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Miércoles, 21 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

Garabandal: el pueblo que lleva sesenta y cinco años esperando un milagro

Viaje a la aldea cántabra donde cuatro niñas aseguraron haber visto a la Virgen, recorrieron caminos de piedra durante misteriosos éxtasis y dejaron tras de sí una de las profecías religiosas más extraordinarias del siglo XX: llegará un Aviso para toda la humanidad y después, con ocho días de advertencia, ocurrirá aquí un gran Milagro.

 

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Hay lugares a los que uno llega y lugares a los que hay que subir. San Sebastián de Garabandal pertenece a los segundos. El paisaje comienza a advertirme de que me acerco antes de que aparezcan las primeras casas: las montañas ocupan cada vez más espacio delante del parabrisas, la carretera se adentra en el interior de Cantabria y poco a poco queda atrás la sensación de estar recorriendo la España de las grandes vías de comunicación. Garabandal, acariciando la Sierra de Peña Sagra, dentro del Valle del Nansa, pertenece al municipio de Rionansa y hoy resulta relativamente sencillo alcanzar la aldea en automóvil, pero en 1961, cuando comenzó todo, llegar hasta aquí era mucho más complicado. No existía la carretera actual y quienes querían alcanzar el pueblo tenían que afrontar un acceso difícil que podía convertirse, especialmente con lluvia, nieve y barro, en una pequeña y compleja expedición. Esa circunstancia geográfica es importante porque explica una parte de la historia: durante meses, médicos, sacerdotes, periodistas, fotógrafos, curiosos y creyentes se esforzaron por llegar a una aldea remota de las montañas porque cuatro niñas aseguraban estar viendo allí a la Virgen.

 

Cuando finalmente aparecen las primeras casas, Garabandal sorprende precisamente porque no ofrece la monumentalidad que uno podría esperar de un lugar conocido internacionalmente por unas supuestas apariciones marianas. No hay una enorme basílica dominando el paisaje como en México, ni una explanada semejante a la de Fátima, ni infinitos comercios de mercancías religiosas como en Medjugorje, ni grandes edificios religiosos preparados para recibir multitudes. Hay un pueblo. Un muy pequeño pueblo cántabro de montaña que ha cambiado mucho desde 1961, pero que conserva todavía la escala de aquella aldea que aparece en las viejas fotografías en blanco y negro: casas antiguas desvencijadas y torpemente agrupadas, piedra, mucha piedra, pendientes, pequeños espacios abiertos y las montañas cerrando el horizonte. La primera impresión resulta casi desconcertante porque uno llega después de haber leído durante años palabras enormes —Apariciones, Aviso, Milagro, Castigo— y encuentra un escenario extraordinariamente pequeño en una localidad de apenas un centenar de vecinos que dicen dormir siempre “con las puertas abiertas”.

 

Camino por las estrechas callejuelas intentando superponer dos pueblos diferentes. Está el Garabandal actual y, debajo de él, permanece todavía el de las fotografías antiguas. Allí estaban las niñas. Por aquí corrieron. En aquella dirección se reunieron vecinos y visitantes. Por estas calles comenzaron a circular sacerdotes, médicos y periodistas llegados desde lugares cada vez más lejanos. Resulta inevitable mirar el suelo porque una parte importante de los fenómenos de Garabandal tuvo precisamente que ver con él: las muchachas aseguraban contemplar algo situado por encima de sus cabezas mientras caminaban, corrían e incluso retrocedían por terrenos irregulares sin aparentemente prestar atención al lugar donde colocaban los pies.

 

La recoleta iglesia parroquial de San Sebastián de Garabandal forma parte de esa geografía modesta. No es un gran santuario construido posteriormente para monumentalizar las apariciones, sino la iglesia sencilla de la aldea, la que ya pertenecía a la vida cotidiana de sus habitantes cuando comenzó todo. Y esa modestia ayuda a comprender uno de los contrastes que atraviesan toda la historia de Garabandal: aquí las afirmaciones son descomunales y los escenarios diminutos. Una profecía para toda la humanidad nace, otra vez, entre casas campesinas; un supuesto anuncio sobre un acontecimiento que afectará a cada ser humano del planeta se formula en una aldea que entonces apenas aparecía en los mapas.

 

Para entender cómo comenzó todo hay que borrar mentalmente buena parte del Garabandal contemporáneo y regresar al domingo 18 de junio de 1961.

 

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La tarde de aquel día, cuatro niñas del pueblo —Conchita González, Mari Loli Mazón, Jacinta González y Mari Cruz González, de once y doce años— estaban jugando. Según el relato que posteriormente ofrecerían, habían cogido unas manzanas del árbol del maestro. Era una travesura infantil y, conscientes de que estaban haciendo algo que no debían, comenzaron a arrojar piedras hacia un punto, imaginando que estaban apedreando al demonio que las había tentado. La escena resulta casi demasiado sencilla para convertirse en el comienzo de una historia que terminaría recorriendo el mundo. De hecho, casi cincuenta años después, Mari Cruz, que ahora reside en Avilés (Asturias), narraba así lo sucedido: “Yo tenía 11 años y ellas 12. Estábamos robando manzanas. Íbamos con miedo de que nos pillaran y nos castigaran, porque en aquella época todo era pecado. Sobre todo, si éramos niñas, porque los niños hacían lo que les daba la gana. Vimos a un ángel con una especie de capa y una túnica, tenía el pelo largo. Era San Miguel Arcángel. Tenía una cara muy guapa. No dijo nada. Así es como lo imagino”.

 

- ¿A qué se refiere con que se lo imagina? ¿Acaso no lo vio de verdad?

 

- Es que al final no sabes si te lo estás imaginando o pasó realmente así. Quizá lo hemos mentalizado.

 

- ¿Y cómo fue el encuentro con la Virgen días después? Entraron ustedes en trance...

 

- La Virgen me la imagino con un vestido blanco y un manto azul. Adolescente, o un poco más mayor. Decían que era la Virgen del Carmen, pero no era así. Hablaba poco. Tenía una voz calmada.

 

En algún momento, Conchita cayó de rodillas. Las otras muchachas observaron su rostro y poco después afirmaron contemplar también una figura luminosa. Más tarde identificarían aquella presencia como san Miguel Arcángel. Los primeros episodios se repetirían durante los días siguientes y el rumor comenzó a extenderse por la aldea. Al principio eran unas niñas que aseguraban haber visto un ángel. Muy pronto aquello dejaría de ser un asunto exclusivamente infantil.

 

En su diario de una niña de 12, Conchita González narraría así los primeros encuentros con el ángel:

 

Nosotras le contestamos (a otra niña) todas a una:

 

— ¡Es que hemos visto al Ángel!

 

Ella dijo:

 

— ¿De verdad?...

 

Nosotras: sí, sí... y seguimos nuestro camino en dirección a la Iglesia, y esta chica, se quedó diciéndoselo a otras.

 

Una vez en la puerta de la Iglesia y pensándolo mejor nos fuimos detrás de la misma a llorar. Unas crías que estaban jugando nos encontraron y al vernos llorar nos preguntaron:

 

— ¿Por qué lloráis?

 

Nosotras les dijimos:

 

— Es que hemos visto al Ángel.

 

Ellas echaron a correr a comunicárselo a la señora maestra.

 

Una vez que terminamos de llorar a la puerta de la Iglesia, entramos en ella.

 

En aquel mismo momento llegó la señora maestra toda asustada y en seguida nos dijo:

 

— Hijas mías, ¿Es verdad que habéis visto al Ángel?

 

— ¡Sí señora!

 

— ¿A lo mejor es imaginación vuestra?

 

— ¡No, señora, no! Hemos visto bien al Ángel.

Entonces la maestra nos dijo:

 

— Pues vamos a rezar una estación a Jesús Sacramentado en acción de gracias.

 

Cuando hubimos terminado de rezar la acción nos fuimos para nuestras casas. Ya eran las nueve de la noche y mi mamá me había dicho que fuera a casa de día, y yo ese día fui ya de noche.

 

Cuando llegué a mi casa mi mamá me dice:

 

— ¿No he dicho yo que a casa se viene de día?

 

Yo toda asustada por las dos cosas: por haber visto aquella figura tan bella y por venir tarde a casa, no me atrevía a entrar a la cocina y me he quedado junto a una pared, muy triste y le dije yo a mi mamá:

 

— He visto al Ángel.

 

Ella me respondió:

 

— ¡Todavía de venir tarde a casa me vienes diciendo esas cosas!

 

Yo le respondí de nuevo:

 

— Pues yo he visto al Ángel.

 

Ella me respondió lo mismo, pero ya más dudosa de que yo hubiera visto al Ángel.

 

Esto fue a las nueve y media de la noche. Después ya esa noche ya no hablamos más de ello, fue una noche corriente igual que las otras sin hablar nada, ni nada.

 

Ha llegado el día 19.

 

Cuando nos hemos levantado, la gente ya empezaba a hablar:

 

— ¡Esas cuatro niñas algo vieron, porque bajaban con unas caras!...

 

Otras respondían:

— ¡Sería un pájaro de esos grandes, como ya era algo de noche!

 

Otras decían:

 

— ¿O sería algún nene que vino a donde ellas, o estarían soñando?

 

¡Bueno! Todo era pensar cada uno una cosa. Fue un día que nada más hablaban de eso. A nosotras nos preguntaban que cómo era y nosotras todas contentas de la bella figura que habíamos visto lo decíamos muy seguras porque algunas personas dudaban de si sería verdad. Y nosotras les decíamos: cómo era; cómo iba vestido... muy resplandeciente...

 

Pero la más de la gente se reía de nosotras, pero a nosotras lo mismo nos daba como sabíamos que era verdad. Estas conversaciones se hablaron a las diez de la mañana, cuando ya nos íbamos a la escuela.

 

Cuando llegamos a la escuela la señora maestra nos preguntó:

 

— ¿Hijas mías estáis en lo seguro de lo que me dijisteis ayer?

 

Nosotras le respondimos a la vez:

— ¡Sí señora, hemos visto al Ángel!

 

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Busco en el pueblo el entorno de la calleja asociado a aquellos primeros acontecimientos. Su modestia resulta reveladora. Apenas hay unas pequeñas huellas, unos ínfimos altares, que anuncian que aquí ha comenzó una de las historias de apariciones más controvertidas del siglo XX. Y precisamente por eso resulta fácil imaginar el desconcierto de los primeros vecinos. Las protagonistas eran niñas conocidas por todos; pertenecían a humildes familias del pueblo y hasta pocos días antes su principal preocupación había sido jugar. De repente aseguraban que un ser sobrenatural las estaba esperando.

 

El 2 de julio de 1961, según sus testimonios, la naturaleza de las apariciones cambió definitivamente. Las cuatro dijeron haber contemplado a la Virgen María acompañada por dos ángeles. La describieron como una mujer joven, vestida de blanco, con manto azul y una corona de estrellas doradas. Detrás de ella aparecía algo que las niñas describieron como un gran ojo. Y este es, nuevamente, el relato de Conchita González:

 

Ha llegado el día 29, jueves.

 

Le vimos (al Ángel) igual que siempre e hicimos igual que siempre.

 

El viernes 30 igual.

 

Ha llegado el 8. Sábado.

 

Ese día vino mucha gente, como era el día de la Virgen y a lo mejor se nos aparecía.

 

Nosotras fuimos a la Calleja como siempre a rezar el Rosario y la gente nos acompañaba, al final del Santo Rosario se nos apareció el Ángel muy sonriente y nos dijo:

 

— Vengo a anunciaros la visita de la Virgen bajo la advocación del Carmen, que se os aparecerá mañana domingo.

 

Nosotras muy contentas le dijimos:

 

— ¡Que venga pronto!

 

Él se sonreía, entonces le dijimos:

 

¿Qué significa ese letrero que tú traes?

 

— Ya os lo dirá la Virgen.

 

Ese día nos habló de muchas cosas.

 

Le decía a Jacinta, a Loli y a Mari Cruz cómo el primer día iban a llamar a la mamá de Conchita creyendo que le estaba dando un ataque.

 

Ellas se reían....

 

— Porque es que estaba no sé cómo ese día.

 

Estuvo dos horas y se nos hizo dos segundos. Después nos dijo:

 

— Volveré mañana con la Virgen. Y se marchó.

 

¡Qué pena nos dio! La gente muy contenta nos preguntaba:

 

— ¿Qué os ha dicho?

 

Y nosotras les contamos lo que nos había estado diciendo.

 

La gente forastera se fue creyéndolo mucho y muy contentos con muchas ganas de decírselo a quien no lo había visto.

 

El Ángel tenía un vestido azul largo suelto, sin cinto,

 

Mes de julio del año 1961

 

Ha llegado el día 2, domingo.

 

Fuimos a Misa y al Rosario. El Rosario fue a las 3 de la tarde. Nosotras después del Rosario nos fuimos por la carretera abajo, porque ese día llegaban unos hermanos míos e íbamos a ver si venían.

 

Son cinco kilómetros de San Sebastián a Cosío, (30), anduvimos cuatro. Como la gente nos conocía porque íbamos las cuatro juntas y como nos habían visto en fotografías. Nos paraban y nos hacían regalos, cajas de bombones, caramelos, etc... muchas cosas.

 

Ese día habían ido 10 u 11 sacerdotes, médicos, un Abad y muchos coches.

 

Como estábamos ya muy lejos del pueblo, decidimos regresar, algunos del pueblo bajaron a caballo a buscarnos. Pero una persona conocida, nos vio y nos dijo si queríamos subir que ellos nos llevarían al pueblo.

 

Nosotras le dijimos que sí, pues mis hermanos no vinieron.

 

Cuando llegamos al pueblo nos estaba esperando mucha gente y sacerdotes.

 

Eran las 6 de la tarde.

 

Nos fuimos a la Calleja a rezar el Rosario, sin llegar allá se nos apareció la Virgen con un Ángel a cada lado.

 

Venían con Ella dos Ángeles, uno era San Miguel (32) y el otro no sabemos. Venía vestido igual que San Miguel, parecían mellizos.

 

Al lado del Ángel de la derecha, a la altura de la Virgen, veíamos un ojo de estatura muy grande. Parecía el ojo de Dios.

 

Ese día hablamos con la Virgen mucho y Ella con nosotras. Le decíamos todo: que íbamos todos los días al prao, que estábamos negras, que teníamos la hierba en montujos, etc.... Ella se reía ¡como le decíamos tantas cosas!...

 

Rezamos el Rosario viéndola a Ella y Ella rezaba con nosotras para enseñarnos a rezarlo bien y cuando terminamos el Rosario dijo que se iba.

 

Entonces nosotras le dijimos, que estuviera otro poquitín, que había estado muy poco. Ella se reía y nos dijo que el lunes volvería.

 

Cuando se fue, a nosotras nos dio mucha pena.

 

Entonces algunas personas nos iban a besar y a preguntarnos lo que nos había dicho. Otras, no lo creían porque decían que cómo la Virgen iba a hablar tanto pues le contamos muchas cosas. Pero la mayoría sí creía porque decían que era como una Madre que hace mucho que no la ve su hija y le cuenta todo. Con mayor razón nosotras que no la habíamos visto nunca y además ¡era nuestra Madre del cielo!

 

Nos llevaron a la sacristía y un Padre que se llama D. Francisco Odriozola nos preguntaba a una por una y después decía a la gente lo que nosotras le habíamos dicho.

 

Así se terminó el día 2, domingo, ¡día muy feliz! porque hemos visto por primera vez a la Virgen. Con Ella estamos todos, siempre que queramos.

 

La Virgen viene con un vestido blanco, manto azul, corona de estrellucas doradas, no se le ven los pies, las manos estiradas con el escapulario en la derecha, el escapulario es marrón, el pelo largo color castaño oscuro ondulado, la raya en el medio, la cara alargada, la nariz alargada fina, la boca muy bonita con los labios un poquito gruesos, el color de la cara es trigueño, más claro que el del Ángel, diferente a la vez, muy bonita, una voz muy rara, no sé explicarla, no hay ninguna mujer que se parezca a la Virgen ni en la voz ni en nada (37). Algunas veces trae al Niño en brazos, muy chiquitín, como un nene recién nacido, una carita redonda, parece el color como el de la Virgen, una boquita pequeña, el pelín un poco largo, rubio, unas manos pequeñas, un vestido como una túnica azul.

 

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A partir de esta historia, Garabandal dejó de pertenecer exclusivamente a sus habitantes.

 

Uno de los aspectos más desconcertantes de los relatos de Garabandal es la naturalidad con la que las niñas aseguraban relacionarse con la aparición. No describían únicamente una figura distante ante la que permanecían inmóviles rezando. Decían conversar con ella. Le contaban acontecimientos del pueblo, le enseñaban objetos, le preguntaban cuestiones cotidianas e incluso mantenían con aquella presencia una relación que, según sus propios relatos, conservaba rasgos infantiles.

 

Esa familiaridad produjo escenas que resultaban extrañas incluso para algunos creyentes. Las niñas podían sonreír durante los éxtasis, hablar, mostrar objetos o reaccionar aparentemente a respuestas que nadie más escuchaba. Quienes estaban a su alrededor sólo contemplaban una mitad de la conversación: veían a las muchachas mirando hacia un punto situado sobre ellas, escuchaban sus preguntas y observaban sus reacciones, pero no podían ver ni oír al supuesto interlocutor.

 

Ése es el problema esencial que, como también ocurrió en Medjugorje, acompañará toda la historia de Garabandal. Miles de personas presenciaron los éxtasis. Existen fotografías, películas y testimonios. Médicos y sacerdotes estuvieron junto a las niñas. Pero la Virgen sólo era visible para ellas. Los observadores podían estudiar los efectos; nunca pudieron observar directamente la causa que las muchachas atribuían a aquellos efectos.

 

Antes de entrar en éxtasis, las niñas aseguraban experimentar unas sensaciones interiores que denominaron las «llamadas». La primera podía aparecer con cierta anticipación; después llegaba una segunda y finalmente una tercera que, según explicaban, las impulsaba a dirigirse inmediatamente al lugar de la aparición. En ocasiones se encontraban separadas y terminaban reuniéndose aproximadamente al mismo tiempo, un detalle que llamó la atención de quienes siguieron los acontecimientos.

 

Durante los éxtasis, uno de los rasgos que más impresionaba a los presentes era la posición de sus cabezas. Las niñas permanecían con el rostro intensamente elevado y los ojos abiertos, aparentemente fijados en algo situado por encima de ellas. Las fotografías de aquellos años han conservado esa expresión hasta convertirla en una de las imágenes características de Garabandal: varias muchachas arrodilladas, los cuerpos próximos entre sí y las miradas dirigidas hacia un punto que el resto de las personas no podía ver.

 

Los éxtasis podían prolongarse y, durante ellos, las niñas parecían parcialmente desconectadas de determinados estímulos exteriores. Esa circunstancia atrajo inevitablemente a médicos y observadores que intentaron averiguar qué estaba sucediendo.

 

De hecho, es en este punto donde comienza uno de los capítulos más incómodos de la historia. Algunos observadores intentaron comprobar si las muchachas reaccionaban normalmente al dolor mientras estaban en éxtasis. Los testimonios hablan de pinchazos con agujas, pellizcos, luces intensas dirigidas hacia los ojos y contactos con objetos calientes. El psiquiatra James Pandarakalam, que décadas después revisó testimonios e informes relacionados con Garabandal, recogió referencias a esa aparente ausencia de respuesta ante determinados estímulos dolorosos.

 

El jesuita José Ramón María Andreu relató también episodios que le impresionaron profundamente, entre ellos uno en el que Mari Loli se habría golpeado con fuerza la cabeza contra un borde de hormigón sin manifestar aparentemente dolor. Otros testigos describieron comportamientos semejantes. Para quienes estaban convencidos del carácter sobrenatural de los acontecimientos, aquella insensibilidad constituía una señal de que las niñas se encontraban en un estado extraordinario.

 

Pero los relatos no equivalen a un experimento clínico controlado. Las pruebas se realizaron en condiciones muy alejadas de los protocolos científicos modernos, diferentes personas intervinieron en momentos distintos y buena parte de la documentación procede de testigos que acudieron a Garabandal precisamente porque estaban interesados en las supuestas apariciones. Los estados disociativos, la concentración extrema y otros fenómenos psicológicos pueden modificar la percepción del dolor. Lo que puede afirmarse es que numerosos testigos aseguraron observar reacciones anómalas; establecer qué las producía es una cuestión diferente. Es una cuestión de fe.

 

Y hay algo que hoy resulta particularmente difícil de contemplar sin incomodidad: eran niñas de once y doce años, nacidas en un pueblo remoto, sometidas a una atención extraordinaria mientras adultos intentaban comprobar si sentían dolor. Garabandal fue también eso. Un fenómeno religioso convertido muy pronto en espectáculo público.

 

Si existe un episodio que adquiere otra dimensión cuando uno recorre físicamente el pueblo es el de las llamadas marchas extáticas. Los testimonios describen a las niñas desplazándose durante los éxtasis con extraordinaria seguridad, en ocasiones a gran velocidad, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos aparentemente fijos en la aparición. Algunas veces caminaban hacia delante; otras, según numerosos testigos, lo hacían de espaldas.

 

Miro nuevamente el suelo. Hay pendientes y desniveles, piedras y socavones. El Garabandal de 1961 presentaba además unas condiciones mucho más rústicas que las actuales. Imagino estos mismos caminos durante una noche lluviosa, sin iluminación moderna, y a un grupo de adultos intentando seguir a unas niñas que se desplazan rápidamente sin mirar aparentemente dónde pisan. Una afirmación que sobre el papel puede parecer simplemente pintoresca se convierte aquí en una pregunta física.

 

¿Cómo lo hacían?

 

Puede que su conocimiento extraordinariamente preciso del terreno —habían crecido recorriendo aquellos caminos— desempeñara un papel importante. Puede que determinados estados de automatismo o alteración de la conciencia permitieran movimientos que sorprendían a los observadores. También es posible que el paso de los años engrandeciera algunos relatos. Para los creyentes, en cambio, aquellas marchas constituían otra manifestación de la intervención sobrenatural. El paisaje no permite decidir entre esas posibilidades, pero sí comprender por qué impresionaron tanto a quienes las contemplaron.

 

La fama de las apariciones creció y comenzaron a llegar visitantes que entregaban a las niñas rosarios, medallas, crucifijos y otros objetos religiosos para que fueran presentados a la Virgen durante los éxtasis. Según numerosos testimonios, después de ofrecerlos a la aparición las muchachas devolvían cada objeto a su propietario correcto, incluso cuando previamente se habían mezclado y ellas no conocían a las personas que los habían entregado.

 

El episodio se convirtió en uno de los argumentos favoritos de quienes defendían la autenticidad de Garabandal. ¿Cómo podían saber a quién pertenecía cada rosario? Algunos testimonios afirman que las niñas caminaban entre la multitud durante el éxtasis y entregaban los objetos sin equivocarse. Sin embargo, tampoco aquí existieron controles equivalentes a un procedimiento experimental ciego que permitiera excluir transmisión involuntaria de información, conocimiento previo o selección posterior de los casos más sorprendentes.

 

El patrón comienza a repetirse: existe un núcleo testimonial extraordinario, pero resulta muy difícil convertirlo retrospectivamente en una demostración científica. Garabandal está lleno de acontecimientos que parecen situarse exactamente en esa frontera.

 

El 18 de octubre de 1961 debía hacerse público el primer mensaje atribuido a la Virgen. La noticia atrajo a una multitud extraordinaria para las dimensiones de la aldea. Miles de personas emprendieron un viaje complicado hasta Garabandal bajo unas condiciones meteorológicas adversas. Había sacerdotes, periodistas, enfermos, curiosos y creyentes convencidos de que podrían contemplar algún prodigio.

 

No ocurrió ningún milagro público.

 

Lo que recibieron fue un mensaje religioso relativamente sencillo. Literalmente, decía lo siguiente: “Hay que hacer muchos sacrificios y mucha penitencia, y tenemos que visitar mucho al Santísimo; pero antes tenemos que ser muy buenos. Y si no lo hacemos vendrá un castigo. Ya se está llenado la Copa, y si no cambiamos vendrá un castigo muy grande”.

 

El episodio resulta importante porque muestra que las dudas no aparecieron décadas después. Estuvieron presentes desde el principio. Garabandal produjo entusiasmo, pero también frustración, incredulidad y críticas mientras los acontecimientos todavía estaban desarrollándose.

 

En junio de 1962 tuvo lugar uno de los episodios más sombríos de toda esta historia. Las noches del 19 y del 23 quedaron conocidas como las «Noches de los Gritos». Según los relatos, las niñas experimentaron unas visiones aterradoras relacionadas con un posible castigo para la humanidad. Quienes estaban junto a ellas no veían lo que supuestamente contemplaban, pero escuchaban sus gritos y observaron el miedo que parecían experimentar.

 

La escena debió de resultar estremecedora. En una pequeña aldea de montaña, durante la noche, unas niñas que durante meses habían asegurado hablar con la Virgen comenzaron a gritar aterrorizadas mientras decían contemplar las consecuencias que tendría para el mundo no cambiar de conducta. El miedo se extendió entre quienes estaban presentes y posteriormente quedó incorporado a la tradición profética de Garabandal.

 

De nuevo hay dos niveles que conviene mantener separados. Está el hecho testimonial de que numerosas personas dijeron escuchar los gritos y contemplar el terror de las muchachas. Y está el contenido de aquello que ellas afirmaron estar viendo, inaccesible para todos los demás. Entre ambas cosas existe una distancia que ningún documento puede eliminar.

 

La presión para obtener una prueba visible aumentaba. Según Conchita, san Miguel le anunció que ocurriría un «milagrito»: durante una de las comuniones que, según afirmaba, recibía de manera invisible de manos del arcángel, la hostia se haría visible.

 

La fecha anunciada fue el 18 de julio de 1962. Centenares de personas se concentraron en Garabandal. La espera se prolongó durante horas y, ya pasada la medianoche —por lo que el episodio suele fecharse técnicamente el 19 de julio—, Conchita cayó de rodillas. Su boca estaba abierta y su lengua extendida. De repente apareció sobre ella una forma blanca semejante a una hostia sagrada.

 

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Alejandro Damians consiguió filmar la escena.

 

Eso convierte este episodio en uno de los más interesantes de Garabandal porque aquí no dependemos exclusivamente de recuerdos escritos décadas después. Existe una filmación en la que puede observarse la aparición de una forma blanca sobre la lengua de Conchita. Damians redactó posteriormente un informe sobre lo que había presenciado.

 

Pero la cámara sólo registró el resultado visible. No registró el origen de aquella forma blanca.

 

Para los creyentes, la película documenta un acontecimiento milagroso. Para los críticos, no permite descartar que la propia Conchita introdujera previamente una pequeña oblea en la boca o que existiera alguna otra explicación natural. La película demuestra que apareció algo blanco sobre su lengua. No puede demostrar cómo llegó hasta allí.

 

Es una perfecta metáfora de todo Garabandal: podemos observar una parte del fenómeno, pero el elemento decisivo permanece fuera del alcance de la cámara.

 

Otro de los episodios más extraordinarios ocurrió el 8 de agosto de 1961 y tuvo como protagonista al jesuita Luis María Andreu. Había acudido a Garabandal interesado por los acontecimientos y aquella noche acompañó a las niñas en la zona de Los Pinos. Según los testimonios, mientras ellas se encontraban en éxtasis, Andreu pronunció repetidamente la palabra «Milagro» con una expresión de profunda emoción.

 

Horas después abandonó el pueblo.

 

Murió durante el viaje de regreso.

 

La coincidencia resultó inevitablemente estremecedora y muy pronto quedó integrada en la historia de las apariciones. Las niñas afirmaron posteriormente que Andreu había contemplado a la Virgen y había recibido una visión anticipada del futuro Gran Milagro. Llegaron incluso a asegurar que, después de muerto, lo escucharon durante algunos éxtasis.

 

Aquí vuelve a ser necesario separar cuidadosamente los niveles. La presencia del sacerdote en Garabandal y su muerte posterior pertenecen a la historia documentable. Que contemplara a la Virgen o recibiera una visión del futuro pertenece al testimonio de las videntes y a la interpretación religiosa de lo ocurrido.

 

Para comprender mejor la escena hay que abandonar nuevamente el pueblo y comenzar a subir.

 

Los Pinos están arriba. La subida modifica inmediatamente la relación con Garabandal porque abajo van quedando las casas, la iglesia y las calles, mientras delante aparece el camino que conduce al lugar más importante de toda la historia de las apariciones. No voy únicamente hacia un punto donde supuestamente ocurrieron acontecimientos hace más de seis décadas. Según las profecías atribuidas a Conchita, estoy caminando hacia el escenario donde todavía debe ocurrir el episodio decisivo de Garabandal.

 

Comienzo a subir intentando imaginar este mismo recorrido durante una noche de 1961, con un terreno mucho más precario, posiblemente mojado y con decenas o centenares de personas intentando seguir a unas niñas en éxtasis. Las fotografías adquieren aquí una dimensión diferente porque el paisaje proporciona la escala que falta sobre el papel. Una cosa es leer que las muchachas ascendían mirando hacia arriba y otra observar la pendiente, las irregularidades y la distancia que separa el pueblo de los árboles. Las famosas marchas extáticas dejan entonces de ser únicamente una expresión repetida en los libros para convertirse nuevamente en una pregunta: cómo podían hacerlo.

 

El camino obliga además a mirar hacia atrás. Garabandal comienza a quedar debajo y el paisaje se abre. Las montañas ocupan el horizonte y la pequeña concentración de casas permite comprender el aislamiento que definía esta aldea cuando comenzaron los acontecimientos. En 1961, quienes llegaban hasta aquí habían tenido que decidir verdaderamente que querían venir. Y después, si las niñas corrían hacia Los Pinos durante la noche, tenían que seguirlas.

 

Cuanto más se asciende, más pequeño parece Garabandal y más desmesurada resulta su profecía. Porque según Conchita un acontecimiento destinado a ser conocido por el mundo entero tendrá lugar precisamente aquí arriba, un lugar deslavazado, aunque precioso desde un punto de vista paisajístico, donde hoy cuelgan de los árboles dos imágenes de la Virgen, iluminadas gracias a un pequeña placa solar también enganchada en una rama, y por donde serpentea un camino marcado con los mojones de un Viacrucis.  

 

Las revelaciones atribuidas a las niñas fueron adquiriendo con el tiempo una estructura profética mucho más compleja. Uno de sus elementos centrales es el llamado Aviso, un acontecimiento futuro que afectará simultáneamente a toda la humanidad. Según las declaraciones atribuidas a Conchita, llegado el momento, cada persona tendrá una experiencia interior que le permitirá comprender su estado moral ante Dios. No será, según esta interpretación, simplemente una catástrofe natural ni un fenómeno astronómico, sino una especie de iluminación universal de la conciencia.

 

Cada ser humano se verá a sí mismo.

 

La idea posee una extraordinaria fuerza religiosa y psicológica. No anuncia solamente un desastre externo, sino algo quizá más inquietante: la imposibilidad momentánea de ocultarse de uno mismo. Creyentes y no creyentes experimentarían el fenómeno y comprenderían que procede de Dios.

 

Desde 1961 han ocurrido guerras, atentados, catástrofes, pandemias y crisis internacionales que determinados seguidores de Garabandal han intentado relacionar con la profecía. Pero hasta hoy no se ha producido ningún acontecimiento inequívoco que pueda identificarse con la descripción del Aviso en los términos universales anunciados por las videntes.

 

Y después del Aviso, según Conchita, llegará el Gran Milagro.

 

Conchita, que hoy reside en Nueva York (EE.UU.), afirmó conocer la fecha exacta del Gran Milagro, aunque nunca la ha hecho pública. Ha declarado que lo anunciará ocho días antes de que ocurra.

 

Ocho días constituyen una particularidad extraordinaria de la profecía porque transforman Garabandal en algo potencialmente verificable. Si algún día se realizara ese anuncio, comenzaría una cuenta atrás mundial. El acontecimiento tendría lugar un jueves, coincidiría con la festividad de un joven mártir relacionado con la Eucaristía y con un acontecimiento importante para la Iglesia.

 

Intento imaginarlo desde el camino que conduce hacia Los Pinos. ¿Qué sucedería si mañana Conchita comunicara una fecha? La noticia recorrería el planeta en minutos. Las redes sociales multiplicarían el anuncio, periodistas de todo el mundo viajarían hacia Cantabria y miles de personas intentarían alcanzar esta pequeña aldea por la que hoy apenas caminamos cinco o seis personas, varios perros y un puñado de gatos.  Habría cámaras enfocando permanentemente hacia los árboles, científicos tratando de instalar instrumentos, creyentes rezando y escépticos esperando comprobar qué ocurre cuando llegue la hora anunciada.

 

Entonces la carretera que acabo de recorrer resultaría insuficiente.

El camino por el que estoy subiendo sería incapaz de absorber la multitud.

 

Y durante ocho días el mundo sabría exactamente dónde mirar.

 

Finalmente se alcanza Los Pinos. No hay una plaza monumental ni un templo gigantesco. Hay árboles, montaña, una gran cruz, cielo y un espacio convertido por décadas de peregrinaciones en lugar de oración y memoria. Existen signos religiosos y recuerdos relacionados con las apariciones, pero la naturaleza continúa imponiéndose sobre cualquier construcción humana. Si alguien diseñara desde cero el escenario de un gran acontecimiento religioso mundial probablemente levantaría una basílica y una inmensa explanada. Aquí solo hay un grupo de pinos plantados antes de las apariciones, varios bancos para orar y una ladera que parece sobrevolar una pequeña aldea cántabra.

 

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Desde aquí Garabandal queda abajo. Las casas parecen pequeñas y las montañas dominan cuanto alcanza la vista. Resulta fácil comprender por qué el lugar adquiere una dimensión espiritual para quienes creen en las apariciones: la altura, el aislamiento, la humedad, la bruma aún en los días soleados y la naturaleza crean una disposición completamente distinta de la que uno lleva consigo cuando llega desde una ciudad. Pero intento no permitir que el paisaje responda preguntas que pertenecen a otro terreno. Que un lugar resulte hermoso o espiritualmente sugestivo no demuestra que aquí se apareciera la Virgen.

 

Sin embargo, es imposible mirar estos árboles como unos pinos cualesquiera después de conocer la historia. Aquí estuvo Luis Andreu la noche en que pronunció la palabra «Milagro». Aquí llegaron las niñas durante numerosos éxtasis. Aquí se reunieron, y se reúnen, peregrinos convencidos de que estaban contemplando acontecimientos extraordinarios. Y aquí, según la profecía de Conchita, tendrá lugar algún día el Gran Milagro.

 

Las afirmaciones atribuidas a Conchita describen un acontecimiento extraordinario. El Milagro será visible para quienes se encuentren en Garabandal y producirá conversiones y curaciones entre los enfermos presentes. Después quedará en Los Pinos una señal permanente de origen sobrenatural.

 

Éste es uno de los puntos donde conviene ser especialmente preciso porque las diferentes recopilaciones de las declaraciones de Conchita no siempre utilizan idénticas palabras al describir las propiedades físicas de esa futura señal. Lo esencial de la profecía es que permanecerá en Los Pinos y será reconocible como algo extraordinario. Si alguna vez llega a producirse el anuncio de los ocho días, tendremos ocasión de comprobarlo.

 

Pero hoy, por ahora, no hay señal.

 

No hay Gran Milagro.

 

Los árboles continúan donde estaban y los peregrinos siguen llegando.

 

Ésta es probablemente la característica que diferencia Los Pinos de casi todos los grandes lugares de apariciones marianas. En Lourdes el peregrino se coloca ante la gruta donde Bernadette Soubirous aseguró haber visto a la Virgen en 1858. En Fátima visita el lugar relacionado con las apariciones de 1917. Ambos espacios están orientados fundamentalmente hacia un acontecimiento pasado. Los Pinos, en cambio, miran también hacia el futuro. Los creyentes no acuden únicamente porque aquí supuestamente ocurrió algo, sino porque están convencidos de que aquí todavía tiene que ocurrir algo.

 

Por eso este lugar no es solamente un espacio de memoria.

 

Es un lugar de espera.

 

Precisamente esa espera conduce a uno de los episodios más difíciles para quienes defienden una interpretación literal de las profecías. Joey Lomangino era un estadounidense que había perdido la vista y los ojos en un accidente laboral. Después de conocer Garabandal se convirtió en uno de sus grandes divulgadores internacionales y dedicó décadas a difundir los mensajes de las apariciones.

 

Según los testimonios transmitidos en el entorno de Garabandal, Conchita le comunicó que la Virgen había prometido que recibiría «nuevos ojos» el día del Gran Milagro y que entonces podría ver.

 

Joey esperó.

 

Durante décadas.

 

Murió el 18 de junio de 2014 sin haber recuperado físicamente la vista y antes de que se produjera el Gran Milagro anunciado.

 

Su muerte planteó una dificultad evidente. Algunos creyentes reinterpretaron posteriormente la promesa en términos espirituales o consideraron que su significado podría ser diferente del que se había entendido durante décadas. Pero desde una lectura literal, el fallecimiento de Lomangino constituye una de las objeciones más importantes contra determinadas afirmaciones proféticas asociadas a Garabandal.

 

No creo que deba ocultarse. Si queremos comprender el fenómeno, hay que contar también aquello que resulta incómodo para la interpretación sobrenatural.

 

Otro de los grandes nombres asociados a Garabandal es el del capuchino Padre Pío de Pietrelcina (Italia). La relación comienza con una carta fechada el 3 de marzo de 1962 y dirigida a las cuatro niñas. El texto estaba escrito en italiano y no llevaba una firma que permitiera atribuir directamente su autoría al fraile. Félix López, sacerdote que se encontraba en Garabandal, participó en su traducción y consideró que podía proceder de Padre Pío.

 

Conchita afirmó posteriormente que preguntó a la Virgen por la procedencia de aquella carta y que ésta le confirmó que había sido escrita por Padre Pío. A partir de ahí surgió una relación epistolar y, años después, Conchita viajó a San Giovanni Rotondo. Las fuentes favorables a Garabandal han considerado tradicionalmente que Padre Pío creyó en las apariciones.

 

La cuestión requiere prudencia. Existen testimonios y correspondencia relacionados con esa conexión, pero la primera carta que desempeña un papel fundamental en la historia carecía de una firma explícita. Atribuir sin matices a Padre Pío todas las afirmaciones que posteriormente circularon sobre Garabandal significa ir más allá de lo que permite establecer con seguridad la documentación disponible.

 

Y, sin embargo, su nombre quedó unido para siempre a la historia.

 

Quizá nada resulte tan perturbador como las propias dudas de las protagonistas. Las niñas atravesaron períodos en los que negaron o pusieron en duda la realidad de las apariciones. Algunas declaraciones posteriores fueron utilizadas por las autoridades eclesiásticas para sostener una interpretación natural de los acontecimientos.

 

Posteriormente varias de ellas reafirmaron su convicción de que las apariciones habían ocurrido realmente y explicaron las negaciones como una etapa de dudas, confusión o presión. Para los creyentes, aquellas vacilaciones habían sido incluso anunciadas. Para los críticos, en cambio, constituyen una evidencia importante de que el fenómeno pudo haber nacido de una dinámica psicológica y social entre unas niñas sometidas después a una presión gigantesca.

 

Resulta imposible contar Garabandal seriamente eliminando esas contradicciones. Las protagonistas no fueron personajes estáticos de una leyenda. Fueron niñas que crecieron bajo una atención extraordinaria, se convirtieron en adultas, abandonaron en algunos casos España y tuvieron que convivir durante toda su vida con acontecimientos que habían sucedido cuando apenas tenían doce años.

 

La Iglesia reaccionó muy pronto. La diócesis de Santander creó comisiones para estudiar los acontecimientos y diferentes obispos fueron pronunciándose a lo largo de los años. En agosto de 1961, el administrador apostólico Doroteo Fernández señaló que nada obligaba entonces a afirmar el carácter sobrenatural de los fenómenos y pidió prudencia. Posteriormente, el obispo Eugenio Beitia mantuvo una posición negativa respecto de su origen sobrenatural, aunque señaló que los mensajes no contenían elementos doctrinalmente censurables.

 

El obispo Vicente Puchol adoptó en 1966 una posición todavía más clara después de recibir declaraciones de las protagonistas y sostuvo una explicación natural de los acontecimientos. Años más tarde, Juan Antonio del Val impulsó nuevas investigaciones y suavizó determinadas restricciones pastorales, permitiendo que sacerdotes acudieran al pueblo y que pudiera celebrarse misa en determinadas condiciones.

 

Esta evolución ha generado interpretaciones contradictorias. Algunos partidarios de Garabandal presentan la flexibilización pastoral como si significara una aproximación de la Iglesia hacia el reconocimiento de las apariciones. No es así. Permitir la atención religiosa a quienes acuden al lugar no equivale a declarar sobrenatural un fenómeno.

 

La fórmula históricamente utilizada para resumir la posición eclesial es que no consta la sobrenaturalidad de las apariciones. Es una expresión importante porque tampoco significa exactamente lo mismo que una declaración de fraude. La Iglesia no ha reconocido Garabandal como una aparición sobrenatural.

 

Y más de seis décadas después, la espera continúa.

 

Éste es quizá el aspecto más melancólico de Garabandal. Cuando comenzaron las apariciones, Conchita, Mari Loli, Jacinta y Mari Cruz eran niñas. Quienes acudieron a verlas en 1961 eran jóvenes, padres de familia, sacerdotes o periodistas que probablemente pensaban que el cumplimiento de las profecías estaba próximo.

 

Pasaron los años.

 

Después las décadas.

 

Juan XXIII murió. Llegó Pablo VI. Después Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y sus sucesores. Cayó el Muro de Berlín, desapareció la Unión Soviética, Europa se transformó, llegó Internet, los teléfonos móviles cambiaron nuestra forma de comunicarnos y el mundo atravesó guerras, atentados y pandemias.

 

El Aviso no llegó.

 

El Gran Milagro tampoco.

 

Muchos de quienes subieron a Los Pinos convencidos de que vivirían para contemplarlo murieron esperando. Joey Lomangino fue sólo el caso más conocido.

 

Y, sin embargo, otros continúan llegando.

 

Después de haber recorrido también la historia de Umbe resulta imposible no percibir una coincidencia. Felisa Sistiaga afirmó haber recibido en 1969 un mensaje secreto relacionado con acontecimientos futuros y, en la tradición desarrollada alrededor de aquel santuario vizcaíno, aparecen conceptos extraordinariamente semejantes a los de Garabandal: Aviso, Milagro y Castigo.

 

La proximidad geográfica y cronológica hace inevitable preguntarse por posibles influencias. Garabandal había alcanzado ya una enorme notoriedad cuando comenzaron las principales apariciones de Umbe. Las narraciones religiosas no nacen necesariamente aisladas unas de otras; circulan, se conocen y pueden influirse mutuamente.

 

Para los creyentes, la coincidencia puede interpretarse como confirmación de un mismo mensaje transmitido en lugares diferentes. Para una explicación sociológica, puede representar exactamente lo contrario: la difusión de una estructura profética que termina reapareciendo en otros fenómenos marianos.

 

La semejanza existe.

 

Lo que significa es otra cuestión.

 

Las fotografías de Garabandal conservan además algo que va mucho más allá de las apariciones. Conservan una España desaparecida. Niñas con ropas sencillas, casas rurales, caminos sin asfaltar, sacerdotes con sotana, vecinos agrupados en torno a acontecimientos que interrumpían la rutina de una aldea y visitantes que tenían que realizar un auténtico esfuerzo para llegar hasta allí.

 

España estaba a punto de transformarse. Durante los años sesenta llegarían el desarrollo económico, el automóvil familiar, la televisión, el turismo masivo y una profunda modificación de las costumbres. Garabandal comenzó justamente en la frontera entre un mundo que se apagaba y otro nuevo que luchaba por surgir.

 

Quizá por eso sus imágenes resultan tan poderosas. No muestran únicamente a cuatro niñas mirando al cielo. Muestran un país que estaba desapareciendo mientras ellas miraban.

 

Después de recorrer los lugares, los documentos, las fotografías, las películas y los testimonios, la pregunta más difícil continúa siendo también la más sencilla: ¿qué vieron aquellas niñas?

 

Una explicación natural debe afrontar determinados aspectos desconcertantes: la duración del fenómeno, la cantidad de testigos, las marchas, las aparentes alteraciones de sensibilidad, la coordinación de algunos éxtasis y la persistencia de la historia durante años. Ninguno de esos elementos demuestra por sí mismo una intervención sobrenatural, pero juntos explican por qué Garabandal no desapareció rápidamente como una simple travesura infantil.

 

La explicación sobrenatural afronta dificultades igualmente importantes: las retractaciones, la ausencia de una prueba concluyente, las profecías todavía incumplidas, el caso de Joey Lomangino y la posición negativa que las autoridades eclesiásticas mantuvieron respecto de la sobrenaturalidad de los acontecimientos.

 

Entre ambos extremos queda un territorio inmenso formado por la psicología, la sugestión colectiva, las experiencias religiosas, la memoria, las dinámicas sociales de pequeñas comunidades y la posibilidad de que determinados fenómenos humanos sean mucho más complejos de lo que nuestras categorías habituales permiten describir.

 

No sé qué vieron.

 

Pero algo ocurrió en Garabandal.

 

Aunque ese algo hubiera sucedido únicamente en la mente de cuatro niñas, sus consecuencias fueron completamente reales.

 

Regreso hacia el pueblo por el mismo camino y la dirección cambia la perspectiva. Ahora la pendiente se encuentra delante de mis ojos. Puedo observar dónde coloco los pies, reducir el paso cuando el terreno lo exige y detenerme si quiero. Pienso otra vez en las muchachas recorriendo estos caminos con la cabeza inclinada hacia atrás, aparentemente sin mirar el suelo y, según numerosos testimonios, desplazándose en ocasiones de espaldas.

 

La pregunta regresa inevitablemente: cómo lo hacían.

 

No tengo una respuesta. Puede existir una explicación fisiológica o psicológica para aquellos estados; algunos relatos pueden haberse engrandecido con el tiempo; unas niñas acostumbradas desde pequeñas a estos caminos podían recorrerlos con una facilidad que sorprendería a un visitante. Y puede también que quienes creen en Garabandal tengan razón cuando sostienen que durante aquellos éxtasis sucedía algo que todavía no comprendemos. El paisaje no resuelve ninguna de esas posibilidades, pero permite formular mejor las preguntas.

 

Cuando alcanzo nuevamente las primeras casas, vuelvo la mirada. Los Pinos continúan arriba y desde aquí parecen simplemente un pequeño grupo de árboles sobre la montaña. Quizá ésa sea la imagen que mejor resume Garabandal: abajo, un pueblo pequeño; arriba, unos pinos; entre ambos, un camino.

 

Y alrededor de esos tres elementos, una historia desmesurada.

 

Me marcho de Garabandal pensando que quizá su verdadero monumento no sea una iglesia, una imagen ni siquiera Los Pinos.

 

Es el tiempo.

 

Sesenta y cinco años de tiempo acumulado sobre una profecía.

 

Generaciones enteras han escuchado que el Aviso llegará, que después se producirá el Milagro y que Conchita anunciará su fecha ocho días antes. Cada crisis mundial ha despertado nuevamente las preguntas. Cada guerra, cada amenaza, cada acontecimiento inesperado ha llevado a alguien a preguntarse si habrá comenzado por fin la secuencia anunciada.

 

Hasta ahora, no. No lo ha hecho.

 

Puede que nunca ocurra nada. Puede que Garabandal termine siendo estudiado algún día exclusivamente como un extraordinario fenómeno religioso, psicológico y social de la España del siglo XX. Puede que las profecías continúen reinterpretándose a medida que pasan las generaciones.

 

O puede que algún día una mujer anciana tome el teléfono y diga que ha llegado el momento.

 

Entonces comenzará un periodo de ocho días como ningún otro.

 

Hasta que eso ocurra —si ocurre—, San Sebastián de Garabandal continuará aquí, entre las montañas frías y húmedas de Cantabria, con sus casas, su iglesia, sus caminos y aquellos pinos hacia los que levantaron la mirada cuatro niñas durante el verano de 1961.

 

De Umbe, de Medjugorje, de Lourdes, uno se marcha preguntándose qué ocurrió.

 

De Garabandal uno se marcha preguntándose qué ocurrirá.

 

Y cuando abandono el pueblo y la montaña empieza a desaparecer detrás de mí, comprendo que ésa es quizá la esencia de todo el misterio. Garabandal no vive solamente del recuerdo de unas apariciones.

 

Vive de una promesa pendiente.

 

De una fecha que supuestamente conoce una sola persona.

 

De ocho días que todavía no han comenzado.

 

Y de unos pinos que continúan esperando al más allá.

 

 

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