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Winston Galt
Jueves, 04 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Los perros de la guerra

Sólo los ingenuos pueden negar que estamos viviendo una guerra: los bandos están muy claramente delimitados: de una parte, los ciudadanos blancos europeos, en su mayoría productivos, que son oprimidos y saqueados por sus gobiernos; de otra, en colusión imposible ya de disimular, los gobiernos europeos (todos, siendo liderados por el de Bruselas), toda la izquierda europea y toda la masa de ilegales invitados por nuestros gobiernos para no dejar piedra sobre piedra de lo que fue Europa.

 

Las guerras no sólo consisten en el estallido evidente de las armas, sino que muchas veces se viven de forma solapada o mediante escaramuzas, como ocurrió durante décadas en la Guerra Fría y sus conflictos locales: Corea, Vietnam, Afganistán, etc. Ahora es peor, pues se han introducido los enemigos en nuestro propio territorio. El objetivo ya no es parcial, sino la eliminación completa del hombre y la mujer blancos europeos. Una guerra total.

 

En esta guerra, una parte ataca y la otra no se defiende: todos los días vemos ataques a personas en Europa (con coches o cuchillos), siempre provocados por individuos musulmanes; se cuentan por cientos o miles ya las iglesias incendiadas en diversos países, como Francia; cada día son extirpados del cuerpo europeo trozos de territorio donde ya no impera sino la sharía. Y siempre, y sin desmayo, los gobiernos nos roban para costear a esas masas de iletrados que nada pueden aportar a una civilización superior, excepto su colapso y derribo. Para colmo, las policías europeas están sometidas al poder y no sirven al pueblo, sino a los atacantes. El ejemplo de la muerte de Henry Nowak, tan reciente e indignante, muestra claramente, como en ocasiones anteriores, que la policía deja morir a un blanco europeo tan sólo por la manifestación del extranjero que lo acaba de apuñalar de que lo ha insultado. Por supuesto, nadie se levanta, como ocurrió cuando murió el delincuente George Floyd al ser detenido por la policía de USA, porque los blancos no importamos.

 

Estamos cansados de decirlo aquí: las policías europeas, hoy, están para controlar a los blancos, no para defender a las poblaciones. Algún día alguien debería pagar por ello, de forma muy severa, si es que a los blancos europeos nos queda un átomo de dignidad. ¿Pueden imaginar algo tan asqueroso como la actual policía británica?

 

A pesar de las evidencias, hay ingenuos que creen que la inmigración aún puede tener una solución pacífica. Pero olvidan que habría que cambiar todos los gobiernos europeos y el de Bruselas, lo que es imposible; olvidan también que tendría que irse a la confrontación directa y violenta con masas de bárbaros que ya viven tan ricamente en Europa a costa de los imbéciles y cobardes nativos, y se negarían a ser expatriados. Políticos que se salen del discurso genérico, como Marine Le Pen, abogan por cerrar las mezquitas radicales y expulsar a los predicadores del odio. No servirá para nada. Expulsar sólo a los radicales no es sino un brindis al sol. Hay que expulsarlos por millones, pues en esos barrios donde impera la sharia no sólo viven los radicales, viven los comunes, cuya lealtad al Islam no deja lugar a dudas. Expulsarlos ya sería un trauma que ningún gobierno europeo tiene el valor de ejecutar. Costaría dinero, sudor, protestas y sangre.

 

A partir de esta situación, sólo queda una salida, que ya es casi inevitable: la guerra. Lo conté hace años en Frío Monstruo, pero nadie quería darse por enterado. Lo contó antes, con matices y menos expresamente, Jean Raspail, pero se leyó su libro como una anécdota.

 

Quienes no quieren verlo, tampoco quieren observar la evidencia: ha sido así en todos los lugares donde los musulmanes han alcanzado un porcentaje relevante de población. Si quieren adivinar el futuro de Europa, miren el de El Líbano, de un país occidental y civilizado pasó, al admitir a miles de palestinos, a una guerra civil crónica y a un ambiente invivible. Imaginen la Europa de la década de los cuarenta que está por venir y será un calco. Éste es el futuro de nuestros hijos y nietos.

 

Pero esa guerra que está ganando el Mal, no sería posible de no ser por la propaganda de que se valen los políticos para favorecer la inmigración ilegal y tapar los abusos y los ataques diarios que, de haber sido divulgados, podrían haber provocado la reacción de la población europea.

 

Antes, los perros de la guerra eran los mercenarios sin escrúpulos que  vendían sus armas al mejor postor. Nadie los describió mejor que Frederyc Forsyth en su novela del mismo título: esa unidad infame de mercenarios británicos y sudafricanos en los conflictos africanos de los años 60 y 70, no solo ejecutaban la violencia, sino que la organizaban con frialdad profesional. Hoy, en la España del siglo XXI, esos perros de la guerra no empuñan armas, pero tienen altavoces más poderosos: periodistas, tertulianos y directores de medios que blanquean, justifican y embellecen a la banda criminal que gobierna el país y a las masas de inmigrantes ilegales que socavan nuestra civilización. Son tan culpables como los sicarios. Más, quizá. Porque sin su propaganda, el crimen no podría sostenerse.

 

La comparación no es retórica. Los mercenarios clásicos al menos mostraban la cara: empuñaban el AK-47, corrían riesgos y cobraban en diamantes o dólares. Estos periodistas de salón cobran en sueldos públicos, subvenciones, prebendas y acceso al poder. Venden su pluma y su micrófono para blanquear a un gobierno que ha convertido España en un prostíbulo de élites globalistas, inmigración masiva descontrolada que sustituye y machaca al pueblo, corrupción institucionalizada, alianzas con separatistas y narcoestados, destrucción económica y cultural, y un relato oficial que convierte a las víctimas en verdugos. Son los perros de la guerra mediática. Y merecen el mismo desprecio que los verdugos a sueldo de antaño.

 

No es un fenómeno nuevo: durante el régimen nazi, periodistas como William Joyce, que emitía propaganda radiofónica desde Berlín glorificando a Hitler y ridiculizando a los aliados, o Josef Hans Lazar, quien controló la propaganda nazi en Madrid y sobornó a periódicos locales buscando su colaboración (se ve que ya entonces se vendían), o los corresponsales alemanes que justificaban los campos de concentración como "medidas de seguridad", no eran simples empleados. Eran cómplices activos. Sabían de los trenes, de las cámaras de gas, de los experimentos médicos. Y aun así escribían, hablaban y mentían con entusiasmo. Joyce (y alguno más) terminó colgado en Núremberg. Bien merecido. No apretó el gatillo, pero envenenó millones de mentes y anestesió conciencias. Lo mismo ocurrió en la Unión Soviética. Periodistas como Walter Duranty, corresponsal de The New York Times en Moscú, ocultaron deliberadamente el Holodomor —el genocidio por hambre de Stalin en Ucrania que mató a millones— llamándolo "reorganización agrícola". Duranty recibió el Pulitzer por sus mentiras. Siguió escribiendo alabanzas al gran líder mientras los campesinos morían de hambre. Era un cómplice imprescindible para los asesinos. Un perro de la guerra ideológica. Con la misma responsabilidad que los comisarios políticos que firmaban las listas de ejecuciones en la Alemania nazi o en la Unión Soviética.

 

En la España actual, estos perros mediáticos operan con la misma vileza y la misma cobardía moral. Cuando el gobierno regulariza a cientos de miles de inmigrantes ilegales, acelera el Gran Reemplazo y convierte barrios enteros en zonas de exclusión, ellos no denuncian el crimen demográfico. Lo celebran como "enriquecimiento cultural". Cuando las estadísticas del Ministerio del Interior muestran que los extranjeros cometen una desproporción escandalosa de delitos violentos, ellos hablan de "estigmatización" y "xenofobia". Cuando se firman pactos con Marruecos que entregan soberanía a cambio de que el sultán controle (o no) las vallas de Ceuta y Melilla y el narco, ellos lo venden como "diplomacia inteligente" o, en otro caso, como algo inevitable. Son los blanqueadores oficiales de la banda.

 

Estos perros de la guerra no tienen ni siquiera el valor salvaje de los mercenarios africanos. Mientras los de la novela de Fortsyth arriesgaban el pellejo en selvas y desiertos, estos plumíferos traidores escriben sus infamias desde estudios climatizados, con sueldo fijo y palmaditas en la espalda de sus amos. Su lealtad no es al dinero sucio de diamantes, sino al presupuesto público y a las subvenciones millonarias que el gobierno reparte como quien lanza huesos a una jauría. Son mercenarios de salón: cobardes, engreídos y doblemente despreciables porque se creen intelectuales mientras venden a su propia gente.

 

Todos sabemos quiénes son y dónde trabajan. Algún ingenuo puede pensar que la historia los juzgará, pero no lo creo: llegará algún político imbécil de la derecha y mantendrá con subvenciones a los medios que les pagan. Como mucho, alguno desaparecerá de la parrilla más inmediata y continuará trabajando solapadamente para que el crimen vuelva cuanto antes al poder.

 

Son los "periodistas" que en TVE, Atresmedia, Prisa y demás diarios "progresistas", y algunos de "derechas", defienden día tras día las políticas de Pedro Sánchez como si fueran un imperativo moral. Los mismos que llaman "solidaridad" a la llegada por miles de inmigrantes ilegales mientras los españoles de clase media pagan la factura en impuestos y seguridad. Aquellos que silencian o minimizan las violaciones colectivas, los robos con violencia y los "menas" convertidos en plaga urbana. Son peores que los mercenarios africanos: al menos los dogs of war arriesgaban el pellejo. Estos solo arriesgan su sueldo si se salen del guión.

 

Y son tan cómplices de los crímenes que cometen nuestros "invitados" como éstos y como los políticos que los sostienen ante sus micrófonos.

 

En la novela de Forsyth aquella unidad de mercenarios duros, eficaces y sin alma que operaba en Rodesia y Angola tenía un código: lealtad al contrato. Mataban por dinero y lo admitían. Nuestros periodistas del régimen hacen exactamente lo mismo, pero con hipocresía añadida. Cobran del presupuesto público (directa o indirectamente a través de publicidad institucional millonaria) y de conglomerados mediáticos alineados con el poder político. Y luego pontifican sobre "ética periodística" y "democracia amenazada". Sólo merecen el desprecio absoluto que corresponde a los criminales y traidores. Venden su oficio —que debería ser el de vigilar al poder— por un plato de lentejas, algunos incluso convencidos de esas ideologías del crimen que hoy componen el gobierno nacionalsocialista.

 

Gracias a su blanqueo sistemático, España ha aceptado como normal lo que hace dos décadas habría sido impensable: un gobierno que pacta con Bildu y ERC, que indulta a golpistas, que da un golpe de Estado, que se apodera de las instituciones a la manera chavista y que acelera la sustitución demográfica del pueblo español. Y ellos, los perros mediáticos, siguen hablando de "España plural" y "diversidad como fortaleza". Es mentira y lo saben. Saben que están ayudando a enterrar una nación. Saben que sus hijos y nietos heredarán un país fracturado, empobrecido e islamizado. Y siguen pontificando ante sus micrófonos y escribiendo sus invectivas. Y que nadie luego diga que no se lo podía imaginar. Irene Montero lo dijo expresamente en la última campaña electoral: quieren sustituir la población española. Que nadie se llame a engaño.

 

La responsabilidad es directa. Así como Duranty contribuyó al silencio internacional que permitió a Stalin matar de hambre a Ucrania, estos periodistas contribuyen al silencio que permite la destrucción de España. No son neutrales. No son "profesionales". Son propagandistas a sueldo. Perros de la guerra cultural y política. Cuando el experimento fracase —y fracasará—, cuando los barrios perdidos se multipliquen, cuando la violencia intercultural se vuelva insoportable y cuando los españoles autóctonos sean minoría en su propia tierra, algunos de ellos dirán que "nadie lo vio venir". Mentira. Lo vieron. Lo supieron. Y lo blanquearon.

 

Estos perros atacan sistemáticamente a la verdad. Cuando surge una voz disidente que denuncia el Gran Reemplazo, la corrupción o los pactos con terroristas, estos perros de la guerra no debaten: ladran en manada. La descalifican como "extrema derecha", "fascista" o "conspiranoica y xenófoba". Usan las mismas técnicas que los propagandistas nazis contra los judíos o los soviéticos contra los "enemigos del pueblo": demonización, aislamiento y linchamiento mediático. No buscan la verdad; buscan proteger a sus amos. Son guardianes de la mentira oficial, estandartes de la criminal ilusión. Y por eso son tan peligrosos: convierten el periodismo en un arma de destrucción moral, de aniquilación de la verdad.

 

La historia no perdona a los colaboracionistas, dicen, porque los periodistas nazis terminaron en la horca o despreciados, y los estalinistas que mintieron sobre los gulags quedaron manchados para siempre, pero olvidan que es más que probable que éstos no terminen así, puesto que para entonces, la historia la escribirán ellos, como siempre han hecho los vencedores.

 

Los que hoy sirven a esta banda en España merecen todo nuestro desprecio. No merecen respeto profesional, merecen exposición pública, boicot y el juicio de las generaciones futuras. Porque mientras los verdaderos mercenarios al menos ensuciaban sus manos, estos ensucian el alma de un pueblo entero con mentiras criminales y cadavéricas sonrisas de plató. Pero no sólo merecen desprecio como periodistas, también lo merecen como personas, porque hay que ser mala persona para defender lo que están defendiendo a diario, incansables, sin vacilación, sin que les tiemble la mano con que empuñan el cuchillo.

 

Gracias a su trabajo sucio, millones de españoles jóvenes crecen creyendo que defender su identidad es malo, que la Reconquista fue un error y que la diversidad forzada es un valor supremo. Han envenenado el futuro. Han convertido a niños españoles en minoría en sus propios colegios, han normalizado la inseguridad en barrios que antes eran seguros y han hecho que muchos se avergüencen de su propia bandera. Cuando dentro de veinte años España sea irreconocible, cuando la sharía imponga sus reglas en barrios enteros y cuando los nativos sean ciudadanos de segunda en su tierra, estos periodistas ya ancianos seguirán negando su responsabilidad. Pero la historia los recordará como lo que son: traidores de la peor calaña.

 

Los verdaderos dogs of war tenían un código: cumplían el contrato y se marchaban. Estos periodistas no se marchan. Se quedan dentro, royendo las raíces de la nación como ratas con sueldo público. Son peores que los mercenarios porque no solo destruyen por dinero: también destruyen por convicción ideológica o por pura vileza personal. Son la escoria del oficio. No merecen el título de periodistas. Merecen ser señalados, boicoteados y recordados con asco por todas las generaciones venideras como los grandes colaboracionistas de la destrucción de España.

 

Y encima se quejan de que ya muchos no confíen en los medios tradicionales.

 

Y si grave es la actuación de los periodistuchos que vemos a diario en las tertulias del poder, ¿qué decir de los jefes de los medios? Pocas veces personas tan poderosas han caído en una indignidad tan manifiesta. Si los españoles fuéramos un pueblo con dignidad apagaríamos la televisión y las radios donde se defienden estos mensajes y acuden estos mandados de la indignidad y la ruina.

 

Una vez el director de este periódico destacó una frase de un libro mío: "sin dinero público, los malvados no son nada". Así es, pues no deja de ser un triste sarcasmo que el mal que sufrimos, todo el mal (inmigración ilegal masiva, corrupción, golpe de Estado, autoritarismo...) se paga con nuestro propio dinero. Las víctimas costeando a los verdugos. Los judíos costeando a los nazis.

 

Es evidente que si se quitara el dinero público a estos medios y a los invasores éstos se marcharían en masa y aquéllos no podrían pudrir nuestra alma y nuestra sociedad. Pero soñar que haya políticos que sean capaces de quitarles su arma más poderosa es como soñar con hadas, pura espuma de los días.

 

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