De vieja broma a crisis diplomática que amenaza a la OTAN
Groenlandia: La isla que Donald Trump quiere conquistar
![[Img #29532]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/3680_the-northern-lights-2157627_1920.jpg)
El domingo 4 de enero de 2026, mientras el Air Force One surcaba los cielos de regreso a Washington tras la operación en Venezuela, Donald Trump respondió a una pregunta sobre Groenlandia con palabras que se escucharían con atención en todas las cancillerías europeas: "Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional, y Dinamarca no va a poder hacerlo". Luego añadió con su característica parsimonia: "Nos preocuparemos de Groenlandia en unos dos meses... hablemos de Groenlandia en 20 días".
La isla más grande del mundo acababa de convertirse en el siguiente objetivo de un presidente que, apenas 24 horas antes, había demostrado en Caracas que sus amenazas ya no eran retórica vacía. Cuando las fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en su propia residencia y lo arrastraron hasta Nueva York, Trump envió un mensaje inequívoco al mundo: lo que dice, lo hace. Y llevaba años hablando de Groenlandia.
La primera vez que Trump mencionó públicamente su deseo de comprar Groenlandia fue en agosto de 2019, durante su primer mandato. Lo planteó como "una gran operación inmobiliaria", un negocio más en la cartera de un magnate convertido en presidente. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, lo despachó entonces como "una discusión absurda", recalcando que "Groenlandia no está en venta". Trump, ofendido, canceló su visita de Estado a Dinamarca programada para el 20 de agosto, escribiendo que Frederiksen no tenía "ningún interés en discutir la compra de Groenlandia".
El mundo se rio. Parecía otra de las excentricidades trumpianas, como cuando propuso comprar el Canal de Panamá o sugerir que se podía detener un huracán con una bomba nuclear. Pero Trump no olvidó. Durante la campaña de 2024, cuando aún no había regresado a la Casa Blanca, ya volvía sobre el tema. En diciembre de ese año publicó en redes sociales: "Por motivos de seguridad nacional y libertad en todo el mundo, Estados Unidos de América considera que la propiedad y el control de Groenlandia son una necesidad absoluta".
Poco después, su hijo Donald Trump Jr. aterrizó en Nuuk, la capital groenlandesa, en enero de 2025, con todo el aparato mediático a cuestas. Fue una visita "privada", insistieron desde el entorno Trump, aunque nadie creyó esa versión. El primer ministro de Groenlandia, Múte Bourup Egede, canceló una audiencia programada con el rey danés Federico X el mismo día de la visita de Trump Jr., en lo que analistas interpretaron como una demostración de independencia frente a Copenhague. La reunión fue reprogramada cuatro horas más tarde.
En marzo de 2025, fue el turno del vicepresidente J.D. Vance, quien viajó a la Base Espacial Pituffik, la instalación militar estadounidense más septentrional del planeta. Allí declaró que era "política de Estados Unidos" ver cambios en el liderazgo danés de la isla, aunque reconoció que los groenlandeses debían decidir su futuro. Nadie se reía ya.
En diciembre de 2025, Trump dio un paso más: nombró al gobernador de Louisiana, Jeff Landry, como emisario especial para Groenlandia. Landry agradeció en X el "honor" y se declaró "voluntario para hacer que Groenlandia forme parte de Estados Unidos". El ministro de Relaciones Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, se mostró "profundamente indignado" y calificó el nombramiento como "totalmente inaceptable". Dinamarca convocó al embajador estadounidense para "obtener una explicación".
Pero nada de esto se comparó con lo que vino después de Venezuela.
El sábado 3 de enero de 2026, el mundo despertó con la noticia de que fuerzas especiales estadounidenses habían ejecutado una operación quirúrgica en Caracas, capturando al presidente Nicolás Maduro en su propia casa y sacándolo del país. Fue una demostración de poder que nadie —ni siquiera los halcones del Pentágono— había previsto con tanta contundencia.
Las amenazas de Trump, hasta entonces consideradas hiperbólicas, adquirieron de pronto una densidad nueva. Si fue capaz de entrar en una capital extranjera y secuestrar a un presidente en funciones, ¿qué le impedía hacer lo mismo en una isla escasamente poblada del Ártico? La respuesta europea llegó rápida: el martes 6 de enero, los líderes de seis países de la OTAN —Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, España y Polonia— se unieron a Frederiksen para emitir una declaración conjunta inédita: "Groenlandia pertenece a su gente", sentenciaron, defendiendo "los principios de la Carta de las Naciones Unidas, entre ellos la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras".
Frederiksen fue más allá en sus advertencias. Si Estados Unidos "eligiera atacar militarmente a otro país de la OTAN", declaró, "entonces todo se pararía", incluyendo "la OTAN y la seguridad que se puso en marcha desde el final de la Segunda Guerra Mundial". Era, en palabras de analistas, el fin de una era: un aliado histórico de Estados Unidos amenazando públicamente con el colapso de la alianza atlántica si Washington seguía adelante con sus planes.
Desde la Casa Blanca, la portavoz Karoline Leavitt no cedió un milímetro. En un comunicado emitido el martes 7 de enero, reafirmó que "la adquisición de Groenlandia es una prioridad de seguridad nacional para Estados Unidos y que es vital para disuadir a nuestros adversarios en la región ártica". Y añadió la frase que heló la sangre en Europa: "El presidente y su equipo están debatiendo una serie de opciones para alcanzar este importante objetivo de política exterior y, por supuesto, el uso del ejército estadounidense es siempre una opción a disposición del comandante en jefe".
¿Por qué Groenlandia?
Para entender la obsesión de Trump hay que mirar más allá de la retórica y adentrarse en dos dimensiones: la estratégica y la económica.
Groenlandia ocupa una posición única en el planeta. Situada entre Estados Unidos y Europa, forma parte de lo que los militares llaman la "brecha GIUK": el paso marítimo entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido que conecta el Ártico con el Atlántico. Cualquier flota rusa que quiera acceder al Atlántico debe atravesar ese corredor. Durante la Guerra Fría, controlarlo era vital.
En 1941, Estados Unidos estableció su presencia militar en Thule, hoy conocida como Base Espacial Pituffik, a unos 1.200 kilómetros del Polo Norte. Es la instalación más septentrional de la Fuerza Aérea estadounidense y alberga el Duodécimo Escuadrón de Alerta Espacial, parte del Sistema de Alerta Temprana de Misiles Balísticos diseñado para detectar misiles balísticos intercontinentales lanzados contra Norteamérica. En 1951, Estados Unidos y Dinamarca firmaron un acuerdo de defensa que permitió el despliegue permanente de fuerzas estadounidenses en la isla.
Como explicaba en 1946 un memorando del funcionario del Departamento de Estado John Hickerson, según informó Associated Press, "el control de Groenlandia es indispensable para la seguridad de Estados Unidos". Entonces estaba comenzando la Guerra Fría y Washington consideraba que Groenlandia era esencial para su defensa. El presidente Harry Truman llegó a ofrecer 100 millones de dólares en oro por la isla. Dinamarca rechazó la oferta.
Hoy, el argumento de seguridad ha mutado. Ya no se trata solo de Rusia, sino también de China. "Es muy estratégica en este momento", declaró Trump esta semana. "Groenlandia está cubierta de barcos rusos y chinos por todas partes". El cambio climático ha abierto nuevas rutas marítimas en el Ártico antes bloqueadas por el hielo. La Organización Mundial del Comercio calcula que para 2035 se habrá multiplicado por más de siete el volumen de mercancías que cruzan el Ártico por la Ruta Marítima del Norte, próxima a Rusia.
Pero la seguridad es solo parte de la ecuación. La otra parte brilla con el resplandor de los minerales raros.
Groenlandia, con sus 2,16 millones de kilómetros cuadrados —el 80% cubiertos por hielo permanente—, esconde bajo su superficie uno de los yacimientos más codiciados del planeta. Según el Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia, la isla posee recursos de tierras raras evaluados en 36,1 millones de toneladas. Las estimaciones más optimistas apuntan que podría contener hasta el 25% de todas las tierras raras no descubiertas de la Tierra.
Las tierras raras —en realidad, 17 elementos metálicos— son el material del futuro. Se usan en drones, aerogeneradores, discos duros, motores de coches eléctricos, lentes de telescopios y aviones de caza. Son, literalmente, la columna vertebral de la tecnología moderna. Y China controla el 81% de su producción global.
Un informe de 2023 del propio Servicio Geológico concluyó que 25 de los 34 minerales que la Comisión Europea considera materias primas críticas se encuentran en Groenlandia. Esa lista incluye grafito, litio, cobre, níquel, cobalto, tungsteno, uranio, zinc, oro, molibdeno, niobio y tantalio. Son los ingredientes esenciales para la transición energética, la defensa y la electrónica de consumo.
Además, se estima que hay hidrocarburos por el equivalente energético de 28.430 millones de barriles de petróleo en la isla, según datos del GEUS, la Compañía Petrolera Nacional de Groenlandia y la Autoridad de Recursos Minerales de Groenlandia.
El problema es que extraer estos recursos es ferozmente caro. "Tienes el hielo, icebergs, muchas minas están en zonas de oscuridad durante muchos meses del año", explica a medios españoles el investigador Ricardo Burguete. "Además, la mayor parte de los yacimientos de petróleo son marinos y están a gran profundidad. Falta infraestructura física y portuaria, no hay logística y no existe mano de obra". A pesar de su enorme potencial, en Groenlandia apenas hay una mina en producción activa.
Pero Trump ha minimizado la importancia de los recursos. "Necesitamos Groenlandia por seguridad nacional, no por los minerales", declaró el mes pasado. Sin embargo, su antiguo asesor de seguridad nacional, Mike Waltz, sugirió en enero de 2024 que el foco estaba precisamente en esos "minerales críticos" y "recursos naturales".
Ayer miércoles 8 de enero, Marco Rubio, secretario de Estado de Trump, anunció que se reuniría "la semana que viene" con el Gobierno danés. La ministra de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt, y el jefe de la diplomacia danesa, Lars Løkke Rasmussen, acudirán a la cita. Rasmussen pidió a Washington sustituir "el cruce de gritos" por "un diálogo más sensato".
Según filtraciones a The Wall Street Journal, Rubio habría comunicado a legisladores que la opción preferida de Trump es comprar Groenlandia a Dinamarca, y que las amenazas militares son retórica, no señal de una invasión inminente. "No creo que haya nadie hablando de usar la fuerza militar en Groenlandia", declaró ante la prensa. "Se están buscando canales diplomáticos". Pero, al mismo tiempo, Rubio dijo: "Hay varias maneras de resolverlo". Y la Casa Blanca se niega a descartar la opción militar.
Sobre la mesa hay tres escenarios. El primero: que Estados Unidos compre Groenlandia, aunque requeriría la aprobación del Congreso estadounidense, una mayoría cualificada del Senado, el visto bueno de la Unión Europea y, conforme al derecho internacional, el consentimiento expreso de los propios groenlandeses en ejercicio de su derecho a la autodeterminación. Copenhague y Nuuk insisten en que la isla no está en venta.
El segundo escenario: una intervención militar que supondría atacar a un aliado de la OTAN y, por tanto, activar el Artículo Cinco de la alianza, que establece que los países miembros defenderán a cualquiera de ellos que sea atacado. Sería el fin de la OTAN tal como la conocemos.
El tercer escenario, quizá el más insidioso: fomentar el independentismo groenlandés mediante campañas de influencia. En agosto de 2025, Dinamarca ya convocó al encargado de negocios de Estados Unidos tras denuncias de que al menos tres altos funcionarios estadounidenses cercanos a Trump fueron vistos en Nuuk "tratando de identificar a personas a favor y en contra de un acercamiento con Estados Unidos", según reveló la televisión danesa.
Groenlandia tiene 57.000 habitantes, en su mayoría inuit. Una encuesta de enero de 2025 indicó que el 85% de los groenlandeses no quiere formar parte de Estados Unidos, aunque la mayoría aspira a independizarse de Dinamarca. El primer ministro Egede ha insistido en que "nosotros mismos determinaremos nuestro futuro" y que solo los groenlandeses tienen derecho a decidir sobre el destino de la isla.
Trump ha envuelto su doctrina expansionista en el lenguaje de la vieja Doctrina Monroe de 1823, que proclamaba que el hemisferio occidental era zona de influencia exclusiva de Estados Unidos. Pero él la llama "doctrina Donroe" —su propio apellido insertado en el concepto— y la aplica con una voracidad sin precedentes. Groenlandia, Venezuela, Cuba, el Canal de Panamá: todo entra en la misma narrativa de control hemisférico y proyección de poder.
Peter Harmsen, autor del libro Furia y hielo: Groenlandia, EEUU y Alemania en la segunda guerra mundial, lo resume así: "Todo se reduce a dos factores: ubicación y minerales, y realmente esto no ha cambiado".
El almirante retirado James Stavridis, excomandante supremo de la OTAN, declaró a CNN: "Conozco bastante bien a los daneses. Son gente dura. No me sorprendería verlos desplegar una fuerza militar allí para oponerse a una fuerza estadounidense. Estamos hablando del fin de la OTAN".
Lo que comenzó en agosto de 2019 como una boutade inmobiliaria se ha convertido en la mayor crisis diplomática entre Estados Unidos y Europa desde la invasión de Irak. La diferencia es que esta vez no hay terrorismo internacional ni armas de destrucción masiva como argumento. Solo hay una isla de hielo, 57.000 personas y la ambición desnuda de un presidente que acaba de demostrar en Caracas que cumple lo que promete.
El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, lo expresó con claridad tras el nombramiento del emisario especial de Trump: "Nuestro país no está en venta, y nuestro futuro no se decide por publicaciones en las redes sociales". Pero añadió algo revelador: "No hay motivos para el pánico ni para la preocupación".
Katie Miller, exasesora de Trump y esposa del influyente Stephen Miller, publicó días atrás una imagen de Groenlandia con los colores de la bandera estadounidense y la palabra "Pronto". Nielsen la calificó de irrespetuosa, pero no de imposible.
La reunión entre Rubio, Motzfeldt y Rasmussen de la próxima semana dirá mucho sobre cómo se resolverá esta partida. Trump ha dicho que hablará de Groenlandia "en 20 días". El reloj corre. Europa ha cerrado filas. Dinamarca ha advertido que cualquier agresión significaría el fin de la OTAN. Y Estados Unidos, por primera vez en décadas, parece dispuesto a poner a prueba hasta dónde llega la paciencia de sus aliados.
En Nuuk, mientras tanto, la vida sigue su curso bajo las auroras boreales. Los 57.000 groenlandeses observan con mezcla de incredulidad y orgullo cómo su remota isla se convierte en el epicentro de la geopolítica mundial. Saben que, al final, serán ellos quienes tengan la última palabra. Pero también saben que Trump no es de los que aceptan un no por respuesta.
Y ya demostró en Venezuela que sabe cómo conseguir lo que quiere.
![[Img #29532]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/01_2026/3680_the-northern-lights-2157627_1920.jpg)
El domingo 4 de enero de 2026, mientras el Air Force One surcaba los cielos de regreso a Washington tras la operación en Venezuela, Donald Trump respondió a una pregunta sobre Groenlandia con palabras que se escucharían con atención en todas las cancillerías europeas: "Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional, y Dinamarca no va a poder hacerlo". Luego añadió con su característica parsimonia: "Nos preocuparemos de Groenlandia en unos dos meses... hablemos de Groenlandia en 20 días".
La isla más grande del mundo acababa de convertirse en el siguiente objetivo de un presidente que, apenas 24 horas antes, había demostrado en Caracas que sus amenazas ya no eran retórica vacía. Cuando las fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en su propia residencia y lo arrastraron hasta Nueva York, Trump envió un mensaje inequívoco al mundo: lo que dice, lo hace. Y llevaba años hablando de Groenlandia.
La primera vez que Trump mencionó públicamente su deseo de comprar Groenlandia fue en agosto de 2019, durante su primer mandato. Lo planteó como "una gran operación inmobiliaria", un negocio más en la cartera de un magnate convertido en presidente. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, lo despachó entonces como "una discusión absurda", recalcando que "Groenlandia no está en venta". Trump, ofendido, canceló su visita de Estado a Dinamarca programada para el 20 de agosto, escribiendo que Frederiksen no tenía "ningún interés en discutir la compra de Groenlandia".
El mundo se rio. Parecía otra de las excentricidades trumpianas, como cuando propuso comprar el Canal de Panamá o sugerir que se podía detener un huracán con una bomba nuclear. Pero Trump no olvidó. Durante la campaña de 2024, cuando aún no había regresado a la Casa Blanca, ya volvía sobre el tema. En diciembre de ese año publicó en redes sociales: "Por motivos de seguridad nacional y libertad en todo el mundo, Estados Unidos de América considera que la propiedad y el control de Groenlandia son una necesidad absoluta".
Poco después, su hijo Donald Trump Jr. aterrizó en Nuuk, la capital groenlandesa, en enero de 2025, con todo el aparato mediático a cuestas. Fue una visita "privada", insistieron desde el entorno Trump, aunque nadie creyó esa versión. El primer ministro de Groenlandia, Múte Bourup Egede, canceló una audiencia programada con el rey danés Federico X el mismo día de la visita de Trump Jr., en lo que analistas interpretaron como una demostración de independencia frente a Copenhague. La reunión fue reprogramada cuatro horas más tarde.
En marzo de 2025, fue el turno del vicepresidente J.D. Vance, quien viajó a la Base Espacial Pituffik, la instalación militar estadounidense más septentrional del planeta. Allí declaró que era "política de Estados Unidos" ver cambios en el liderazgo danés de la isla, aunque reconoció que los groenlandeses debían decidir su futuro. Nadie se reía ya.
En diciembre de 2025, Trump dio un paso más: nombró al gobernador de Louisiana, Jeff Landry, como emisario especial para Groenlandia. Landry agradeció en X el "honor" y se declaró "voluntario para hacer que Groenlandia forme parte de Estados Unidos". El ministro de Relaciones Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, se mostró "profundamente indignado" y calificó el nombramiento como "totalmente inaceptable". Dinamarca convocó al embajador estadounidense para "obtener una explicación".
Pero nada de esto se comparó con lo que vino después de Venezuela.
El sábado 3 de enero de 2026, el mundo despertó con la noticia de que fuerzas especiales estadounidenses habían ejecutado una operación quirúrgica en Caracas, capturando al presidente Nicolás Maduro en su propia casa y sacándolo del país. Fue una demostración de poder que nadie —ni siquiera los halcones del Pentágono— había previsto con tanta contundencia.
Las amenazas de Trump, hasta entonces consideradas hiperbólicas, adquirieron de pronto una densidad nueva. Si fue capaz de entrar en una capital extranjera y secuestrar a un presidente en funciones, ¿qué le impedía hacer lo mismo en una isla escasamente poblada del Ártico? La respuesta europea llegó rápida: el martes 6 de enero, los líderes de seis países de la OTAN —Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, España y Polonia— se unieron a Frederiksen para emitir una declaración conjunta inédita: "Groenlandia pertenece a su gente", sentenciaron, defendiendo "los principios de la Carta de las Naciones Unidas, entre ellos la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras".
Frederiksen fue más allá en sus advertencias. Si Estados Unidos "eligiera atacar militarmente a otro país de la OTAN", declaró, "entonces todo se pararía", incluyendo "la OTAN y la seguridad que se puso en marcha desde el final de la Segunda Guerra Mundial". Era, en palabras de analistas, el fin de una era: un aliado histórico de Estados Unidos amenazando públicamente con el colapso de la alianza atlántica si Washington seguía adelante con sus planes.
Desde la Casa Blanca, la portavoz Karoline Leavitt no cedió un milímetro. En un comunicado emitido el martes 7 de enero, reafirmó que "la adquisición de Groenlandia es una prioridad de seguridad nacional para Estados Unidos y que es vital para disuadir a nuestros adversarios en la región ártica". Y añadió la frase que heló la sangre en Europa: "El presidente y su equipo están debatiendo una serie de opciones para alcanzar este importante objetivo de política exterior y, por supuesto, el uso del ejército estadounidense es siempre una opción a disposición del comandante en jefe".
¿Por qué Groenlandia?
Para entender la obsesión de Trump hay que mirar más allá de la retórica y adentrarse en dos dimensiones: la estratégica y la económica.
Groenlandia ocupa una posición única en el planeta. Situada entre Estados Unidos y Europa, forma parte de lo que los militares llaman la "brecha GIUK": el paso marítimo entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido que conecta el Ártico con el Atlántico. Cualquier flota rusa que quiera acceder al Atlántico debe atravesar ese corredor. Durante la Guerra Fría, controlarlo era vital.
En 1941, Estados Unidos estableció su presencia militar en Thule, hoy conocida como Base Espacial Pituffik, a unos 1.200 kilómetros del Polo Norte. Es la instalación más septentrional de la Fuerza Aérea estadounidense y alberga el Duodécimo Escuadrón de Alerta Espacial, parte del Sistema de Alerta Temprana de Misiles Balísticos diseñado para detectar misiles balísticos intercontinentales lanzados contra Norteamérica. En 1951, Estados Unidos y Dinamarca firmaron un acuerdo de defensa que permitió el despliegue permanente de fuerzas estadounidenses en la isla.
Como explicaba en 1946 un memorando del funcionario del Departamento de Estado John Hickerson, según informó Associated Press, "el control de Groenlandia es indispensable para la seguridad de Estados Unidos". Entonces estaba comenzando la Guerra Fría y Washington consideraba que Groenlandia era esencial para su defensa. El presidente Harry Truman llegó a ofrecer 100 millones de dólares en oro por la isla. Dinamarca rechazó la oferta.
Hoy, el argumento de seguridad ha mutado. Ya no se trata solo de Rusia, sino también de China. "Es muy estratégica en este momento", declaró Trump esta semana. "Groenlandia está cubierta de barcos rusos y chinos por todas partes". El cambio climático ha abierto nuevas rutas marítimas en el Ártico antes bloqueadas por el hielo. La Organización Mundial del Comercio calcula que para 2035 se habrá multiplicado por más de siete el volumen de mercancías que cruzan el Ártico por la Ruta Marítima del Norte, próxima a Rusia.
Pero la seguridad es solo parte de la ecuación. La otra parte brilla con el resplandor de los minerales raros.
Groenlandia, con sus 2,16 millones de kilómetros cuadrados —el 80% cubiertos por hielo permanente—, esconde bajo su superficie uno de los yacimientos más codiciados del planeta. Según el Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia, la isla posee recursos de tierras raras evaluados en 36,1 millones de toneladas. Las estimaciones más optimistas apuntan que podría contener hasta el 25% de todas las tierras raras no descubiertas de la Tierra.
Las tierras raras —en realidad, 17 elementos metálicos— son el material del futuro. Se usan en drones, aerogeneradores, discos duros, motores de coches eléctricos, lentes de telescopios y aviones de caza. Son, literalmente, la columna vertebral de la tecnología moderna. Y China controla el 81% de su producción global.
Un informe de 2023 del propio Servicio Geológico concluyó que 25 de los 34 minerales que la Comisión Europea considera materias primas críticas se encuentran en Groenlandia. Esa lista incluye grafito, litio, cobre, níquel, cobalto, tungsteno, uranio, zinc, oro, molibdeno, niobio y tantalio. Son los ingredientes esenciales para la transición energética, la defensa y la electrónica de consumo.
Además, se estima que hay hidrocarburos por el equivalente energético de 28.430 millones de barriles de petróleo en la isla, según datos del GEUS, la Compañía Petrolera Nacional de Groenlandia y la Autoridad de Recursos Minerales de Groenlandia.
El problema es que extraer estos recursos es ferozmente caro. "Tienes el hielo, icebergs, muchas minas están en zonas de oscuridad durante muchos meses del año", explica a medios españoles el investigador Ricardo Burguete. "Además, la mayor parte de los yacimientos de petróleo son marinos y están a gran profundidad. Falta infraestructura física y portuaria, no hay logística y no existe mano de obra". A pesar de su enorme potencial, en Groenlandia apenas hay una mina en producción activa.
Pero Trump ha minimizado la importancia de los recursos. "Necesitamos Groenlandia por seguridad nacional, no por los minerales", declaró el mes pasado. Sin embargo, su antiguo asesor de seguridad nacional, Mike Waltz, sugirió en enero de 2024 que el foco estaba precisamente en esos "minerales críticos" y "recursos naturales".
Ayer miércoles 8 de enero, Marco Rubio, secretario de Estado de Trump, anunció que se reuniría "la semana que viene" con el Gobierno danés. La ministra de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt, y el jefe de la diplomacia danesa, Lars Løkke Rasmussen, acudirán a la cita. Rasmussen pidió a Washington sustituir "el cruce de gritos" por "un diálogo más sensato".
Según filtraciones a The Wall Street Journal, Rubio habría comunicado a legisladores que la opción preferida de Trump es comprar Groenlandia a Dinamarca, y que las amenazas militares son retórica, no señal de una invasión inminente. "No creo que haya nadie hablando de usar la fuerza militar en Groenlandia", declaró ante la prensa. "Se están buscando canales diplomáticos". Pero, al mismo tiempo, Rubio dijo: "Hay varias maneras de resolverlo". Y la Casa Blanca se niega a descartar la opción militar.
Sobre la mesa hay tres escenarios. El primero: que Estados Unidos compre Groenlandia, aunque requeriría la aprobación del Congreso estadounidense, una mayoría cualificada del Senado, el visto bueno de la Unión Europea y, conforme al derecho internacional, el consentimiento expreso de los propios groenlandeses en ejercicio de su derecho a la autodeterminación. Copenhague y Nuuk insisten en que la isla no está en venta.
El segundo escenario: una intervención militar que supondría atacar a un aliado de la OTAN y, por tanto, activar el Artículo Cinco de la alianza, que establece que los países miembros defenderán a cualquiera de ellos que sea atacado. Sería el fin de la OTAN tal como la conocemos.
El tercer escenario, quizá el más insidioso: fomentar el independentismo groenlandés mediante campañas de influencia. En agosto de 2025, Dinamarca ya convocó al encargado de negocios de Estados Unidos tras denuncias de que al menos tres altos funcionarios estadounidenses cercanos a Trump fueron vistos en Nuuk "tratando de identificar a personas a favor y en contra de un acercamiento con Estados Unidos", según reveló la televisión danesa.
Groenlandia tiene 57.000 habitantes, en su mayoría inuit. Una encuesta de enero de 2025 indicó que el 85% de los groenlandeses no quiere formar parte de Estados Unidos, aunque la mayoría aspira a independizarse de Dinamarca. El primer ministro Egede ha insistido en que "nosotros mismos determinaremos nuestro futuro" y que solo los groenlandeses tienen derecho a decidir sobre el destino de la isla.
Trump ha envuelto su doctrina expansionista en el lenguaje de la vieja Doctrina Monroe de 1823, que proclamaba que el hemisferio occidental era zona de influencia exclusiva de Estados Unidos. Pero él la llama "doctrina Donroe" —su propio apellido insertado en el concepto— y la aplica con una voracidad sin precedentes. Groenlandia, Venezuela, Cuba, el Canal de Panamá: todo entra en la misma narrativa de control hemisférico y proyección de poder.
Peter Harmsen, autor del libro Furia y hielo: Groenlandia, EEUU y Alemania en la segunda guerra mundial, lo resume así: "Todo se reduce a dos factores: ubicación y minerales, y realmente esto no ha cambiado".
El almirante retirado James Stavridis, excomandante supremo de la OTAN, declaró a CNN: "Conozco bastante bien a los daneses. Son gente dura. No me sorprendería verlos desplegar una fuerza militar allí para oponerse a una fuerza estadounidense. Estamos hablando del fin de la OTAN".
Lo que comenzó en agosto de 2019 como una boutade inmobiliaria se ha convertido en la mayor crisis diplomática entre Estados Unidos y Europa desde la invasión de Irak. La diferencia es que esta vez no hay terrorismo internacional ni armas de destrucción masiva como argumento. Solo hay una isla de hielo, 57.000 personas y la ambición desnuda de un presidente que acaba de demostrar en Caracas que cumple lo que promete.
El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, lo expresó con claridad tras el nombramiento del emisario especial de Trump: "Nuestro país no está en venta, y nuestro futuro no se decide por publicaciones en las redes sociales". Pero añadió algo revelador: "No hay motivos para el pánico ni para la preocupación".
Katie Miller, exasesora de Trump y esposa del influyente Stephen Miller, publicó días atrás una imagen de Groenlandia con los colores de la bandera estadounidense y la palabra "Pronto". Nielsen la calificó de irrespetuosa, pero no de imposible.
La reunión entre Rubio, Motzfeldt y Rasmussen de la próxima semana dirá mucho sobre cómo se resolverá esta partida. Trump ha dicho que hablará de Groenlandia "en 20 días". El reloj corre. Europa ha cerrado filas. Dinamarca ha advertido que cualquier agresión significaría el fin de la OTAN. Y Estados Unidos, por primera vez en décadas, parece dispuesto a poner a prueba hasta dónde llega la paciencia de sus aliados.
En Nuuk, mientras tanto, la vida sigue su curso bajo las auroras boreales. Los 57.000 groenlandeses observan con mezcla de incredulidad y orgullo cómo su remota isla se convierte en el epicentro de la geopolítica mundial. Saben que, al final, serán ellos quienes tengan la última palabra. Pero también saben que Trump no es de los que aceptan un no por respuesta.
Y ya demostró en Venezuela que sabe cómo conseguir lo que quiere.











