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Sábado, 24 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:
Misiles enterrados, ciudades subglaciales y el regreso del Gran Juego ártico

Camp Century: bajo el hielo de Groenlandia, donde la guerra nunca se derritió

[Img #29652]El avión avanza sobre una extensión blanca sin horizonte. Desde el aire, Groenlandia no parece un territorio: parece una negación del mundo. No hay carreteras, no hay ciudades, no hay señales humanas. Solo hielo. Kilómetros de hielo antiguo, compacto, silencioso.

 

Pero bajo esa superficie inmutable —bajo decenas de metros de nieve y capas glaciares en lento movimiento— Estados Unidos intentó esconder uno de los proyectos militares más ambiciosos y secretos de la Guerra Fría. Una ciudad enterrada. Un reactor nuclear. Y la idea, nunca ejecutada, de desplegar misiles nucleares móviles bajo el hielo.

 

El nombre en clave fue Project Iceworm (1959-1966).


Y durante décadas, casi nadie supo que había existido.

 

El nacimiento de una idea imposible

 

Finales de los años cincuenta. El mundo vive bajo el equilibrio del terror. Washington y Moscú se vigilan mutuamente, obsesionados con la posibilidad de un ataque preventivo que lo cambie todo en minutos.

 

La pregunta que obsesiona a los estrategas estadounidenses es simple y brutal: ¿cómo garantizar la supervivencia del arsenal nuclear si el enemigo golpea primero?

 

La respuesta no vino de un nuevo misil, sino de un mapa.

 

Groenlandia ofrecía lo que ningún otro lugar del planeta podía dar: aislamiento extremo, control aéreo del Ártico, cercanía estratégica a la Unión Soviética y, sobre todo, una capa de hielo capaz de ocultar cualquier infraestructura militar.

 

La idea fue tan audaz como temeraria: excavar una red de túneles subglaciales, invisibles desde el aire, donde los misiles pudieran moverse constantemente, imposibles de localizar o destruir en un solo ataque.

 

El hielo como blindaje.
El frío como cómplice.
El silencio como arma.

 

Camp Century: la ciudad bajo el hielo

 

Para comprobar si aquella visión era viable, el Ejército de Estados Unidos construyó una base experimental. Su nombre oficial: Camp Century.

 

Era 1959.

 

A casi 200 kilómetros de la costa, ingenieros y soldados comenzaron a excavar directamente dentro del hielo, no en roca. Túneles largos, rectilíneos, cubiertos por bóvedas de nieve endurecida. Bajo ellos, una pequeña ciudad:

 

Dormitorios.
Hospital.
Capilla.
Cocinas.
Laboratorios.
Talleres.
Centros de mando.

 

Y lo más inquietante de todo: un reactor nuclear portátil, el PM-2A, capaz de proporcionar electricidad y calor en mitad del Ártico.

 

Oficialmente, Camp Century era un centro de investigación polar. En la práctica, era el prototipo de una base nuclear enterrada, un ensayo general para un despliegue mucho mayor.

 

Hasta doscientas personas llegaron a vivir allí. Comían, dormían y trabajaban bajo toneladas de hielo que crujía y se desplazaba lentamente sobre sus cabezas.

 

El enemigo interior: el hielo no obedece

 

Muy pronto apareció el problema que nadie había querido escuchar. El hielo no es estable. No es estático. No es dócil. 

 

Se mueve. Fluye. Se deforma como un océano sólido. Los túneles comenzaron a cerrarse, a torcerse, a descender centímetro a centímetro. Las paredes se arqueaban. Los techos bajaban. El mantenimiento era constante, agotador, interminable.

 

Lo que en los despachos de Washington parecía una obra maestra de ingeniería, en el subsuelo de Groenlandia se reveló como una pesadilla logística.

 

Los informes internos fueron cada vez más claros: una red de misiles nucleares bajo el hielo no era viable.

 

El proyecto que nunca se anunció

 

El despliegue nuclear jamás llegó a producirse. Ningún misil fue instalado. Project Iceworm fue cancelado discretamente a mediados de los años sesenta. En 1966, Camp Century fue abandonada.

 

El reactor nuclear fue desmontado. Parte de los residuos fueron retirados. Otros quedaron allí, enterrados. Nadie pensó entonces en el largo plazo. El hielo parecía eterno. El secreto, definitivo. La base quedó sepultada bajo nuevas capas de nieve, borrada de la superficie… y de la memoria pública.

 

 

El redescubrimiento bajo el radar

 

Décadas después, el pasado volvió a emerger. Investigadores de la NASA, utilizando radar de penetración de hielo, detectaron estructuras geométricas imposibles de explicar como formaciones naturales. Líneas rectas. Cruces. Cavidades. Era Camp Century. Una ciudad fantasma enterrada a decenas de metros bajo el hielo. Las imágenes confirmaron lo que los documentos desclasificados ya insinuaban: la Guerra Fría sigue físicamente presente bajo Groenlandia.

 

El problema que nadie quiso heredar

 

Hoy, la cuestión ya no es militar. Es ambiental, política y moral. Bajo el hielo permanecen restos de residuos químicos, combustibles, materiales contaminantes e infraestructuras abandonadas.

 

Durante años, Dinamarca no fue plenamente informada del alcance real del proyecto. Y ahora, con el deshielo acelerado del Ártico, surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando los secretos enterrados empiezan a salir a la superficie?

 

El regreso del hielo: Trump y la isla que nunca dejó de importar

 

Durante décadas, Camp Century fue vista como una anomalía histórica. Un exceso de la Guerra Fría. Un delirio abandonado. Pero Groenlandia nunca dejó de importar. Y cuando el siglo XXI parecía haber desplazado el centro del poder hacia Asia y el ciberespacio, la isla blanca volvió al centro del tablero geopolítico. No por nostalgia, sino por estrategia. El nombre que reactivó el debate fue Donald Trump.

 

La obsesión que no era un capricho

 

Cuando Trump habló públicamente de “comprar Groenlandia”, muchos lo interpretaron como una extravagancia. Un titular llamativo. Una provocación. Pero en el Pentágono, la lectura fue distinta.

 

Groenlandia controla rutas aéreas y marítimas clave del Ártico. Alberga infraestructuras críticas como la base de Thule, nodo esencial del sistema de alerta temprana estadounidense. Y se encuentra en el centro de la competencia con Rusia, que militariza el Ártico, y China, que busca presencia económica y estratégica en la región. Nada de eso es nuevo. Es la misma lógica que impulsó Project Iceworm sesenta años antes: quien controle Groenlandia, controla el acceso norte a América.

 

Trump no hablaba de misiles bajo el hielo. Hablaba de control, acceso, seguridad y proyección de poder. Pero el trasfondo era idéntico.

 

Groenlandia responde

 

Desde Nuuk y Copenhague, la respuesta fue tajante: Groenlandia no está en venta. Pero el episodio dejó algo claro: la isla ya no puede permitirse ser invisible. Su estatus político, su relación con Dinamarca y su papel en la OTAN están bajo escrutinio constante.

 

Lo que en los años sesenta se ocultó bajo toneladas de hielo, hoy se discute abiertamente en foros internacionales.

 

Ya no hacen falta túneles secretos. Ni reactores enterrados.
Ni ciudades subglaciales. El pulso por Groenlandia se libra ahora a plena luz del día.

 

Epílogo: el hielo recuerda

 

Camp Century sigue ahí abajo. Deformada. Aplastada. Silenciosa.
 

Un monumento involuntario a la lógica extrema de la Cold War.

 

Pero el interés contemporáneo por Groenlandia demuestra algo inquietante: las razones que llevaron a excavar bajo el hielo no han desaparecido.

 

El hielo se derrite.
Las rutas se abren.
Las potencias regresan al norte.

 

Y bajo Groenlandia, enterrado pero no olvidado, late todavía el corazón congelado de una guerra que nunca terminó del todo.

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