Aquel pacto con Garaico, Ardanza y Arzalluz
Los tres se han marchado al infinito desde su tierra vasca. Eran muy distintos estos tres caballeros de la política en medio del contencioso por derechos en el que ETA fue vanguardia, instrumento, fuente de negocios inconfesables, miserable etapa de la que debería ocuparse esa memoria democrática e histórica que predica el sanchismo y que sólo con el franquismo ha sido un fracaso 2025, que ha logrado lo contrario. La generación de los actuales ciudadanos que son de la edad de mis hijos, descubrieron cómo determinados problemas -vivienda, poder adquisitivo de la peseta, derecho a una pensión, asistencia sanitaria en un hospital público y seguridad en las calles- estuvieran mejor resueltos y pagando menos impuestos o desde luego con menos instancias de personal y burocracia mientras hoy lucen palmito la clase política y los liberados sindicales. -Es que hasta los sindicalistas de la oprobiosa, trabajaban sin liberaciones ociosas pelín próximas a las corruptelas- .
Los tres fueron importantes dirigentes políticos desde el nacionalismo presuntamente democrático y antiespañolistas. Lograron un Estatuto de Autonomía de máximos con un reconocimiento a unos derechos forales que de inmediato señalaron como históricos, como si las demás regiones de España no tuvieran derechos históricos a los que yo añado deuda histórica precisamente por los desequilibrios y desigualdades que desde la oprobiosa se practicaron con vascos y catalanes a costa de los demás pueblos de la histórica Hispania.
Pero fueron diferentes. Puedo decirlo con conocimiento en el tiempo y en el espacio, muy en especial aquella Mesa de Ajuria Enea dónde administrábamos un pacto para la pacificación y normalización de Euskadi azotada por el terrorismo, con sus connotaciones económicas, sociales, culturales y desde luego en los conceptos de libertad y democracia.
Ardanza era un caballero. Un hombre culto y bueno. De palabra a estilo vasco de antaño. Cuando nos reuníamos en la casa de los Ajurias en el paseo de la Senda en Vitoria, siempre nos decía: "no me lo cabréis que luego lo tengo que aguantar yo". se estaba refiriendo al todo poderoso Arzalluz. Propuso a Ibarreche como alternativa más saludable que Eguibar, un radical del PNV guipuzcoano.
Arzalluz era un intelectual con una formación dialéctica jesuítica. Tenía un carisma entre casero vasco y profesor en Deusto. Estaba convencido que Euskadi llegaría imparablemente a ser nación con Estado más o menos relacionada con Francia y España. Hizo uso de ETA, pero odiaba a los dirigentes etarras pues no en vano representaba los viejos principios de la internacional demócratacristiana, por tanto a la derecha del espectro político, de ahí que no le costara tanto llevarse bien con Aznar y apoyarlo para su primera presidencia del gobierno español. Fue el inductor para la dispersión de los presos de ETA y abogaba por un diálogo con tres interlocutores. Estado español, PNV y ETA.
Garaicoechea era el guaperas, carismático, suave, florentino, quería ser el Moisés para el pueblo elegido de Aitor. Tengo dos experiencias con él. Fue uno de los primeros en abandonar Euskadi desde su residencia en Ajuria Enea aquel 23-F-1981. Llevaba muy mal regresar a la Mesa de Ajuria Enea para ser un convidado más por Ardanza cuando el había sido el primer inquilino como Lendakari. Nunca me llevé bien con tal navarro. Era muy sinuoso y su conducta ante el terrorismo fue incierta, tanto desde el PNV como desde EA.
Garaicoechea sabía la que le estaban preparando a nuestro monarca Don Juan Carlos en su viaje a Euskadi y en aquella tumultuosa reunión en la Casa de Juntas en Guernica, y es que deseaba hacer sentir a los españoles el estigma de lo que representaba Herri Batasuna y su brazo armado etarra. Fue sin duda responsable del golpe de Estado. Los militares no podían soportar los asesinatos y la conducta casi justificativa del Gobierno Vasco que presidía Garaico. Cuando asesinaron al senador Casas, el secretario general de los socialistas guipuzcoanos, mi colega médico García Damborenea, casi le parte la cara en el cementerio. En ese momento los socialistas tomaron definitivamente la decisión de impulsar al GAL. Nunca compartí pancarta con tal caballero, también dotado de cierto carisma. Y frontalmente enfrentado a Arzalluz. Quería ser dueño y señor. Presidente del PNV y presidente del Gobierno Vasco. Tal ambición desencadenó una lucha fratricida que rompió al monolítico nacionalismo de Aguirre y Leizaola, con las doctrinas del iluminado Sabino Arana. Siempre estuvo más cerca de Herri Batasuna que del PSE.
Garaicoechea era muy presumido. Casi la otra cara de la moneda con Arzalluz. Había disfrutado con el máximo poder institucional de mayorías absolutas desde el Parlamento, Diputaciones Forales y Ayuntamientos con máxima importancia. Pero desde el perfil intelectual no alcanzaba a su oponente "el jesuita".
Terminamos por coincidir en la Mesa de Ajuria Enea. Nunca me dirigió la palabra. Despreciaba a los alaveses. Despreciaba a los gallegos. Despreciaba a Unidad Alavesa. Despreciaba a todos los que no le reconocieran como sucesor de los fundadores del viejo, católico y mitológico nacionalismo vasco.
Los tres se han marchado al infinito desde su tierra vasca. Eran muy distintos estos tres caballeros de la política en medio del contencioso por derechos en el que ETA fue vanguardia, instrumento, fuente de negocios inconfesables, miserable etapa de la que debería ocuparse esa memoria democrática e histórica que predica el sanchismo y que sólo con el franquismo ha sido un fracaso 2025, que ha logrado lo contrario. La generación de los actuales ciudadanos que son de la edad de mis hijos, descubrieron cómo determinados problemas -vivienda, poder adquisitivo de la peseta, derecho a una pensión, asistencia sanitaria en un hospital público y seguridad en las calles- estuvieran mejor resueltos y pagando menos impuestos o desde luego con menos instancias de personal y burocracia mientras hoy lucen palmito la clase política y los liberados sindicales. -Es que hasta los sindicalistas de la oprobiosa, trabajaban sin liberaciones ociosas pelín próximas a las corruptelas- .
Los tres fueron importantes dirigentes políticos desde el nacionalismo presuntamente democrático y antiespañolistas. Lograron un Estatuto de Autonomía de máximos con un reconocimiento a unos derechos forales que de inmediato señalaron como históricos, como si las demás regiones de España no tuvieran derechos históricos a los que yo añado deuda histórica precisamente por los desequilibrios y desigualdades que desde la oprobiosa se practicaron con vascos y catalanes a costa de los demás pueblos de la histórica Hispania.
Pero fueron diferentes. Puedo decirlo con conocimiento en el tiempo y en el espacio, muy en especial aquella Mesa de Ajuria Enea dónde administrábamos un pacto para la pacificación y normalización de Euskadi azotada por el terrorismo, con sus connotaciones económicas, sociales, culturales y desde luego en los conceptos de libertad y democracia.
Ardanza era un caballero. Un hombre culto y bueno. De palabra a estilo vasco de antaño. Cuando nos reuníamos en la casa de los Ajurias en el paseo de la Senda en Vitoria, siempre nos decía: "no me lo cabréis que luego lo tengo que aguantar yo". se estaba refiriendo al todo poderoso Arzalluz. Propuso a Ibarreche como alternativa más saludable que Eguibar, un radical del PNV guipuzcoano.
Arzalluz era un intelectual con una formación dialéctica jesuítica. Tenía un carisma entre casero vasco y profesor en Deusto. Estaba convencido que Euskadi llegaría imparablemente a ser nación con Estado más o menos relacionada con Francia y España. Hizo uso de ETA, pero odiaba a los dirigentes etarras pues no en vano representaba los viejos principios de la internacional demócratacristiana, por tanto a la derecha del espectro político, de ahí que no le costara tanto llevarse bien con Aznar y apoyarlo para su primera presidencia del gobierno español. Fue el inductor para la dispersión de los presos de ETA y abogaba por un diálogo con tres interlocutores. Estado español, PNV y ETA.
Garaicoechea era el guaperas, carismático, suave, florentino, quería ser el Moisés para el pueblo elegido de Aitor. Tengo dos experiencias con él. Fue uno de los primeros en abandonar Euskadi desde su residencia en Ajuria Enea aquel 23-F-1981. Llevaba muy mal regresar a la Mesa de Ajuria Enea para ser un convidado más por Ardanza cuando el había sido el primer inquilino como Lendakari. Nunca me llevé bien con tal navarro. Era muy sinuoso y su conducta ante el terrorismo fue incierta, tanto desde el PNV como desde EA.
Garaicoechea sabía la que le estaban preparando a nuestro monarca Don Juan Carlos en su viaje a Euskadi y en aquella tumultuosa reunión en la Casa de Juntas en Guernica, y es que deseaba hacer sentir a los españoles el estigma de lo que representaba Herri Batasuna y su brazo armado etarra. Fue sin duda responsable del golpe de Estado. Los militares no podían soportar los asesinatos y la conducta casi justificativa del Gobierno Vasco que presidía Garaico. Cuando asesinaron al senador Casas, el secretario general de los socialistas guipuzcoanos, mi colega médico García Damborenea, casi le parte la cara en el cementerio. En ese momento los socialistas tomaron definitivamente la decisión de impulsar al GAL. Nunca compartí pancarta con tal caballero, también dotado de cierto carisma. Y frontalmente enfrentado a Arzalluz. Quería ser dueño y señor. Presidente del PNV y presidente del Gobierno Vasco. Tal ambición desencadenó una lucha fratricida que rompió al monolítico nacionalismo de Aguirre y Leizaola, con las doctrinas del iluminado Sabino Arana. Siempre estuvo más cerca de Herri Batasuna que del PSE.
Garaicoechea era muy presumido. Casi la otra cara de la moneda con Arzalluz. Había disfrutado con el máximo poder institucional de mayorías absolutas desde el Parlamento, Diputaciones Forales y Ayuntamientos con máxima importancia. Pero desde el perfil intelectual no alcanzaba a su oponente "el jesuita".
Terminamos por coincidir en la Mesa de Ajuria Enea. Nunca me dirigió la palabra. Despreciaba a los alaveses. Despreciaba a los gallegos. Despreciaba a Unidad Alavesa. Despreciaba a todos los que no le reconocieran como sucesor de los fundadores del viejo, católico y mitológico nacionalismo vasco.


















