precio de decir lo que pensaba sin solicitar permiso. Durante toda su vida pareció obedecer la lección aprendida en la Florencia ocupada de su adolescencia: el miedo existe, pero inclinar la cabeza sigue siendo una elección.

 

Veinte años después, su silla continúa vacía. Y nadie ha conseguido ocuparla.

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