Calla sobre la amenaza china y rusa sobre el Ártico
Europa envía tropas a Groenlandia para "protegerla" de Estados Unidos
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La ministra de Negocios y Recursos Minerales de Groenlandia, Naaja Nathanielsen, no buscaba palabras dramáticas cuando habló ante el Parlamento británico este martes. Simplemente describió, quizás algo exageradamente, lo que ve cada día en su isla: "La gente no duerme, los niños tienen miedo, y esto lo llena todo en estos días. Y realmente no podemos entenderlo".
Mientras pronunciaba esas palabras en Londres, a más de 4.000 kilómetros de distancia, en Washington, se preparaba una reunión que nadie esperaba que trajera buenas noticias. Y no las trajo.
El miércoles 14 de enero, poco después de las cuatro de la tarde, cuatro personas se sentaron en una sala del Edificio Ejecutivo Eisenhower, en el complejo de la Casa Blanca. De un lado: el vicepresidente estadounidense J.D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. Del otro: el ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen, y la ministra de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt.
La reunión duró cincuenta minutos. Fue la primera vez que los tres gobiernos —Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia— se sentaban formalmente a discutir el elefante en la habitación: el interés de Donald Trump por anexionarse la isla ártica.
Horas antes del encuentro, Trump había lanzado un mensaje en Truth Social que dejaba claro cuál era su posición: "Estados Unidos necesita Groenlandia por motivos de seguridad nacional. Es vital para la Cúpula Dorada que estamos construyendo. La OTAN debería liderar el camino para que la consigamos. ¡Si no lo hacemos nosotros, lo harán Rusia o China, y eso no va a suceder!".
Cuando terminó la reunión, la delegación danesa-groenlandesa salió a dar una rueda de prensa en la embajada de Dinamarca. Las caras lo decían todo.
"No es fácil pensar en soluciones cuando cada mañana te despiertas con una amenaza nueva", lamentó Rasmussen, con una mezcla de cansancio y frustración que no intentó disimular. El ministro danés reconoció lo evidente: existe un "desacuerdo fundamental" entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia sobre el futuro del territorio.
Motzfeldt, la ministra groenlandesa, intentó un tono más conciliador: "Esta ha sido una reunión que se ha llevado con respeto, hemos dejado claro nuestros límites y a partir de ahí hay que mirar al futuro. Me gustaría dejar claro que hay esperanza".
Esperanza de qué, exactamente, no quedó claro. Porque el único resultado tangible de la reunión fue la creación de un "grupo de trabajo de alto nivel" para buscar una "solución común" a las discrepancias. Es decir: más reuniones para hablar de lo mismo sin llegar a ningún lado.
Cuando los periodistas le preguntaron a Trump sobre la reunión, su respuesta fue la de siempre: "Veremos qué pasa con Groenlandia. Necesitamos Groenlandia para la seguridad nacional, así que veremos qué pasa". Luego llegó la parte inquietante: "Si no entramos, Rusia y China lo harán. Dinamarca no puede hacer nada al respecto, pero nosotros podemos hacer todo al respecto".
El viernes 10 de enero, Trump había sido aún más explícito: "Vamos a hacer algo con Groenlandia, les guste o no, porque si no lo hacemos, Rusia o China se apoderarán de ella". Y cuando le preguntaron si estaba considerando usar la fuerza militar, su respuesta fue clara: si no puede conseguirlo "por las buenas", lo hará "por las malas".
No son fanfarronadas vacías. Trump ya demostró el 3 de enero, cuando fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas, que cuando dice que va a hacer algo, lo hace.
Un día antes de la reunión en Washington, el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, había comparecido en Copenhague junto a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Su mensaje fue tajante y directo, sin espacio para la ambigüedad.
"Nos enfrentamos ahora a una crisis geopolítica y, si tenemos que elegir entre Estados Unidos y Dinamarca aquí y ahora, elegimos Dinamarca", declaró Nielsen. "Elegimos la OTAN, el reino de Dinamarca y la Unión Europea".
Frederiksen, por su parte, calificó la presión de Trump como "totalmente inaceptable" viniendo de "nuestro aliado más cercano". Admitió que la situación no ha sido fácil y que "hay muchos indicios de que la parte más difícil está por venir".
Los líderes de los partidos políticos de Groenlandia, incluida la oposición, emitieron un comunicado conjunto sin precedentes: "No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses. El futuro de Groenlandia debe ser decidido por el pueblo groenlandés".
Si la reunión de Washington fue un fracaso diplomático, lo que vino después fue un despliegue militar coordinado sin precedentes en tiempos de paz entre aliados de la OTAN.
El mismo miércoles 14 de enero, horas antes de la reunión en la Casa Blanca, el Ministerio de Defensa de Dinamarca anunció un "incremento inmediato" de su presencia militar en Groenlandia y en las maniobras en el territorio, en colaboración con sus aliados de la OTAN. Dinamarca envió un comando de avanzada a la isla para preparar la llegada de más efectivos militares. No fueron los únicos.
El presidente francés Emmanuel Macron, con un mínimo de aceptación por parte de los franceses, ha anunciado en X la participación de Francia en lo que llamó "Operación Resistencia Ártica" (Opération Endurance Arctique): "Por petición de Dinamarca, he decidido que Francia participará en ejercicios conjuntos organizados por Dinamarca en Groenlandia. Los primeros elementos militares franceses ya están en camino. Otros los seguirán".
Macron ha convocado un Consejo de Defensa extraordinario para estudiar la situación. Días antes, en una reunión con su consejo de ministros, había advertido que una posible violación a la soberanía de Groenlandia traería consigo "consecuencias en cascada inéditas".
Pero Francia no está sola. Alemania, con otro gobierno socialglobalista bajo mínimos, anunció que participaría "con otras naciones europeas entre el 15 y el 17 de enero en una actividad de reconocimiento en Groenlandia". Suecia y Noruega también confirmaron el envío de oficiales para "estudiar de forma conjunta posibles formas de cooperar para incrementar la seguridad en la región".
Esto es, en la práctica, lo que la UE entiende por una respuesta militar europea coordinada a la amenaza estadounidense. Algo impensable hace apenas un mes.
Desde Bruselas, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, mientras trata de sobrevivir a una moción de censura, envió un mensaje directo a los groenlandeses: "Es importante que los groenlandeses sepan, con actos y no sólo con palabras, que respetamos sus aspiraciones e intereses, y que pueden contar con nosotros".
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, había avanzado días atrás la necesidad de reforzar la presencia aliada en la isla ártica. Varios países europeos, como Alemania y Reino Unido, habían sugerido que esta podría ser la fórmula para aplacar la supuesta preocupación de Trump por la seguridad de Groenlandia ante Rusia y China.
La ironía es notable y diga del comportamiento tragicómico que rodea a los líderes europeos: Trump argumenta que necesita Groenlandia para protegerla de Rusia y China, pero su amenaza de anexión ha terminado provocando un despliegue militar europeo en la isla para protegerla... de Estados Unidos.
Rasmussen intentó tender puentes reconociendo que Dinamarca y Groenlandia comparten algunas de las preocupaciones de Trump en materia de defensa. "Definitivamente hay una nueva situación de seguridad en el Ártico", admitió. Señaló que Dinamarca había destinado unos 15.000 millones de dólares en los últimos años a capacidades militares en el Alto Norte.
"La gran diferencia es si eso debe llevar a una situación en la que Estados Unidos adquiera Groenlandia", continuó. "Eso no es en absoluto necesario". Rasmussen recordó que Groenlandia, como parte del reino danés, ya está bajo la protección de la OTAN, y que existe un acuerdo de la época de la Guerra Fría que da al ejército estadounidense acceso generalizado a Groenlandia. "La seguridad a largo plazo de Groenlandia puede garantizarse dentro del marco actual", concluyó.
Pero Trump no parece interesado en el marco actual. En su publicación en Truth Social del miércoles, fue explícito: "La OTAN se vuelve mucho más formidable y eficaz con Groenlandia en manos de Estados Unidos. Cualquier otra opción es inaceptable".
Algunos analistas consideran que, independientemente del resultado final, Trump ya ha conseguido algo importante. "Ya es un logro para Trump que se esté negociando precisamente la soberanía de Groenlandia, algo que no estaba sobre la mesa hace apenas más de un año", señaló el periodista David Alandete en el programa español La Linterna.
Es cierto: el simple hecho de que Dinamarca y Groenlandia hayan tenido que sentarse a discutir formalmente el futuro de la isla representa un cambio radical. Hace dos años, la idea de que Estados Unidos pudiera anexionarse Groenlandia era una broma. Hoy es una crisis geopolítica que moviliza ejércitos.
Rasmussen reconoció que "no es fácil" pensar en soluciones cuando cada día trae una nueva amenaza. Motzfeldt insistió en que la reunión se llevó "con respeto" y que habían "dejado claro sus límites". Pero nadie se hizo ilusiones.
Los líderes de Groenlandia han anunciado que adelantarán la reunión del Inatsisartut, el parlamento groenlandés, para debatir su respuesta a las consideraciones del Gobierno de Trump. El parlamento se había reunido por última vez en noviembre y estaba previsto que volviera a hacerlo el 3 de febrero, pero la urgencia de la situación obliga a convocar una sesión extraordinaria. La fecha aún no se ha determinado, pero la agenda es clara: decidir cómo responde Groenlandia a un aliado histórico que se ha convertido, de facto, en una amenaza.
En Nuuk, la pequeña capital de 19.000 habitantes, la conversación ha dejado de ser sobre el clima, la pesca o los planes del fin de semana. Ahora es sobre Trump. Sobre qué pasará si realmente intenta tomar la isla. Sobre si vendrán soldados estadounidenses. Sobre si habrá guerra. Sobre si Europa los protegerá. Sobre si Dinamarca puede realmente defender a Groenlandia de la primera potencia militar del mundo.
Son preguntas que ningún groenlandés imaginó que tendría que hacerse. Y no tienen respuestas fáciles.
Trump ha dicho que "veremos qué pasa" con Groenlandia. Esa frase, aparentemente anodina, es en realidad una amenaza: mantiene todas las opciones abiertas y mantiene la presión sobre Dinamarca y Groenlandia.
Europa ha respondido con un despliegue militar sin precedentes. Francia, Alemania, Suecia, Noruega —todos enviando efectivos a la isla para mostrar solidaridad con Dinamarca. La "Operación Resistencia Ártica" es un nombre apropiado: resistencia contra las ambiciones estadounidenses, aunque es curioso que esa "resistencia" no se haya movilizado antes frente a los intentos de penetración de Rusia y China.
Pero Trump no es de los que se rinden fácilmente. Ya forzó una negociación que hace un año era impensable. Ya puso sobre la mesa la opción militar. Ya demostró en Venezuela que cumple lo que promete.
Porque al final, la pregunta no es si Trump realmente quiere Groenlandia. La pregunta es hasta dónde está dispuesto a llegar para conseguirla.
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La ministra de Negocios y Recursos Minerales de Groenlandia, Naaja Nathanielsen, no buscaba palabras dramáticas cuando habló ante el Parlamento británico este martes. Simplemente describió, quizás algo exageradamente, lo que ve cada día en su isla: "La gente no duerme, los niños tienen miedo, y esto lo llena todo en estos días. Y realmente no podemos entenderlo".
Mientras pronunciaba esas palabras en Londres, a más de 4.000 kilómetros de distancia, en Washington, se preparaba una reunión que nadie esperaba que trajera buenas noticias. Y no las trajo.
El miércoles 14 de enero, poco después de las cuatro de la tarde, cuatro personas se sentaron en una sala del Edificio Ejecutivo Eisenhower, en el complejo de la Casa Blanca. De un lado: el vicepresidente estadounidense J.D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. Del otro: el ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen, y la ministra de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt.
La reunión duró cincuenta minutos. Fue la primera vez que los tres gobiernos —Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia— se sentaban formalmente a discutir el elefante en la habitación: el interés de Donald Trump por anexionarse la isla ártica.
Horas antes del encuentro, Trump había lanzado un mensaje en Truth Social que dejaba claro cuál era su posición: "Estados Unidos necesita Groenlandia por motivos de seguridad nacional. Es vital para la Cúpula Dorada que estamos construyendo. La OTAN debería liderar el camino para que la consigamos. ¡Si no lo hacemos nosotros, lo harán Rusia o China, y eso no va a suceder!".
Cuando terminó la reunión, la delegación danesa-groenlandesa salió a dar una rueda de prensa en la embajada de Dinamarca. Las caras lo decían todo.
"No es fácil pensar en soluciones cuando cada mañana te despiertas con una amenaza nueva", lamentó Rasmussen, con una mezcla de cansancio y frustración que no intentó disimular. El ministro danés reconoció lo evidente: existe un "desacuerdo fundamental" entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia sobre el futuro del territorio.
Motzfeldt, la ministra groenlandesa, intentó un tono más conciliador: "Esta ha sido una reunión que se ha llevado con respeto, hemos dejado claro nuestros límites y a partir de ahí hay que mirar al futuro. Me gustaría dejar claro que hay esperanza".
Esperanza de qué, exactamente, no quedó claro. Porque el único resultado tangible de la reunión fue la creación de un "grupo de trabajo de alto nivel" para buscar una "solución común" a las discrepancias. Es decir: más reuniones para hablar de lo mismo sin llegar a ningún lado.
Cuando los periodistas le preguntaron a Trump sobre la reunión, su respuesta fue la de siempre: "Veremos qué pasa con Groenlandia. Necesitamos Groenlandia para la seguridad nacional, así que veremos qué pasa". Luego llegó la parte inquietante: "Si no entramos, Rusia y China lo harán. Dinamarca no puede hacer nada al respecto, pero nosotros podemos hacer todo al respecto".
El viernes 10 de enero, Trump había sido aún más explícito: "Vamos a hacer algo con Groenlandia, les guste o no, porque si no lo hacemos, Rusia o China se apoderarán de ella". Y cuando le preguntaron si estaba considerando usar la fuerza militar, su respuesta fue clara: si no puede conseguirlo "por las buenas", lo hará "por las malas".
No son fanfarronadas vacías. Trump ya demostró el 3 de enero, cuando fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas, que cuando dice que va a hacer algo, lo hace.
Un día antes de la reunión en Washington, el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, había comparecido en Copenhague junto a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Su mensaje fue tajante y directo, sin espacio para la ambigüedad.
"Nos enfrentamos ahora a una crisis geopolítica y, si tenemos que elegir entre Estados Unidos y Dinamarca aquí y ahora, elegimos Dinamarca", declaró Nielsen. "Elegimos la OTAN, el reino de Dinamarca y la Unión Europea".
Frederiksen, por su parte, calificó la presión de Trump como "totalmente inaceptable" viniendo de "nuestro aliado más cercano". Admitió que la situación no ha sido fácil y que "hay muchos indicios de que la parte más difícil está por venir".
Los líderes de los partidos políticos de Groenlandia, incluida la oposición, emitieron un comunicado conjunto sin precedentes: "No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses. El futuro de Groenlandia debe ser decidido por el pueblo groenlandés".
Si la reunión de Washington fue un fracaso diplomático, lo que vino después fue un despliegue militar coordinado sin precedentes en tiempos de paz entre aliados de la OTAN.
El mismo miércoles 14 de enero, horas antes de la reunión en la Casa Blanca, el Ministerio de Defensa de Dinamarca anunció un "incremento inmediato" de su presencia militar en Groenlandia y en las maniobras en el territorio, en colaboración con sus aliados de la OTAN. Dinamarca envió un comando de avanzada a la isla para preparar la llegada de más efectivos militares. No fueron los únicos.
El presidente francés Emmanuel Macron, con un mínimo de aceptación por parte de los franceses, ha anunciado en X la participación de Francia en lo que llamó "Operación Resistencia Ártica" (Opération Endurance Arctique): "Por petición de Dinamarca, he decidido que Francia participará en ejercicios conjuntos organizados por Dinamarca en Groenlandia. Los primeros elementos militares franceses ya están en camino. Otros los seguirán".
Macron ha convocado un Consejo de Defensa extraordinario para estudiar la situación. Días antes, en una reunión con su consejo de ministros, había advertido que una posible violación a la soberanía de Groenlandia traería consigo "consecuencias en cascada inéditas".
Pero Francia no está sola. Alemania, con otro gobierno socialglobalista bajo mínimos, anunció que participaría "con otras naciones europeas entre el 15 y el 17 de enero en una actividad de reconocimiento en Groenlandia". Suecia y Noruega también confirmaron el envío de oficiales para "estudiar de forma conjunta posibles formas de cooperar para incrementar la seguridad en la región".
Esto es, en la práctica, lo que la UE entiende por una respuesta militar europea coordinada a la amenaza estadounidense. Algo impensable hace apenas un mes.
Desde Bruselas, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, mientras trata de sobrevivir a una moción de censura, envió un mensaje directo a los groenlandeses: "Es importante que los groenlandeses sepan, con actos y no sólo con palabras, que respetamos sus aspiraciones e intereses, y que pueden contar con nosotros".
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, había avanzado días atrás la necesidad de reforzar la presencia aliada en la isla ártica. Varios países europeos, como Alemania y Reino Unido, habían sugerido que esta podría ser la fórmula para aplacar la supuesta preocupación de Trump por la seguridad de Groenlandia ante Rusia y China.
La ironía es notable y diga del comportamiento tragicómico que rodea a los líderes europeos: Trump argumenta que necesita Groenlandia para protegerla de Rusia y China, pero su amenaza de anexión ha terminado provocando un despliegue militar europeo en la isla para protegerla... de Estados Unidos.
Rasmussen intentó tender puentes reconociendo que Dinamarca y Groenlandia comparten algunas de las preocupaciones de Trump en materia de defensa. "Definitivamente hay una nueva situación de seguridad en el Ártico", admitió. Señaló que Dinamarca había destinado unos 15.000 millones de dólares en los últimos años a capacidades militares en el Alto Norte.
"La gran diferencia es si eso debe llevar a una situación en la que Estados Unidos adquiera Groenlandia", continuó. "Eso no es en absoluto necesario". Rasmussen recordó que Groenlandia, como parte del reino danés, ya está bajo la protección de la OTAN, y que existe un acuerdo de la época de la Guerra Fría que da al ejército estadounidense acceso generalizado a Groenlandia. "La seguridad a largo plazo de Groenlandia puede garantizarse dentro del marco actual", concluyó.
Pero Trump no parece interesado en el marco actual. En su publicación en Truth Social del miércoles, fue explícito: "La OTAN se vuelve mucho más formidable y eficaz con Groenlandia en manos de Estados Unidos. Cualquier otra opción es inaceptable".
Algunos analistas consideran que, independientemente del resultado final, Trump ya ha conseguido algo importante. "Ya es un logro para Trump que se esté negociando precisamente la soberanía de Groenlandia, algo que no estaba sobre la mesa hace apenas más de un año", señaló el periodista David Alandete en el programa español La Linterna.
Es cierto: el simple hecho de que Dinamarca y Groenlandia hayan tenido que sentarse a discutir formalmente el futuro de la isla representa un cambio radical. Hace dos años, la idea de que Estados Unidos pudiera anexionarse Groenlandia era una broma. Hoy es una crisis geopolítica que moviliza ejércitos.
Rasmussen reconoció que "no es fácil" pensar en soluciones cuando cada día trae una nueva amenaza. Motzfeldt insistió en que la reunión se llevó "con respeto" y que habían "dejado claro sus límites". Pero nadie se hizo ilusiones.
Los líderes de Groenlandia han anunciado que adelantarán la reunión del Inatsisartut, el parlamento groenlandés, para debatir su respuesta a las consideraciones del Gobierno de Trump. El parlamento se había reunido por última vez en noviembre y estaba previsto que volviera a hacerlo el 3 de febrero, pero la urgencia de la situación obliga a convocar una sesión extraordinaria. La fecha aún no se ha determinado, pero la agenda es clara: decidir cómo responde Groenlandia a un aliado histórico que se ha convertido, de facto, en una amenaza.
En Nuuk, la pequeña capital de 19.000 habitantes, la conversación ha dejado de ser sobre el clima, la pesca o los planes del fin de semana. Ahora es sobre Trump. Sobre qué pasará si realmente intenta tomar la isla. Sobre si vendrán soldados estadounidenses. Sobre si habrá guerra. Sobre si Europa los protegerá. Sobre si Dinamarca puede realmente defender a Groenlandia de la primera potencia militar del mundo.
Son preguntas que ningún groenlandés imaginó que tendría que hacerse. Y no tienen respuestas fáciles.
Trump ha dicho que "veremos qué pasa" con Groenlandia. Esa frase, aparentemente anodina, es en realidad una amenaza: mantiene todas las opciones abiertas y mantiene la presión sobre Dinamarca y Groenlandia.
Europa ha respondido con un despliegue militar sin precedentes. Francia, Alemania, Suecia, Noruega —todos enviando efectivos a la isla para mostrar solidaridad con Dinamarca. La "Operación Resistencia Ártica" es un nombre apropiado: resistencia contra las ambiciones estadounidenses, aunque es curioso que esa "resistencia" no se haya movilizado antes frente a los intentos de penetración de Rusia y China.
Pero Trump no es de los que se rinden fácilmente. Ya forzó una negociación que hace un año era impensable. Ya puso sobre la mesa la opción militar. Ya demostró en Venezuela que cumple lo que promete.
Porque al final, la pregunta no es si Trump realmente quiere Groenlandia. La pregunta es hasta dónde está dispuesto a llegar para conseguirla.











